miércoles, 21 de octubre de 2020

Y a Dios lo que es de Dios


 La Escritura: Mateo 22:15-22

“Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” -- esta es una de esas expresiones de Jesús que trasciende lo eclesial y se ha convertido en parte de la cultura popular. Cuando una frase bíblica pasa a ser patrimonio de la cultura popular, usualmente pierde su fuerza y se pierde su significado. Eventualmente se convierte en un cliché que repetimos queriendo decir algo --aunque ese algo diste mucho de la intención original del dicho. A través de los años he escuchado muchas veces esta frase como justificación en sermones sobre “el deber ciudadano” de pagar impuesto, respetar y obedecer a las autoridades, adoptar la díada de “Dios - Patria”. “Den al César lo que es del César”, a la larga viene a ser una domesticación del mensaje y la enseñanza radical de Jesús. Por ello, como de costumbre, es indispensable regresar al texto bíblico y considerarlo en su contexto.

Lo primero que debemos observar al leer este episodio del Evangelio Según Mateo es la mención del junte entre los fariseos y los herodianos (vv. 15-16). Los fariseos representan un movimiento principalmente religioso, mientras que los herodianos representan un movimiento de carácter político (seguidores y partidarios de Herodes Antipas). La razón por la que ambos movimientos se juntan es para tender una trampa a Jesús. En varias ocasiones he dicho, y seguiré diciendo, que el matrimonio que muchas veces vemos entre religiosos y políticos es una afrenta a las enseñanzas de Jesús sobre el reino/reinado de Dios. Esto no quiere decir que la religión y la política no compartan la responsabilidad de contribuir al bienestar común. “Separación entre Iglesia y Estado” no significa que el pueblo creyente deba renunciar a sus deberes y derechos como parte de la sociedad civil. Sin embargo, por siglos hemos visto que cuando la religión y la politiquería se combinan el resultado es bochornoso y desastroso, y termina perjudicando a las personas más vulnerables (las enfermas, las pobres, las envejecientes, las mujeres, la niñez, las comunidades marginadas y excluidas). Basta con conocer la historia de la civilización occidental para observar las atrocidades y desatinos que los imperios del mundo han tenido con la “bendición” y el aval de la cristiandad. Particularmente, ahora que estamos en tiempo eleccionario, volvemos a ver el trillado desfile de políticos visitando templos y participando de cultos, misas y otras actividades religiosas, utilizando lenguaje camuflajeado de piedad para pescar votos entre las comunidades de fe. No caigamos en las trampas de estos “lobos vestidos de ovejas”. No seamos víctimas de la ingenuidad... De ingenuo, Jesús no tenía ni un pelo. Por el contrario, el Señor nos dio el ejemplo de lo que es ser “sencillos como palomas y prudentes como serpientes” (Mt 10.16).

Lo segundo que debemos observar tiene que ver con el contenido de la pregunta que le hicieron a Jesús. La mención del César no debe ser pasada por alto sin un riguroso escrutinio. “César” era el nombre que se daba al Emperador romano. El imperio romano era la potencia mundial que dominaba la región mediterránea, incluyendo la zona de Judea. De modo que “César” representa la ocupación, la opresión, la tiranía y la idolatría. Más aún, la moneda(*) que le muestran a Jesús (vv. 19-20), además de la imagen del emperador, tenía grabada la siguiente inscripción: “Tiberio César Augusto, hijo del divino Augusto.” El culto al emperador como divinidad era algo que se fomentaba en el imperio romano y sus territorios. Conociendo este dato, entonces, al César sólo hay una cosa que se le puede dar: el rechazo a reconocerle y seguirle como “señor y dios.”

Lo tercero que debemos observar es que la pregunta --que nada tiene que ver con la responsabilidad ciudadana de una democracia moderna-- estaba enfocada en la persona del “César”, pero la respuesta de Jesús cambió el enfoque del asunto al introducir la expresión “y [den] a Dios lo que es de Dios” (v. 21). Ese cambio en el enfoque es algo a lo que debemos prestar cuidadosa atención. Ahora que estamos en pleno tiempo eleccionario, las pasiones político-partidistas se exacerban... Vemos gente que sigue a sus caudillos políticos con una intensidad que bordea peligrosamente en lo idolátrico: rompen relaciones con amistades y familiares por causa del fanatismo político; demonizan y deshumanizan a quienes piensan de forma distinta, y en lugar de ver y tratar a quienes discrepan como conciudadanos (gente que comparte la misma tierra, la misma nación, el mismo espacio) les ven como enemigos a los cuáles destruir...  Quienes seguimos a Jesucristo no debemos obrar de la misma forma. La expresión “a Dios lo que es de Dios” es un recordatorio de que para la cristiana y el cristiano no puede haber mayor lealtad, entrega y dedicación que la que debemos al reino/reinado de Dios --algo que va más allá de candidatos, ideologías y partidos políticos... Nuestro hablar y actuar debe ser reflejo y testimonio del amor de Dios por toda la humanidad. Entonces, a la luz de todo esto, debemos preguntarnos cada día: ¿Estamos verdaderamente dando a Dios lo que es de Dios?

Soli Deo Gloria.


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(*) Malina, Bruce J. & Richard L. Rohrbaugh, Social Science Commentary on the Synoptic Gospels, Fortress Press, Minneapolis, 1992, p.137


miércoles, 26 de agosto de 2020

Todo lo que respira

«¡Que todo lo que respira alabe al Señor! ¡Aleluya!» -- Salmo 150.6

[Una breve reflexión sobre la adoración a Dios en tiempos de aislamiento y cuarentena*]

La lectura completa: Salmo 150

El Libro de los Salmos es básicamente un himnario o cancionero. Desafortunadamente no tenemos acceso a las melodías con las cuáles se cantaban los salmos, pero tenemos acceso al mensaje contenido en dichas composiciones. Aunque muchos de los Salmos se atribuyen al rey David, los Salmos no son producto de un solo autor, sino de muchos autores en diversos tiempos, lugares y circunstancias. De modo que viene a ser una colección de poemas --en su mayoría oraciones-- que reflejan diversas etapas de la vida humana comunitaria en relación con Dios.  

El Salmo que hoy consideramos da cierre a la obra completa con una contundente exhortación a la adoración a Dios. Su primera invitación o llamado es a alabar a Dios “en su templo” (v .1), pero no lo limita al recinto del templo, sino que lo extiende hacia “la majestad del firmamento.”  De esta manera el salmo nos está recordando que la adoración a Dios no está confinada a un momento o espacio específico, sino que Dios debe ser alabado en todo tiempo y todo lugar. 

Esto cobra especial pertinencia en estos tiempos que --por razones de salud pública-- no es prudente congregarnos en un mismo espacio. Por muchas de nuestras mentes seguramente habrá pasado una pregunta muy legítima: “¿Puede haber adoración si no estamos juntos en el templo?” La respuesta que recibimos del Salmo es un rotundo “sí.”  Mucho antes de la pandemia y las cuarentenas hemos enseñado que la adoración no es algo que usted viene (al templo) a ver, sino algo que todas y todos debemos hacer. Al culto de adoración a Dios le llamamos «liturgia», un término griego que significa “la obra comunitaria, la obra del pueblo.” Con esto en mente, cada semana nuestra iglesia local ha estado distribuyendo recursos escritos que nos pueden guiar en la experiencia de adoración. Al utilizar estas guías de facto afirmamos la unidad espiritual de la iglesia, aunque estemos físicamente distanciados. Al elevar las oraciones, leer las Escrituras y recibir el sermón o la reflexión, debemos hacerlo con la conciencia de que hermanas y hermanos en otros lugares también lo están haciendo. Al disponernos a separar un tiempo en la semana para la adoración, allí en la intimidad del hogar, debemos rogar a Dios que cada una de nuestras hermanas y hermanos también sean edificados en la fe cuando participen desde sus respectivos lugares. Nuevamente, la adoración a Dios no es algo que miramos como meros espectadores como quien mira una película o programa de televisión; la adoración a Dios es algo de lo cual todas y todos debemos participar.

