miércoles, 20 de mayo de 2015

¿Por qué están mirando al cielo?

6 Entonces los que estaban reunidos con él le preguntaron: «Señor, ¿vas a devolverle a Israel el reino en este tiempo?» 7 Y él les respondió: «No les toca a ustedes saber el tiempo ni el momento, que son del dominio del Padre. 8 Pero cuando venga sobre ustedes el Espíritu Santo recibirán poder, y serán mis testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.»9 Después de haber dicho esto, ellos lo vieron elevarse y ser recibido por una nube, que lo ocultó de sus ojos. 10 Mientras miraban al cielo y veían cómo él se alejaba, dos varones vestidos de blanco se pusieron junto a ellos 11 y les dijeron: «Varones galileos, ¿por qué están mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ustedes han visto irse al cielo, vendrá de la misma manera que lo vieron desaparecer.» ---Hechos 1.6-11 RVC
Una de las más grandes frustraciones que un maestro(a) enfrenta es ver que sus discípulos(as) - luego de haber invertido una enorme cantidad de recursos en tiempo, talento y tesoro para enseñarles - hagan un comentario o lleven a cabo una acción que evidencie que no hubo aprendizaje alguno. Suele pasar en la educación civil, pero también ocurre en la educación religiosa. Enseñas el valor de la empatía, la compasión, la justicia y el amor… para luego ver al discípulo(a) maltratando a otra persona, o juzgándole, o simplemente evidenciando su menosprecio.  Se siente como un cubo de agua fría derramado sobre la cabeza del docente… "Paciencia, José, inténtalo de nuevo" -me repite la vocecita interna.  Quienes dedican su vida a enseñar entienden la desagradable sensación.

Jesús, el Maestro por excelencia, invirtió su vida (literalmente dio su vida) enseñando el camino del reino (el amor a Dios y al prójimo), solo para que, luego haber resucitado y estar a punto de ascender a los cielos, sus discípulos evidenciaran con una pregunta su crasa incomprensión del mensaje.  Seguían entendiendo la enseñanza del reino en términos políticos y militares, en términos de la adquisición del poder y la supremacía de una nación sobre las demás.  Jesús - imagino que luego de echar un suspiro - trata de enfocarlos nuevamente.  De hacerles ver que el poder que él les garantiza es un poder distinto al poder que ellos anhelan: «cuando venga el Espíritu Santo recibirán poder, y serán mis testigos».  El poder que Jesús les asegura no es el poder para levantar una monarquía, sino el poder para ser sus testigos, es decir, para hacer llegar sus enseñanzas en prédica y práctica «hasta lo último de la tierra».

Dicho esto, Jesús se eleva a los cielos y lo pierden de vista.  Imagina la escena: los discípulos emocionados, asombrados, mirando al infinito, maravillados contemplando un cuadro de tal magnificencia.  Entonces, su contemplación es interrumpida por la pregunta de «unos varones vestidos de blanco».  Así como la pregunta de los discípulos a Jesús debió haberse sentido como cubo de agua fría, ahora son los discípulos quienes terminan empapados con la pregunta que escuchan: «¿Por qué están mirando al cielo?»  Es innegable lo paradójico en la escena.  ¿Qué hacen ustedes mirando al cielo cuando hay tanto que ver -y hacer- en la tierra?  Jesús prometió «poder», pero no fue para envolverlos en un éctasis celestial, sino para que sean sus testigos aquí en la esfera terrenal.

Siglos más tarde, la cristiandad sigue generalmente en un viaje espiritual desconectada del mundo cotidiano. Se sigue mirando al cielo cuando hay tanto que hacer en la tierra.  Se sigue promoviendo una fe fantasiosa que nada comunica a la persona común.  La obsesión con "el más allá" nos lleva a pasar por alto las necesidades de otros en "el más acá".  Se hace necesario aterrizar la fe.  Ser testigos de Jesús, quien siempre buscó la manera de involucrarse en la realidad que le circundaba, quien se aseguró de practicar el reino de los cielos en la vivencia común, quien se ensuciaba las manos en su amor y servicio al prójimo necesitado en su contexto.

"¿Por qué están mirando al cielo?", es la pregunta que resurge para confrontar a quienes en sus delirios de santidad se sienten superiores a los demás "pecadores".  "¿Por qué están mirando al cielo?", es la pregunta que el texto bíblico aporta para quienes se encierran en sus nichos de espiritualidad personal y desde allí son incapaces de conectarse con la gente en el aquí y el ahora. "¿Por qué están mirando al cielo?", es la pregunta que deben considerar quienes prefieren defender los dogmas antes que acoger a las personas "de afuera", excluidas por las instituciones eclesiales.  "¿Por qué están mirando al cielo?", es la pregunta que se deben hacer quienes pretenden empujarle una religiosidad del Siglo 17 al mundo del Siglo 21. "¿Por qué están mirando al cielo?", es la pregunta que la narración hace para bajar de las nubes a quienes se trepan tanto que no pueden ser testigos de Jesús.

