sábado, 21 de septiembre de 2019

Una oración para el Día Internacional de la Paz


Dios amoroso, tus hijas e hijos anhelamos el día en que tu shalom sea la cultura que predomine. Ansiamos el día
   cuando convirtamos espadas en arados;
   cuando nuestros gobiernos produzcan más cultivos que armamentos;
   cuando construyamos más escuelas que prisiones.

Dios paciente, tus hijas e hijos anhelamos el día en que tu shalom sea la cultura que predomine. Ansiamos el día cuando tu pueblo pueda adorarte libremente sin la amenaza de terror o daño sobre nosotros, sobre los lugares de oración, o sobre los textos sagrados;
   cuando respetemos la humanidad de cada cual;
   cuando tratemos unos a otros con equidad y justicia.

Dios libertador, tus hijas e hijos anhelamos el día en que tu shalom sea la cultura que predomine. Ansiamos el día
   cuando los injustamente detenidos sean liberados;
   cuando no haya más tortura;
   cuando comprendamos lo que significa “Nadie es libre hasta que todos sean libres” (Fannie Lou Hamer).

Dios misericordioso, tus hijas e hijos que anhelamos el día en que tu shalom sea la cultura que predomine, confesamos
   que no siempre hemos sido participantes dispuestos a cumplir tu mandato de paz;
   que con frecuencia hemos perpetuado injusticias y causado violencia.

Danos la fuerza para trabajar por la paz y vivir en paz.

Dios redentor, tus hijas e hijos anhelamos el día en que tu shalom sea la cultura que predomine. Bendice nuestras oraciones y acciones hacia la paz, para que sean testimonio de amorosa gracia. Haz que seamos pacificadores con cada pequeño y gran acto hacia la justicia.

Contigo, oh Dios, trabajaremos juntos por el día del shalom que anhelamos.

¡Aleluya! ¡Amén!

(Por Rev. Bridgett Green | Adaptación al Español por Rev. José Manuel Capella-Pratts)
Pulse aquí para información sobre el Día Internacional de La Paz.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

El privilegio de hablar

(Una reflexión inspirada en Santiago 3:1-12)

Tengo una tristeza acumulada a través de los años, pero que se me ha agudizado en tiempos recientes. Tiene que ver con la manera tan destructiva en que muchos cristianos(as) hacen uso de su capacidad de hablar...

Poder hablar es un privilegio. Tener voz es un don que solemos dar por sentado y no apreciamos. Pensemos en tantas personas que tienen que aprender lenguajes en señas pues, por diversas causas y circunstancias, perdieron la voz o simplemente nacieron sin ella. En tiempos de Jesús la mayoría de la gente no sabía ni leer ni escribir: su único medio de comunicación era el habla - perder el habla era una tragedia de mayores proporciones. Nuevamente, tener voz es un privilegio.

Desafortunadamente en mis dos décadas de ministerio pastoral he observado que el factor más común en los males de las congregaciones es precisamente el mal uso del habla, o como Santiago le llama: la lengua. La carta que lleva el nombre de Santiago fue escrita entre el Siglo I y Siglo II (80-130). Más que una carta, el documento es un tratado parenético, es decir, de exhortaciones éticas sobre la vida práctica de la comunidad de fe. La porción que hoy leemos utiliza una serie de metáforas e imágenes impactantes para referirse al mal uso de la lengua:

  • “la lengua es fuego; es un mundo de maldad...” “si el infierno la prende, puede inflamar nuestra existencia entera...” (v.6)
  • “es un mal indómito, que rebosa de veneno mortal.” (v.8)
  • “¿Acaso de una misma fuente puede brotar agua dulce y agua amarga?” (v.11)

El asunto del cómo utilizamos el privilegio del habla no era un problema único en la comunidad de lectores que recibieron la Carta de Santiago por vez primera. Veamos,

Cuatrocientos años antes de Cristo, encontramos lo que Sócrates llamaba “el triple filtro”:

  1. El filtro de la verdad - ¿estás absolutamente seguro(a) de que lo que vas a decir es cierto?
  2. El filtro de la bondad - “Lo que vas a decir del prójimo, ¿es bueno?”
  3. El filtro de la utilidad - "¿Me es útil o me ayuda eso que vas a decir?”

Cerca de cuatro décadas antes de la Carta de Santiago, escuchamos a Jesús diciendo lo siguiente: «yo les digo que, en el día del juicio, cada uno de ustedes dará cuenta de cada palabra ociosa que haya pronunciado» (Mateo 12:36).

Y muchos siglos después, Mohandas Gandhi, al gran luchador por la liberación de la India, se le atribuye el siguiente dicho:  “habla solamente si tus palabras mejorarán el silencio.”

Es sumanente curioso observar cómo el mismo tema se manifiesta en diversas culturas y en diversas épocas. Pero me resulta devastador leer la Carta de Santiago, escrita tantos siglos atrás al otro lado del mundo, y sentirla como si se hubiera escrito la semana pasada para los(as) cristianos de nuestro tiempo. Bien lo dice el texto (v.10): «Hermanos míos, ¡esto no puede seguir así!»

El mensaje de Santiago es un llamado y una invitación a considerar el efecto de lo que decimos, y procurar alinearnos con lo que anima, lo que edifica, lo que enaltece. La cordura, la prudencia y la mesura debiesen ser características de todo seguidor(a) de Jesús. Usemos bien el privilegio de hablar:

para levantar la persona caída,

consolar a la persona triste,

y para llevar toda congoja y ansiedad a nuestro Padre Celestial en oración.

Que nuestra vida no sea fuente de amargura, sino fuente de “agua dulce”, fuente de bendición.

Soli Deo Gloria.