El Salmo 150, luego de exhortar a alabar a Dios en todas partes (vv. 1-2), hace mención de todos los instrumentos musicales conocidos en su tiempo (vientos, cuerdas y percusión, vv. 3-5), y culmina con una expresión de inclusión absoluta (v. 6): “¡Que todo lo que respira alabe al Señor! ¡Aleluya!” Dejemos que dicha expresión se asiente en nuestras mentes y corazones: todo lo que respira alabe al Señor... “Todo lo que respira” es un llamado que no excluye a nadie: tú y yo, doquiera que estemos somos convocados a elevar nuestras alabanzas al Señor, nuestro Creador, Redentor y Sustentador.

Soli Deo Gloria.

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(*) Esta reflexión fue publicada originalmente para la Primera Iglesia Presbiteriana Hispana en Miami, el Miércoles 26 de agosto de 2020.

domingo, 9 de agosto de 2020

En la profundidad de un pozo oscuro


La Escritura: Génesis 37.1-4, 12-28 (RVC)

Una de las tradiciones litúrgicas de las cuales participamos regularmente en el culto público es pronunciar la frase “palabra de Dios” al concluir alguna lectura bíblica, seguida de la respuesta colectiva diciendo “te alabamos, Señor.” En muchas otras congregaciones cristianas se practica alguna variante de esta tradición. Es una manera de afirmar inspiración divina presente en las Escrituras que reconocemos como Sagradas. No obstante, confieso que hay narraciones y textos bíblicos sobre los que se me dificulta decir la frase “palabra de Dios” al concluir su lectura. Este es uno de esos. Es difícil (por no decir imposible) encontrar algún versículo de esta narración plasmado en alguna tarjeta postal de esas que enviamos para animar a otras personas. Para ello tenemos otros pasajes como “¡Todo lo puedo en Cristo que me fortalece!” (Fil 4.13) o “El Señor es mi Pastor, nada me falta” (Sal 23.1) ... Jamás he visto un afiche con las siguientes palabras «Miren, aquí viene el soñador. ¡Vamos, matémoslo ya! Echémoslo en uno de los pozos, y digamos que alguna mala bestia se lo comió. ¡Y vamos a ver qué pasa con sus sueños!» (Gen 37.19-20)

Esto nos debe llevar a reconocer que no todo lo que está escrito en las páginas sagradas es necesariamente literatura inspiracional y edificante. Sin embargo, el hecho de que forme parte del canon bíblico nos debe motivar a escarbar un poco entre líneas y prestar atención a lo que allí encontremos. 

En los primeros versos de la porción que hoy leemos se afirma lo siguiente: “Esta es la historia de la familia de Jacob” (v. 2). Con esto el narrador bíblico nos prepara para lo que vamos a encontrar de ahí en adelante. Jacob, patriarca descendiente de Abraham, ha sido re-nombrado como “Israel” como resultado de su lucha por la bendición divina. Al leer una introducción como esta, esperaríamos encontrar una familia compuesta por gente muy piadosa y devota, una familia de esas que la sociedad etiqueta como “familia ejemplar”. Pero lo que inmediatamente encontramos es todo lo contrario: una historia de intrigas, engaños, conflictos y disfunciones familiares.

De entrada la narración nos deja saber que Israel (Jacob) tenía un hijo al que amaba “más que a todos sus hijos” (v. 3-4). También sabemos que este hijo, llamado José, acostumbraba dar información negativa sobre sus hermanos. Era lo que coloquialmente conocemos como un “soplón” --cosa que seguramente le ganaba “puntos extra” con su papá. Una de las grandes lecciones de la vida --y es algo que solemos pasar por alto-- es que nuestras acciones acarrean consecuencias, indistintamente si son buenas o malas. Y esas consecuencias, a su vez, no solo nos afectan a nosotras, sino que también afectan a quienes nos rodean.  Estoy convencido de que Israel no deseaba mal alguno para sus hijos, sin embargo su predilección y favoritismo por uno de ellos acarreó sufrimiento y calamidad sobre toda la familia... germinando la semilla del odio y el antagonismo y dando fruto a sufrimientos que se prolongaron por décadas.

El relato cuenta sobre la conspiración y el plan de los hijos de Israel para asesinar a su hermano José. Por otros detalles de la narración más extensa sabemos que José era inmaduro y arrogante, pero su inmadurez no debía ser justificación para las terribles injusticias de sus hermanos. No puedo evitar imaginar la confusión de José al ver sus hermanos volcarse sobre él con violencia. ¡Su propia carne y sangre procurando su mal! Imagino su sentimiento de humillación al ser despojado de la ropa de hermosos colores que representaba el gran amor que su papá le tenía. Imagino el horror que sentiría al ser arrojado en la profundidad de un pozo seco en plena región desértica. Imagino su angustia en el fondo de aquel pozo: rodeado de oscuridad, agobiado por la incertidumbre, y ahogado por un mar de preguntas sin respuestas. La rapidez con la que se desenvuelve la acción en el relato no nos permite apreciar las horas de devastadora espera que José sufrió en el pozo mientras sus hermanos comían y conversaban sobre su destino. ¡Cuántos pensamientos acosarían la mente de José!

Es probable que algunos de nosotros conozcamos el final de la historia de esta familia, pero el pasaje que hoy consideramos no nos lleva todavía hasta allí. Esto me hace reflexionar y pensar en otra de las grandes lecciones de la vida: no hay vía rápida ni fácil para un desenlace feliz.  Fueron largas las horas de José en el fondo del pozo. Al continuar la narración veremos que fueron largos los años de sufrimiento tras sufrimiento, antes de que José pudiese ver --como solemos decir--  “la luz al final del túnel.”  Si bien es cierto que en nuestras propias circunstancias pudiéramos ver la proverbial “luz al final”, también es cierto que el túnel que nos toca transitar puede ser largo, largo, muy largo. Los capítulos siguientes en la historia de José describen el camino de decepciones y angustias que tuvo que recorrer el resto de su vida antes de ver un final alegre. Pero a través de ese camino, el narrador bíblico se asegura de puntualizar --repetidas veces-- que en medio de todas sus tribulaciones, Dios estaba con José. No hay que pertenecer a una “familia ejemplar” para recibir la compasión divina. Quizás hoy estemos pasando por circunstancias que se sientan como un camino lleno de contratiempos, o como la profundidad de un pozo oscuro,  pero aún sin percibirla o reconocerla, la mano de Dios no nos soltará ni nos dejará.

Que el Dios de la paciencia y la esperanza, nos fortalezca y nos ampare ahora y siempre.  

Soli Deo Gloria.

miércoles, 15 de julio de 2020

¿Dónde está el Señor?

Why the Best Innovators Ask the Most Beautiful Questions


Quiero invitarte a que leas el Salmo 139.1-12 (aquí) No lo leas rápido. Toma un respiro entre frase y frase, y deja que sus palabras se asienten en tus pensamientos. Léelo otra vez. Y medita un rato en silencio...

Este Salmo en su totalidad, es un poema donde el autor celebra la presencia divina en todo tiempo y en todo lugar. Con frecuencia suelo proclamar en sermones y reflexiones que el Señor nos acompaña “en los tiempos buenos, los malos, y los peores.” ¿Dónde está el Señor? es una pregunta que suelo escuchar, principalmente en “los tiempos malos y los peores.” Es una pregunta que en muchas ocasiones también he formulado a través de mis días.

Cuando recibimos notificación de que la prueba que nos hicieron dio un resultado positivo, preguntamos “¿Dónde está el Señor?”

Cuando suena el teléfono y nos dan la noticia de que no volveremos a ver jamás a un ser amado, preguntamos, “¿Dónde está el Señor?”

Cuando nos enteramos que lo que teníamos planificado por meses se ha echado al suelo en un par de minutos, preguntamos, “¿Dónde está el Señor?”

Cuando miramos el reloj, y pasan los minutos y las horas, miramos el calendario y pasan los días y las semanas, y nuestro sentimiento de soledad se hace más agudo, preguntamos, “¿Dónde está el Señor?”

Cuando descubrimos la traición de aquella persona que teníamos en alta estima y gran confianza, preguntamos, “¿Dónde está el Señor?”

Cuando descubrimos que nuestros mejores esfuerzos no son apreciados y nuestras más puras intenciones son incomprendidas, preguntamos, “¿Dónde está el Señor?”

Cuando vemos retroceder todo el progreso que habíamos alcanzado, preguntamos, “¿Dónde está el Señor?”