Jesús ascendió a los cielos (y afirmamos, con el texto bíblico, que regresará), pero nosotros aún estamos en la tierra.  Aún nos queda mucho por hacer...

martes, 5 de mayo de 2015

La cortina

Marcos 15.37-39 NVI

1ro de mayo de 2015.  Al momento de escribir estas líneas, me encuentro a miles de pies de altura, en un vuelo de Miami FL a Newark NJ.  Estar en un avión siempre me provee la oportunidad de pensar tantas cosas, a veces organizadas, a veces aleatorias… ¿Se caerá el avión?  ¿Volveré a ver a la gente que amo? ¿Será éste mi último vuelo? ¿Llegaremos bien?  Es interesante considerar que viajar por avión es muchísimo más seguro que viajar en un carro.  Sin embargo, todos los días me subo al carro sin pensar en estas cosas, quizás porque estoy muy entretenido con las manos en el volante.  Pero el avión, es otra cosa, yo no soy quien va manejando y tanto tiempo disponible provee espacio y oportunidad para que la mente se ponga a divagar.

El tiempo en el aire también me provee oportunidad para observar.  Hay gente a quien le gusta ponerse a hablar con otras, aunque sean desconocidas.  Ese no es mi caso.  Siendo una persona introvertida (en serio, lo soy), prefiero permanecer en silencio y observar.  Me gusta observar la gente. Me fascinan las dinámicas de las interacciones humanas. Disfruto estudiar el comportamiento de las personas. Se aprenden tantas cosas…

Mi asiento se encontraba ubicado en la línea 9, un lugar bastante cerca de la parte delantera del avión.  Cerca de la entrada/salida.  Cerca de la cabina de mando.  Luego del tiempo del despegue (usted sabe, ese tiempo en que no se pueden usar equipos electrónicos, cuando hay que mantenerse sentado y amarrado), tan pronto el capitán dio la señal autorizando a levantarse de los asientos, ocurrió lo usual: varias personas se levantaron de inmediato para ir al baño.  Por mi lado pasó un primer individuo a toda prisa.  Luego un segundo.  Luego un tercero.  Cuando el tercer individuo desalojó el baño y regresó a su asiento, la azafata que estaba al frente se acercó hasta la línea 6 y, con una expresión facial que transmitía incomodidad, cerró una cortina que separaba los asientos de primera clase del resto de los asientos.  El mensaje era claro, los de la línea 7 hacia atrás no pueden pasar al baño del frente, su lugar es atrás, este espacio está destinado a los clientes especiales.

Este incidente, para algunos, podrá parecer una tontería.  “Las cosas son así, no hay que darle mucho pensamiento”, dirán.  Bueno, no puedo evitar pensar y repensar. La cortina simboliza algo mayor y más profundo.  Es el recordatorio de la inclinación humana a establecer y acentuar distinciones, establecer límites que no deben ser rebasados, afirmar que los unos no son iguales a los otros.

Eso ocurre no solamente en el campo de lo socioeconómico, sino que es algo que se lleva al plano religioso.  Por siglos los seres humanos han establecido normas y reglas que privilegian a unos sobre otros.  Unos disfrutan el acceso a lo divino mientras a otros les es negado.  En el antiguo Israel, en el templo de Jerusalén había un velo, una cortina que apartaba un espacio conocido como el lugar santísimo.  Se entendía que allí se encontraba Dios, y sólo una persona muy especial – un sacerdote – tenía acceso a entrar allí una vez al año.  Cuentan las Escrituras Sagradas que al momento de la muerte de Jesucristo, el velo – la  cortina – se rasgó desde arriba hasta abajo. Una manera de decir que el acceso a Dios no está restringido, la participación de lo divino no está limitada, la experiencia del encuentro con lo sublime no está reservada para unas pocas personas especiales.

Con el pasar del tiempo los seguidores de Jesucristo seguimos cerrando cortinas.  Ya no se trata de cortinas físicas, como la del templo de Jerusalén, sino de ideas y dogmas que siguen diciéndole a unas personas que el acercamiento a Dios está condicionado, que no pueden pasar al otro lado de la cortina a menos que hagan tal cosa, dejen tal otra, piensen de tal o cual manera.  Entonces, para muchas personas la religión se convierte en una experiencia dolorosamente excluyente: se tropiezan con las cortinas que seguimos cerrando.  El mensaje de Jesucristo quiere abrir esas cortinas, más aún, quiere rasgarlas para que no se vuelvan a cerrar.  No sigamos intentando imponerle límites ni condiciones a la gracia divina.  Si fuera condicionada no sería gracia.  Si fuera regulada no sería divina.  No intentemos reparar la cortina que el Señor rasgó.  En Dios no hay tal cosa como sección de primera clase o sección “coach”.  El acceso a su amor está disponible para todas las personas, sin distinciones ni restricciones.