Cuando vemos las injusticias ocurrir a plena luz del día con total impunidad, preguntamos, “¿Dónde está el Señor?”

Cuando eso que llamamos “la luz al final del túnel”, lejos de agrandarse, se va empequeñeciendo hasta desaparecer, preguntamos, “¿Dónde está el Señor?”

“¿Dónde está el Señor?” ...

Los autores de los Salmos no estaban ajenos a las experiencias de frustración, dolor, soledad, y agobio. Eran gente de carne y sangre, como lo somos nosotros. Eran gente que reía y lloraba. Eran gente experimentada en la esperanza y también en el dolor. El autor del Salmo 139 comparte múltiples expresiones que afirman la presencia divina en toda circunstancia. Pero hoy quisiera invitarles a considerar especialmente dos de estas expresiones. Una de ellas la encontramos en el verso 4: “Todavía no tengo las palabras en la lengua, ¡y tú, Señor, ya sabes lo que estoy por decir!”  En tiempos de desconcierto y confusión ante lo desconocido y ante lo inesperado, en momentos que se sienten como si desapareciera el piso bajo nuestros pies, es un aliciente recordar que, aún cuando no podemos articular nuestros sentimientos en oración, Dios recibe y comprende nuestros más profundos anhelos.

La otra expresión la tenemos en los versos 11 y 12: “Si quisiera esconderme en las tinieblas, y que se hiciera noche la luz que me rodea, ¡ni las tinieblas me esconderían de ti, pues para ti la noche es como el día! ¡Para ti son lo mismo las tinieblas y la luz!” Hoy podremos sentir que nos encontramos en una temporada de gran oscuridad, sin embargo en dicha oscuridad la presencia divina no nos abandona, ni su mano providencial nos suelta. Nosotros no podemos ver al otro lado del mar tempestuoso, mas el Dios que navega con nosotros, en su tiempo nos llevará a puerto seguro.

Soli Deo Gloria.

sábado, 23 de mayo de 2020

Cuevas de contagio

Jeffrey Weston, Jesus Cleansing The Temple
Una exhortación a colegas del clero y liderato de congregaciones cristianas:

El mes pasado celebrábamos la más importante semana en la tradición cristiana, la Semana Santa. Como parte de las celebraciones recordábamos la entrada de Jesús de Nazaret a Jerusalén y su confrontación con las autoridades del templo:

«Escrito está: “Mi casa es casa de oración.” ¡Pero ustedes han hecho de ella una cueva de ladrones!»  (Lucas 19.46)

Sabemos de much@s que están ansiosos por reabrir los templos para reuniones de oración y adoración en persona. Las autoridades gubernamentales a nivel federal y --en algunos casos-- a nivel Estatal y Condal, están fomentando la pronta apertura de los edificios de adoración, aún cuando la pandemia no ha terminado. Les ruego, colegas, no cedamos ante presiones que nada tienen que ver con la salud y el bienestar colectivo, sino con otros tipos de intereses electoreros y económicos.

Francamente imagino que si Jesucristo de Nazaret se apareciese en algunos lugares, en este momento diría, "Mi casa es casa de oración. ¡Pero ustedes han hecho de ella una cueva de contagios!"

En ninguna manera menosprecio el valor que tiene congregarnos en un lugar al que consideramos espacio sagrado. El año anterior, en mi propia congregación hicimos reparaciones sustanciales al templo para embellecer el espacio donde semanalmente nos reunimos para cultivar en familia la fe en el Señor y el compromiso de laborar por un mundo mejor. Pero reconocemos que todo tiene su tiempo...  Aún no es tiempo de regresar a un espacio donde las condiciones no son propicias para la salud de quienes hoy componen la iglesia y de quienes quisieran añadirse en un futuro a participar de la adoración comunitaria.

Les recuerdo, amig@s y herman@s, que aunque los edificios sagrados estén cerrados, la Iglesia ha seguido activa buscando nuevas maneras de participar y continuar la misión de fomentar y proclamar la vida, presente y eterna, dentro de las circunstancias históricas que nos han tocado vivir. En nuestro afán e insistencia a regresar a una "normalidad" que en mucho tiempo no volverá, inadvertidamente podríamos estar creando condiciones de muerte, en lugar de condiciones de vida. Al momento de escribir estas líneas, en nuestra Nación han fallecido alrededor de 100,000 personas por COVID-19. No contribuyamos al duelo de más familias. No convirtamos los templos en cuevas de contagio. Que cuando volvamos a reunirnos físicamente sea para elevar oraciones de gratitud, y no plegarias de lamentación.

Mientras tanto, sigamos explorando formas de proclamar y servir. El Señor Jesús nos llamó a amar al prójimo. En este tiempo, nuestro prójimo es el colectivo al que debemos proteger de circunstancias que pongan su vida en riesgo, y prolonguen aún más el aislamiento y el dolor.

Fraternalmente,

Rev. José Manuel Capella-Pratts
Primera Iglesia Presbiteriana Hispana | Miami FL
23 de mayo de 2020

jueves, 21 de mayo de 2020

En la vida o en la muerte

jmcp | Minnesota, Feb 2020
Al momento de escribir esta meditación (7 mayo 2020), las cifras en la Nación rondan las 70,000 muertes y más de un millón de personas contagiadas. Y en el momento en que leas estas palabras, es muy probable que los números hayan aumentado considerablemente. En circunstancias normales no nos gusta hablar de la muerte, pero dada la presente situación, este es un tema que debemos considerar.  Muchas veces tratamos de ignorar o minimizar la muerte con eufemismos o con frases trilladas que repetimos fuera de contexto. Andar en la fe no significa vivir en negación. Andar en fe implica hacer frente a lo que venga con templanza y sobriedad, reconociendo que en última instancia, nuestro destino está en las manos divinas, aquí o en la eternidad.

El apóstol San Pablo comprendió estas profundas verdades. San Pablo pasó más tiempo caminando el "valle de sombras de muerte” que descansando en "delicados pastos y aguas de reposo” -- por decirlo en palabras del Salmo 23. La tradición nos enseña que San Pablo no murió en un lugar cómodo acompañado del calor de la familia... Por el contenido de sus escritos sabemos que su vida estuvo colmada de sufrimientos y peligros. Y desde esas experiencias, en su carta a los Romanos (14.7-8, RVC), San Pablo nos recuerda que “...nadie vive para sí, ni nadie muere para sí, pues si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya sea que vivamos, o que muramos, somos del Señor.”

La realidad del COVID -19 no es algo que ocurre "al otro lado del mundo." Es un mal que ya está tocando nuestras puertas. Amistades, familiares, gente de nuestros vecindarios, hermanas y hermanos de la comunidad de fe, están y estarán en duelo y luto. Tal vez a algunas o algunos de nosotros también nos llegue la hora de partir de este mundo por causa de esta condición. La fe no nos exime de transitar este camino. Sin embargo nos otorga la certeza de la gracia de Dios en todo tiempo y toda circunstancia. Como bien lo expresa Una Breve Declaración de Fe de nuestra Iglesia, partiendo de la enseñanza bíblica y del testimonio de quienes nos precedieron, "con creyentes en todo tiempo y lugar, nos gozamos de que nada, en la vida o en la muerte, puede separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro." Soli Deo Gloria.

miércoles, 13 de mayo de 2020

¡En la dirección equivocada!

Reverendo Scott (Gene Hackman)
Lectura bíblica:
1 Tesalonicenses 5.12-28 NTV

Nací en 1970, una década que en términos del Cine, se caracterizó por películas de alto presupuesto con temas de grandes desastres. Entre ellas: Airport (Aeropuerto) y sus secuelas ‘75, ‘77, y ‘79 Concorde, Meteor (Meteoro), The Towering Inferno (Infierno en La Torre), Earthquake (Terremoto) y The Poseidon Adventure (La Aventura del Poseidón). Esta última me parecía fascinante por la viveza de sus efectos especiales que - para aquella época, y ante la vista de un niño menor de 10 años - resultaban muy convincentes e impactantes.

Ya de adulto volví a ver esta película, The Poseidon Adventure, con ojos distintos: ya no los ojos que se impresionan con los efectos especiales, sino la mentalidad de quien está atento a las dinámicas de las relaciones humanas que se desarrollan durante el filme. La trama gira en torno a un enorme crucero que queda a la deriva, flotando boca abajo en el mar, habiendo sido arrasado por una ola gigante.  La película, luego de magistralmente mostrar el momento del desastre, se concentra en la carrera de los sobrevivientes para encontrar una salida del barco condenado a hundirse.  En un momento de la trama, dos grupos de sobrevivientes se encuentran y discuten sobre la ruta que los llevará a salvar sus vidas. Uno de los grupos iba en dirección hacia la parte más profunda del barco, donde se encuentran las máquinas propulsoras y el otro grupo seguía la ruta que en condiciones normales les llevaría a la superficie. Pero he aquí el detalle: el barco estaba invertido, lo que significa que la parte de abajo del barco, era en efecto lo que estaba más cerca de la superficie, mientras que la parte alta del barco estaba sumergida en el agua. La discusión entre los líderes de ambos grupos se caldea al punto que uno de ellos grita: “¡Maldición! ¡Van en la dirección equivocada! ¡La proa está bajo el agua!”

SS Poseidon (1972)

Casualmente, el personaje que tan airado y frustrado gritó esta advertencia, era un ministro -- como yo.  En estos días no he podido dejar de identificarme con el personaje del Reverendo Scott (interpretado en la película por Gene Hackman). A veces me siento consumido por la frustración de ver tanta gente yendo en la dirección equivocada y siento que el pecho se me revienta con ganas de gritar en medio de la pandemia por COVID-19. El apuro de mucha gente en salir de las medidas de cuarentena, y con ello los descuidos al tomar decisiones que priorizan intereses que no son orientados por la ciencia médica, es algo que nos arrastrará a un escenario en el que ocurrirán muchas más muertes que se pudieron haber evitado. A eso le añadimos el diluvio de desinformación, en ocasiones fomentado por algunos políticos, y en otras ocasiones propagado por que “vi un vídeo en YouTube” o por que “me lo dijo una amiga que tiene un primo que trabaja en tal sitio”, o por esos mensajes de “Whatsapp” con teorías de conspiración que culminan diciendo “pásale esto a todos tus contactos.” De corazón les confieso: me siento abrumado con tanta gente en dirección hacia “el fondo” en lugar de “ir a la superficie”, como ocurría en la película.

En medio de ese sentimiento que me agobia, me encuentro con esta porción de la Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses. En tiempos recientes hemos reflexionado sobre otras secciones al comienzo de la misma. Hoy llegamos al final de la carta, donde el Apóstol comparte una serie de breves consejos, útiles para la vida de la comunidad de fe. Dichos consejos siguen siendo muy válidos y aplicables en nuestro contexto. No obstante, uno de estos consejos me resultó de particular pertinencia: «pongan a prueba todo lo que se dice. Retengan lo que es bueno» (5.21).  No todo lo que se dice, aún cuando se diga con buenas intenciones, es correcto. Por eso es importante examinar las cosas, verificar las fuentes, constatar la información, y no prestar atención a rumores, eso puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte para usted y para muchas otras personas.

Ruego a Dios que como individuos, familias, y sociedad, nos conceda la iluminación del Espíritu Santo para seguir firmes en la ruta que lleva a la vida. Amén.

jueves, 9 de abril de 2020

¡Despierta, Señor! ¿Por qué duermes?

El Libro de Los Salmos es una colección de poemas/canciones del antiguo pueblo de Israel. Lo pudiésemos comparar con los himnarios que ha utilizado la iglesia cristiana a través de muchas décadas. El contenido de los Salmos es frecuentemente utilizado como parte de la liturgia cristiana en diversas tradiciones, especialmente por sus abundantes de expresiones de alegre alabanza y admiración a Dios. No obstante, las palabras de los Salmos no siempre son alegres. Sus expresiones recogen la inmensa variedad de estados de ánimo del ser humano, entre ellos frustración, dolor, quejas, angustias, miedo. El favorito de muchas personas es el Salmo 23, pero no todos los salmos manifiestan el mismo nivel de confianza y seguridad de quien escribió «cuando ande en valle de sombras de muerte no temeré mal alguno...»  Hay ocasiones en que los salmistas al transitar por "el valle de sombras de muerte" tuvieron temor -- como cualquiera de nosotros siente temor ante la incertidumbre.

Así como lo expresan los salmos hebreos, hay momentos en que nuestras oraciones se encuentran carentes de optimismo. En eso radica una de las funciones más maravillosas de los salmos para el cultivo y ejercicio de nuestra espiritualidad: nos brindan lenguaje para orar en tiempos de angustia. Los Salmos no descartan ni invalidan nuestros sentimientos de impotencia ante las circunstancias que están fuera de nuestras manos. No nos acusan de faltar a la fe ni nos avergüenzan cuando nuestro ánimo anda por el suelo. Al contrario, son un reconocimiento de que, en ocasiones, como lo expresa un dicho en inglés, "It's OK not to be OK" (está bien no estar bien).

Al leer los Salmos, nos encontramos con estas palabras:
¡Despierta, Señor! ¿Por qué duermes?
¡Levántate, no te alejes para siempre!
¿Por qué te escondes de nosotros?
¿Por qué te olvidas de la opresión que sufrimos?
Nuestro ánimo se halla por el suelo,
¡nuestros cuerpos se arrastran por la tierra!
¡Levántate, ven a ayudarnos
y, por tu gran misericordia, sálvanos!
(Salmos 44.23-26, RVC)
Algunos meses atrás prediqué un sermón que titulé "Hay días, y HAY días". Nuestro entorno presente plantea un gran reto para el estado de ánimo colectivo y personal. No es para menos, la humanidad de nuestro tiempo no había enfrentado una situación al nivel de lo que estamos viviendo. No se trata de una epidemia, sino de pandemia, es decir, la calamidad actual tiene alcance mundial. No se trata de algo que ocurre "allá a aquella gente en aquel país". El coronavirus COVID-19 es algo que ya ha tocado nuestras puertas y en cualquier parte que vayamos podremos encontrar sus huellas.

En momentos como estos, los Salmos nos brindan lenguaje para orar, así como también proveyeron el lenguaje para los primeros cristianos describir los horrores que sufrió Jesucristo en sus últimos días.(1)  Al igual que los escritores de los Evangelios, podemos hacer uso de este gran recurso en los Salmos. Nuestros lamentos(2) no se quedan en el aire, no son palabras lanzadas al vacío. Las Sagradas Escrituras y las experiencias nos enseñan que Dios, así como recibe nuestras alabanzas, también acoge nuestros temores y desesperos.

Soli Deo Gloria.

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Notas:
(1) Los relatos del martirio de Jesús en los Evangelios contienen múltiples citas de los Salmos.
(2) Hay Salmos que específicamente son identificados por los eruditos como "Salmos de lamentación."

miércoles, 25 de marzo de 2020

La fe tóxica mata

5 Entonces el diablo lo llevó a la santa ciudad, lo puso sobre la parte más alta del templo, 6 y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, lánzate hacia abajo; porque escrito está:
»“A sus ángeles mandará alrededor de ti”,
y también:
“En sus manos te sostendrán,
Para que no tropieces con piedra alguna.”»
7 Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al Señor tu Dios”.» (Mateo 4:5-7 RVC)

Al momento de escribir estas líneas me encuentro triste. Es el undécimo día desde que decidimos suspender servicios y reuniones presenciales en nuestra congregación, como medida para combatir la propagación del COVID-19.  Cuando tomamos esta decisión, ya la Organización Mundial de la Salud había declarado la pandemia. No era asunto de fomentar el pánico, sino de ser responsables y no exponer a nadie a un posible contagio, ya que, a todas luces, en ese momento algunos(as) de nosotros estaríamos contagiados sin saberlo y nos convertiríamos en portadores del Coronavirus.  Uno de los proverbios bíblicos nos aconseja:
“El prudente ve el peligro y lo evita; el imprudente sigue adelante y sufre el daño.” (Proverbios 22:3 DHH)
Aquel Sábado, 14 de marzo, tuve que llevar a cabo algo que jamás había imaginado tendría que hacer: colocar letreros en las puertas del templo, indicando que estará cerrado hasta nuevo aviso. Me provocó gran dolor: he pasado mis 23 años de carrera pastoral invitando personas a entrar al templo, y en ese momento estaba haciendo todo lo contrario. Fue lo prudente.

Aquel día y en días siguientes, aún al momento de escribir estos pensamientos, observé iglesias y grupos religiosos desafiando lo que ya en muchos lugares son toques de queda oficiales. Algunos lo hacen citando pasajes bíblicos, a manera de amuletos mágicos que les protegerán de todo peligro y enfermedad...
“Caerán a tu lado mil, Y diez mil a tu diestra; Mas a ti no llegará.” (Salmo 91:7 RV60)
“El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, Y los defiende.” (Salmo 34:7 RV60)
Y no podía faltar el clásico,
“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13 RV60)
Lanzados como si fueran píldoras para el dolor de cabeza, los pasajes bíblicos citados fuera de contexto pueden convertirse en instrumento de muerte en lugar de ser instrumento de vida. Todo esto me hizo recordar un episodio en la vida de Jesús, sobre el que leíamos al comienzo de la temporada de Cuaresma.  Cuenta el Evangelio Según Mateo que estando en el desierto, luego de haber ayunado por 40 días y noches, Jesús recibió la visita del tentador, quien con sus artimañas buscó poner en juego la identidad y misión del divino maestro...

Uno de los retos presentados ante Jesús, lo invita a lanzarse al vacío desde un lugar muy alto, teniendo como garantía de protección dos versos de la Escritura Sagrada (casualmente del Salmo 91). De primera intención, el desafío pudiera tener sentido: ¿Por qué no hacerlo, sobre todo cuando la “promesa bíblica” ha sido dada?  La respuesta de Jesús fue tajante: «No tentarás al Señor tu Dios» (Deuteronomio 6:16).

Mi madre me enseñó de pequeño que podemos confiar en el cuidado y la providencia divina; y también me enseñó a mirar ambos lados antes de cruzar una calle.  El mensaje bíblico nunca debe servir de fundamento para la imprudencia y la irresponsabilidad. Eso es fe tóxica. Y la fe tóxica ha costado muchas vidas a lo largo de la historia. Hablando sin rodeos: la fe tóxica mata.  Repito: la fe tóxica mata.

Estamos viviendo tiempos muy difíciles. Apenas estamos comenzando a ver la magnitud de la pandemia en nuestra propia comunidad Miamense. No es tiempo de aventurarse y descuidarse con el pretexto de que la fe de alguna manera nos hace inmunes. El pueblo creyente no está exento del dolor, la enfermedad y la muerte. Es tiempo de ser prudentes. Es tiempo de poner en práctica el amor al prójimo tomando todas las precauciones a nuestro alcance para evitar contagios. Es tiempo de mantener la distancia física a la vez que mantenemos la interacción social a través del teléfono o la internet. Es tiempo de hacer uso de la capacidad para razonar, cosa que identificamos como regalo de Dios. Es tiempo de ser pacientes. Esta gran prueba colectiva será superada, pero no con soluciones rápidas carentes de esfuerzo. Roguemos al Señor que nos conceda su gracia y su fortaleza para resistir durante esta gran calamidad, ejercitando la solidaridad y la empatía.

Soli Deo Gloria.

domingo, 22 de marzo de 2020

Ver realmente a Jesús

Lectura: Juan 9.1-41

El Evangelio Según Juan tiene varias características que lo distinguen de los demás. Una de ellas es que sus narraciones tienden a ser mucho más extensas en comparación con los Evangelios Según Mateo, Marcos o Lucas. El presente capítulo es vivo ejemplo de ello. La tentación a tocar de alguna manera todos los temas que la narración plantea es grande. Pero para ello ya tendremos otras oportunidades. Para el momento histórico que juntos estamos enfrentando, voy a invitarles a concentrar nuestra atención solamente en dos asuntos.

El primer asunto tiene que ver con el comienzo de la historia allí narrada, la pregunta que los discípulos hacen a Jesús al ver a un hombre ciego de nacimiento: «Rabí, ¿quién pecó, para que éste haya nacido ciego? ¿Él, o sus padres?» (v. 2)

Es importante observar cuidadosamente la pregunta de los discípulos. Dicha pregunta refleja la mentalidad imperante en su tiempo. En aquella cultura antigua, las enfermedades y tragedias eran usualmente entendidas como castigos divinos hacia la persona afectada. Si alguien enfermaba, se entendía que “algo malo habrá hecho para que Dios le castigue de esa forma.”  Estar enfermo implicaba ser visto con sospecha y ser juzgado por la sociedad. También se consideraba que los supuestos castigos divinos podían ser heredados. De ahí la premisa de los discípulos alegando que “alguien” había “pecado” teniendo como resultado la pérdida de la visión de aquel pobre hombre: si no fue él, entonces fueron sus padres.

Ahora bien, ¿quién pecó para que surja la pandemia del Coronavirus? A raíz de todas las muertes y contagios ocurridos en el mundo, no han faltado los consabidos “profetas” y predicadores que dicen que todo este asunto es “un castigo” enviado por Dios. En estos días alguien comentaba que “si las naciones se arrepienten, Dios levantará el castigo del Coronavirus.” Otros más comentaban que la pandemia es resultado de “la ira de Dios sobre la humanidad.” Y otros, cándidamente, han estado citando fuera de su contexto, discursos de los profetas de Israel donde se alude al “enojo del Señor.”

Jesús planteó una idea diferente. La circunstancia de aquel hombre ciego de nacimiento sería oportunidad para que las obras de Dios se manifestaran en él.  Claro está, debemos evitar caer en el error de decir que las enfermedades y calamidades “son enviadas por Dios para glorificarse” (también he escuchado eso por ahí). El comentario de Jesús desautoriza a quienes andan juzgando y condenando a diestra y siniestra “en nombre de Dios”.  Las palabras de Jesús son una invitación a mirar más allá de lo superficial.  Y es allí donde llegamos al segundo asunto que hoy queremos acentuar.

Notemos que el milagro de la curación del hombre ciego ocurre al principio de la narración. No obstante, la mayor parte de la narración es dedicada a las polémicas que surgieron como resultado de la curación. De modo que allí se enfoca algo más profundo que lo físico: el problema real es la ceguera espiritual. En esta historia los verdaderos ciegos son aquellos religiosos más preocupados por sus dogmas y tradiciones que por la restauración de un ser humano necesitado. Sus intereses e ideas tenían para ellos mayor peso que la dignidad de una persona vulnerable y vulnerada.

En el caso del hombre (que ya no era) ciego, primero le fue devuelta la vista física. Pero la vista espiritual, la capacidad de “ver” realmente quién es Jesús, fue algo que tomó algún tiempo. Primero lo identificó como «aquel hombre» (v. 11), luego dijo «yo creo que es profeta» (v. 17), y finalmente profesó «Creo, Señor» y lo adoró (v. 38).

Hoy, en nuestro contexto, enfrentamos algo de proporciones que nunca habíamos visto. Aún teniendo herramientas informáticas y científicas, nuestra sociedad no se encontraba preparada adecuadamente para la magnitud de esta pandemia. Apenas estamos comenzando a vivir una experiencia que afecta y afectará nuestras vidas por mucho más tiempo que el que podamos predecir.   Poder “ver” la gloria de Dios en medio de toda esta situación es algo que no ocurrirá de forma inmediata. Se nos hará muy difícil y requerirá de nuestra paciencia y perseverancia. Pero el Señor Jesús seguirá saliendo a nuestro encuentro, aunque ese encuentro ocurra fuera del lugar de adoración formal.

Soli Deo Gloria.

miércoles, 18 de marzo de 2020

A mitad de semana (Lectura y Reflexión | 3-18-2020)

UN SALMO PARA HOY - Salmo 147.1-11 (Nueva Traducción Viviente)

1 ¡Alabado sea el Señor!
¡Qué bueno es cantar alabanzas a nuestro Dios!
    ¡Qué agradable y apropiado!
2 El Señor reconstruye a Jerusalén
    y trae a los desterrados de vuelta a Israel.
3 Él sana a los de corazón quebrantado
    y les venda las heridas.
4 Cuenta las estrellas
    y llama a cada una por su nombre.
5 ¡Qué grande es nuestro Señor! ¡Su poder es absoluto!
    ¡Su comprensión supera todo entendimiento!
6 El Señor sostiene a los humildes,
    pero derriba a los perversos y los hace morder el polvo.

7 Canten su gratitud al Señor;
    al son del arpa, entonen alabanzas a nuestro Dios.
8 Él cubre los cielos con nubes,
    provee lluvia a la tierra,
    y hace crecer la hierba en los pastizales de los montes.
9 Da alimento a los animales salvajes
    y alimenta a las crías del cuervo cuando chillan.
10 No se complace en la fuerza del caballo
    ni en el poder del ser humano.
11 No, el Señor se deleita en los que le temen,
    en los que ponen su esperanza en su amor inagotable.

PENSAMIENTOS PARA PONDERAR

En medio de tantas noticias y circunstancias que provocan temor, ansiedad y tristeza, este Salmo nos invita a reconocer y alabar a Dios. Hace un llamado a considerar la providencia divina que se manifiesta en la naturaleza. Mi esposa y yo vivimos en un sexto piso y nuestro balcón en muchas ocasiones se convierte en lugar de solaz y encuentro con el Señor. La foto que acompaña esta nota es una de nuestras orquídeas. Tomé la foto esta mañana. Contemplando su belleza pensaba, cuán profunda la sabiduría y el poder divino, dedicando tanta imaginación y creatividad a cada detalle de algo tán frágil y efímero como una flor.

Mientras ponderaba estas cosas, me fijé en un visitante alado, uno de esos pequeños pajaritos que abundan por esta región y frecuentan nuestro balcón. Llevaba una ramita en su pico. Acercándonos a la primavera, esta avecita diminuta labora arduamente en formar un nido para procrear junto a su pareja. ¿Quién le dijo que este es el tiempo de hacerlo? ¿Quién le enseñó a reconocer las estaciones y los ciclos del año? ¿Quién le adiestró para escoger los materiales necesarios para construir lo que será su hogar durante las próximas semanas? ¿Quién le creó con ese “instinto”? Para las personas creyentes la respuesta a estas interrogantes es una: El mismo que “cuenta las estrellas y llama a cada una por su nombre.”

El orden creado tiene millones de años. El mundo ha visto incontables desastres “naturales” y no-naturales. Aún así, las flores salen en su tiempo. Aún así, los pájaros vuelven a anidar. Sin querer en ninguna manera aminorar la seriedad y fatalidad del tiempo que estamos viviendo y del que apenas comenzamos a sufrir sus efectos, mirar la creación me recuerda que no estamos abandonados a los designios de un destino incierto. Digamos, pues, con el Salmista:
“¡Qué grande es nuestro Señor! ¡Su poder es absoluto! ¡Su comprensión supera todo entendimiento!”
Soli Deo Gloria.

lunes, 16 de marzo de 2020

El Señor está entre nosotros

(c) jmcp 2020
Éxodo 17.1-7 (RVC)

Como individuos, familias, iglesia y sociedad en general, estamos enfrentando algo que nunca habíamos visto. “Pandemia” es una palabra muy seria y que suena muy fea, porque a todas luces, lo es. No es un chiste (a pesar que para aliviar la tensión en ocasiones tengamos que recurrir al buen humor). El término “pandemia” es definido como “enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región.”  Muchas personas tienen miedo, y con razón. La humanidad es vulnerable. Nuestra salud no es óptima. Ya sea por la edad, por falta de acceso a cuidados apropiados, o por condiciones pre-existentes, gran parte de nuestra sociedad es susceptible al contagio de una condición que para muchas personas puede significar la muerte. El Coronavirus llegó hasta nuestros vecindarios. Esa es la realidad y tratar de negarla o maquillarla sería irresponsable.

Las reacciones son tan diversas, como diversa es la humanidad. Hay quienes no lo toman en serio e ignoran las recomendaciones de la comunidad científica para el bienestar común. Hay quienes entran en pánico y en medio de ese pánico, o bien se paralizan, o bien actúan impulsivamente sin calcular las consecuencias. Hay quienes despotrican, murmurando sin reparos contra el liderato científico, gubernamental o religioso (siempre hay que “culpar” a alguien). Y hay quienes elevan sus quejas y murmuraciones contra Dios mismo.

No nos debe sorprender que circunstancias como éstas provoquen todo tipo de reacción en nosotros. Así somos los seres humanos cuando nos asustamos. No olvidemos que, como previamente indiqué, estamos ante una circunstancia particular que no habíamos vivido. Probablemente habíamos leído sobre ella. Quizás habíamos visto películas o documentales sobre el tema. Pero no es lo mismo ser espectadores de una epidemia que ocurra en otro lugar, a ser protagonistas de una pandemia, algo que toca nuestro vecindario y posiblemente nuestro hogar. Estamos transitando un camino desconocido.

Circunstancias como ésta nos llevan, aún siendo “gente de fe”, a plantear como lo hiciera el pueblo hebreo en la antigüedad: «¿Está el Señor entre nosotros, o no está?» (Éxodo 17.7)

Si contemplamos una respuesta de carácter sobrenatural o como un milagro deslumbrante, tal vez nos quedemos esperando. No obstante, con plena certeza me atrevo compartir la siguiente afirmación: el Señor está entre nosotros. 

Les invito a leer la afirmación nuevamente: el Señor está entre nosotros.

Veo la presencia del Señor en la inteligencia que ha dado a la humanidad manifestada en la comunidad científica.

Veo la presencia del Señor cuando nos inspira a obrar con prudencia, sensatez y sobriedad.

Veo la presencia del Señor en las palabras de ánimo y consolación que se comparten mutuamente.

Veo la presencia del Señor en la mano amiga que se extiende para ayudar al prójimo.

El Señor está entre nosotros.

J.A. Olivar y Miguel Manzano lo expresan magistralmente en las palabras de su canción titulada “Pequeñas Aclaraciones” (Publicada también en El Himnario Presbiteriano #378):

Cuando el pobre nada tiene y aún reparte,
cuando alguien pasa sed y agua nos da,
cuando el débil a su hermano fortalece,
// va Dios mismo en nuestro mismo caminar. //

Cuando alguien sufre y logra su consuelo,
cuando espera y no se cansa de esperar,
cuando amamos, aunque el odio nos rodee,
// va Dios mismo en nuestro mismo caminar. //

Cuando crece la alegría y nos inunda,
cuando dicen nuestros labios la verdad,
cuando amamos el sentir de los sencillos,
// va Dios mismo en nuestro mismo caminar. //

Cuando abunda el bien y llena los hogares,
cuando alguien donde hay guerra pone paz,
cuando 'hermano' le llamamos al extraño,
// va Dios mismo en nuestro mismo caminar. //

Los días (y quizás semanas o meses) que se avecinan serán difíciles y muy complicados. No abonemos al pánico colectivo ni alimentemos el germen de la negación y la desinformación. Seamos, como enseñó el Señor Jesucristo, “luz del mundo” y “sal de la tierra”.  Fomentemos la cordura, la prudencia, la paciencia, la sensatez, la empatía y la solidaridad. El Señor está entre nosotros.

Soli Deo Gloria.


miércoles, 4 de marzo de 2020

Las noches de desvelo

Juan 3.1-17 (RVC)
Foto: telegraph.co.uk

El tercer capítulo del Evangelio Según Juan es uno de gran importancia para la cristiandad.

Allí se encuentra contenido uno de los versos más conocidos de la Biblia en todos los tiempos; un verso reconocido aún por personas que no practican la fe cristiana.  El verso 16 fue el primer texto bíblico que aprendí de memoria. Me fue enseñado por mi maestro de primer grado, miembro activo de una de nuestras congregaciones presbiterianas en Puerto Rico, y a quien siempre le estaré agradecido:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna.”

A mis 6 años de edad, yo no entendía mucho a qué se refiere eso de “perderse”. Tampoco comprendía qué realmente implica o significa eso de “dar a su Hijo unigénito”, pero sí tenía un concepto general del amor. Entendía que, así como mi papá y mi mamá me amaban, mi “Papá Celestial” también. No es de extrañar que a tan temprana edad, Juan 3.16, se convirtiera en “mi versículo bíblico favorito” (aún más que el Salmo 1 o el Salmo 23, los cuales aprendí poco después).

Con el pasar de los años, la educación y la maduración en la fe, el verso que comenzó a capturar más mi atención no era el 3.16, sino el siguiente (17):
“Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.”

Este frase ha venido a ser fundamental en mi vida personal, así como en mi ministerio como predicador: «Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar». Este verso me ayuda a mantenerme enfocado en el amor y la gracia de Dios en Jesucristo. «Evangelio» es buena noticia. ¡Hay tanto predicador(a) y “evangelista” obsesionado con “la condenación”! Y eso no es un problema solamente de pastores(as) y predicadores(as). Con frecuencia encuentro cristianos(as) que mantienen la condenación a flor de labios o en la punta de sus dedos. Sobre ese particular, en estos días vi que una persona hizo un interesante experimento en las redes sociales. La persona escribió la frase “Dios es amor.” Y en muy pocos minutos comenzaron a aparecer reacciones y contestaciones caracterizadas por un “sí, pero...”

“sí pero, tienes que hacer ____ o ____ ...”

“sí pero, también es fuego consumidor...”

“sí pero, Dios odia el pecado...” (parte de una frase que erróneamente muchos atribuyen a la Biblia, pero que en realidad no es parte del texto sagrado: eso de que “Dios ama al pecador pero odia el pecado”)

¡Son tantos los creyentes que no pueden tolerar una expresión o afirmación del amor absoluto de Dios! No pueden concebir en sus mentes que el amor divino no reclame pre-requisitos y condiciones. No pueden aceptar el amor incondicional del Padre Celestial, particularmente cuando se trata de aquellas otras personas a quienes rechazan y menosprecian por diversas razones. El verso 17 nos vuelve a recordar que «Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar.»

Ahora bien, hemos de observar que estas expresiones del tercer capítulo de Juan ocurren en el contexto de una larga conversación. Se trata de un diálogo entre un importante líder religioso del partido de los fariseos y Jesús. La narración es profunda y rica en contenido. Pero ahora vamos a enfocarnos en considerar un sólo detalle: este señor, este importante fariseo, se acercó a Jesús en la noche.

Para quienes vivimos con los privilegios y ventajas que la sociedad industrializada nos provee, (por ejemplo, la energía eléctrica), se nos hace un tanto difícil comprender la magnitud de las implicaciones de la oscuridad de la noche. Vivimos asistidos por la luz artificial, especialmente en grandes ciudades como la nuestra, donde el exceso de iluminación nos impide contemplar la belleza del firmamento, ni experimentar total oscuridad.

Nicodemo vino donde Jesús en la noche.  Debemos recordar que Nicodemo era un prominente miembro del principal grupo opositor a Jesús. Así que la oscuridad de la noche le concedía un manto de discreción y secretividad. Ahora bien, ¿será por eso que Nicodemo va donde Jesús en la noche? He escuchado numerosos predicadores y escritores lanzar críticas contra Nicodemo “por esconderse”, “por su cobardía”, “por no querer que la gente lo viera juntándose con Jesús”. Pero lo cierto es que, todo eso, a fin de cuentas, son puras especulaciones. El narrador bíblico no indica la razón, simplemente notifica que fue de noche. ¿Qué tal si ese era el único tiempo que Nicodemo encontró en su agenda cargada o en la agenda cargada de Jesús? ¿Qué tal si la necesidad de Nicodemo para conversar con el Maestro de Nazaret era tan grande que no podía esperar hasta el otro día para buscarlo?

Ustedes y yo conocemos esas noches, las noches de desvelo, cuando la mente se queda agitada, pensando, repensando y dando vueltas por algún problema o situación adversa. Hay ocasiones en las que la ansiedad y la incertidumbre se agudizan en la noche. Hay veces en que los sentimientos de tristeza, soledad o frustración se agigantan con el silencio y la oscuridad de la noche. ¡Cuán largas pueden ser esas noches examinando posibles escenarios!:

“pude haber dicho tal o cual cosa”,

“si tan solo hubiera hecho esto o lo otro”,

“quizás si mañana pasa X o Y...”

En el lenguaje coloquial se ha adoptado una frase de un poema de San Juan de la Cruz, místico del Siglo 16, para referirse a esos momentos: “la noche oscura del alma.”

La noche de Nicodemo es para mí un recordatorio de que podemos acudir a Jesús aún en nuestras propias “noches oscuras del alma”;

... que cuando sentimos que no podemos elevarnos al cielo, descubriremos que es Jesús, “el Hijo del Hombre”, quien ha descendido (3.13) para encontrarnos, y acompañarnos;

... que el amor de Dios es más grande que los temores;

... que lejos de ser condenatoria, su presencia es salvadora;

... y que cuando pensamos que estamos ante un final, el Espíritu del Señor nos capacita para comenzar (“nacer”) de nuevo y “ver el reino de Dios.”

Soli Deo Gloria.

¿Qué es la Cuaresma?

Foto: aciprensa.com
La Iglesia Cristiana divide el año litúrgico en estaciones o temporadas, todas ellas de alguna manera relacionadas a la vida de Jesús o a algún aspecto o doctrina de gran importancia para la cristiandad. Los dos eventos que sirven como pilares del año litúrgico son el nacimiento de Jesús (que celebramos en la temporada de Navidad) y su muerte y resurrección (que celebramos durante la Semana Santa). Ambos eventos son precedidos por temporadas que sirven como preparación a la celebración del evento. De esta forma, la Navidad es precedida por la temporada de Adviento. Así también la Semana Santa es precedida por la temporada que ahora estamos observando, la Cuaresma.

Cuaresma corresponde a un periodo de 40 días que comienza con el Miércoles de Cenizas y culmina antes de la celebración del Servicio de Jueves Santo. (En el cálculo de 40 días no se cuentan los domingos, ya que cada día del Señor se considera como una celebración de la resurrección de Jesucristo.)

En el tiempo de Cuaresma se hace énfasis en el recogimiento y la introspección, así como la práctica de disciplinas espirituales como la oración, el ayuno y la caridad. En la antigüedad el tiempo de Cuaresma era dedicado a la preparación de nuevos creyentes para recibir el ritual del bautismo e integrarse formalmente a la vida de la iglesia.

La Cuaresma nos brinda una oportunidad especial de hacer autoexamen y buscar re-alinear nuestros caminos con el camino del reino de Dios, según predicado y enseñado por Jesucristo.

En algunas tradiciones cristianas se practica la abstención de ciertos alimentos o disfrutes como manera de disciplinar el carácter.

La Iglesia Presbiteriana (EUA), a través de su revista Presbyterians Today, provee para esta Cuaresma una guía de lecturas y devociones diarias, las cuáles pueden ser descargadas en estos enlaces: (Versión en Español) (Versión en Inglés).

Te invitamos a aprovechar estos días para re-energizar tu fe, conectarte con Dios, conectarte con tu iglesia, y conectarte con el prójimo a tu alrededor.

jueves, 6 de febrero de 2020

Bienaventuranzas

Lectura: Mateo 5.1-12 RVC

Este es uno de esos pasajes que son considerados como “clásicos” en las Escrituras Sagradas de la cristiandad. El mismo acompaña a otros pasajes que también son sumamente conocidos, como el Salmo 23 y Éxodo 20 (Los Diez Mandamientos). Recuerdo que en la escuela de mi niñez (una escuela religiosa privada), me hicieron aprender y repetir de memoria estos pasajes ---y así lo hacía, aunque no necesariamente comprendiese a plenitud su significado.

El autor del Evangelio Según Mateo es muy ingenioso en la manera en que presenta las enseñanzas de Jesús. Gracias a la labor de la investigación bíblica en los últimos dos Siglos, sabemos que los evangelios no fueron escritos necesariamente por testigos oculares, a manera de periodistas que toman nota de algún acontecimiento. Sino que fueron compuestos y redactados por generaciones posteriores (varias décadas después), que investigaron y coleccionaron dichos e historias sobre Jesús, narradas primero de manera oral y luego transmitidas de forma escrita. Cada Evangelio, entonces, refleja las particularidades de los escritores y las comunidades que los produjeron.

Para el Evangelio Según Mateo es importante proclamar a Jesús como el nuevo Moisés, aquel que ofrece e interpreta la voluntad de Dios para su pueblo.  Por tal razón, las narraciones son elaboradas de forma tal que produzcan puntos de contacto, características que sirvan como ecos con las narraciones mosaicas que aquellas comunidades antiguas conocían. Observamos, por ejemplo, que mientras el Evangelio Según Lucas comparte las enseñanzas de Jesús a lo largo de su camino de Galilea a Jerusalén, el Evangelio Según Mateo comparte enseñanzas de Jesús organizándolas en cinco grandes discursos que evocan los cinco libros de la Torá (el Pentateuco), que las tradiciones antiguas atribuían a Moisés.

El pasaje que ahora nos ocupa también trae ecos y puntos de contacto con Moisés. Recordemos, nuevamente, que Moisés era considerado como el que recibió y entregó al pueblo hebreo la revelación de la voluntad de Dios por medio de mandamientos y estatutos. Los textos antiguos presentan a Moisés recibiendo esa revelación en un monte, llamado “Horeb” por algunas tradiciones y “Sinaí” por otras. Para las culturas antiguas, los montes eran símbolo de encuentro con la divinidad, eran lugares de revelación, lugares de contacto, lugares donde lo divino y lo humano entraban en diálogo transformador.  Por eso es importante observar que en este pasaje, donde el Evangelio Según Mateo introduce el primero de los cinco discursos de Jesús, hace la siguiente expresión (5.1-2):
«Cuando Jesús vio a la multitud, subió al monte y se sentó. Entonces sus discípulos se le acercaron, y él comenzó a enseñarles diciendo...»
Lo que alguna vez fue el lugar de encuentro con el Dios de Israel, ahora es el lugar de encuentro con Jesús, aquel que Evangelio Según Mateo identifica como Emanuel: “Dios-Con-Nosotros”. Ahora bien, en lugar de proveer un catálogo de mandatos y prohibiciones, Jesús pronuncia palabras de celebración y bendición: «Bienaventurados son...», que significa, “dichosos, afortunados, felices”.

Hay muchísimo que decir sobre cada uno de estos pronunciamientos. Suficiente para varios sermones, charlas y conferencias. Pero aquí no voy a entrar en todos los detalles de cada uno. Simplemente quiero llamar nuestra atención hacia la manera en que Jesús nos sorprende con sus palabras. Jesús rompía los ideales, patrones y concepciones de su tiempo y su cultura. Y aún, tantos siglos después, sus palabras siguen rompiendo nuestros esquemas y preconcepciones.

La tendencia humana, a través de los siglos, es a exaltar a unos pocos sobre los muchos. En tiempos antiguos se entendía que los ricos y poderosos, los reyes y gobernantes, aquellos que ostentaban el poder político, económico, militar y religioso, tenían acceso a tal poder por ser personas especiales, elegidas por Dios (o por los dioses) para enseñorearse sobre las demás. En tiempos contemporáneos, nuestras sociedades siguen rindiendo especial atención, admiración y deferencia hacia los poderosos de la tierra, aquellos a quienes de forma explícita e implícita se les atribuyen ciertas virtudes de forma automática, solo por el acceso que tienen a recursos y ventajas que la mayoría de la gente solo puede soñar algún día alcanzar. El culto a las celebridades (políticas, económicas, o religiosas) es algo que se fomenta en la mentalidad colectiva del “ciudadano de a pie”.  Pero Jesús no compra ese discurso.  Jesús no adopta esos esquemas.  Jesús no se impresiona con las mismas cosas que se impresionan las sociedades.

A Jesús se le ocurre pronunciar como “bendecidas, dichosas, felices, afortunadas”

... a las personas vulneradas y vulnerables

... a quienes “están en la parte de abajo de la rueda”

... a quienes lloran sin poder ver el final de sus lágrimas

... a quienes no cuentan con los privilegios de las elites sociales

... a quienes anhelan un mundo mejor porque el que tienen es injusto

... a quienes enfrentan carencias del cuerpo y del alma

... a quienes reconocen que la mayor pureza es la del corazón

... a quienes valoran más la misericordia que la retribución

... a quienes trabajan y construyen la paz, aún en medio de un mar colectivo de rencores, odios y conflictos

... a quienes enfrentan el rechazo, la marginación y la persecución por causa de lo que es justo, aquello que es representado y encarnado en la prédica y práctica del propio Jesús.

No es el poder ni el éxito social, político o económico lo que nos pone en sintonía con el reino de Dios, es la práctica de la justicia, la misericordia, la paz, el perdón, la humildad, la caridad, el amor.  En eso consiste la verdadera dicha, en eso radica la bendición que trasciende tiempo y espacio, aquí y en la eternidad. Busquemos, pues, cada día, el encuentro transformador a los pies del Señor.

Amén.

martes, 14 de enero de 2020

¿Y de allí puede salir algo bueno?

Arte por Nelson Jr. Madera @darealgenius
[Una breve reflexión dedicada a mi pueblo, desde mi contexto como predicador puertorriqueño desde la diáspora]

Al momento de escribir estas líneas, me encuentro en medio de los pasos iniciales para preparar un sermón que espero predicar próximamente. Aquellas pastoras y predicadores que toman en serio su vocación homilética, saben que predicar no es asunto de pararse frente a un podio y abrir la boca a ver qué sale. Requiere tiempo: horas, días. Requiere oración. Requiere disciplina de estudio. Requiere lectura, mucha lectura. Y requiere escritura, borradores, y más escritura.

Examinando las lecturas bíblicas del calendario litúrgico asignadas para el domingo, me encuentro con Juan 1.29-51. La misma es una narración extensa que contiene mucha “tela para cortar” y hablar sobre el llamado del Señor y la importancia del testimonio. Pero de todo ello, hasta ahora, un detalle de la narración me hace pensar mucho (v. 46): "¿De Nazaret puede salir algo bueno?" Es la pregunta del prejuicio y el menosprecio, la pregunta que toma como poca cosa a una persona por su lugar de procedencia. Es una pregunta cargada de pesimismo. En el caso particular que reseña la narración bíblica, sabemos bien la respuesta a dicha pregunta: de Nazaret no solo salió "algo bueno", sino que de allí salió lo mejor, "el cordero de Dios que quita el pecado del mundo", Jesucristo de Nazaret.

Ante el embate de una ola de sismos que no termina, a dos años del azote de dos poderosos huracanes, en medio de las circunstancias presentes y el sentido de impotencia y cansancio que vivimos como pueblo puertorriqueño, quizás en muchas mentes pulule una pregunta similar:

"¿Y de Puerto Rico puede salir algo bueno?"

... y de Guayanilla... y de Adjuntas... y de Bayamón... y de Aguadilla... y de Lares... y de Peñuelas... y de ______________ (llene el blanco según su predilección)... puede salir algo bueno?

En medio de la ansiedad de los constantes temblores y réplicas, en medio de las lágrimas y el agotamiento de tres años de una interminable recuperación, y en medio de la mediocridad y jaibería de las autoridades locales y federales que anteponen su “ganancia” politiquera a las necesidades del pueblo, quizás sintamos la tentación de responder con un “No, de aquí no puede salir algo bueno.”

Sin embargo, al contemplar el panorama con mayor detenimiento, podemos contemplar otras realidades. Observamos la gente humilde que desinteresadamente comparte de lo poco que tiene. Observamos a los rescatistas que trabajan día y noche para socorrer al pueblo. Observamos a miles de voluntarios poniendo de sus recursos para colectar y entregar suministros y ayuda de primera necesidad a las áreas afectadas. Observamos psicólogas, trabajadores sociales, pastoras, y consejeros brindando servicios para aliviar la pesada carga emocional de nuestro pueblo. Observamos a los vecinos que en una cocina improvisada preparan alimentos para compartir con los demás. Observamos a quienes trabajan de sol a sol atendiendo necesidades sin necesidad de tomar “selfies” para que les feliciten en las redes sociales. Observamos a la diáspora que con el corazón estrujado se organiza para ayudar desde la distancia. En múltiples formas observamos la solidaridad pasar del mundo de las ideas a la acción concreta...

Y observando todo eso, tenemos que responder un rotundo SÍ, DE PUERTO RICO PUEDE SALIR, Y DE FACTO SALE ALGO BUENO: el alma compasiva que nos une en un vínculo de hermandad capaz de resistir huracanes y terremotos. El camino por delante se torna cada vez más largo, pero con perseverancia, con fe y con esperanza seguiremos andando juntos, aquí, allá y “hasta en la Luna.”