miércoles, 26 de noviembre de 2014

Algunas consideraciones sobre el "Día de Acción de Gracias"

Ha llegado nuevamente la fecha en que celebramos «El Día de Acción de Gracias».  La narrativa “oficial” del "Mayflower", los peregrinos y los nativo-americanos ha sido releída desde perspectivas menos romantizadas que aquella que me enseñaron en la escuela primaria hace más de tres décadas.  Cuando se mira hacia ese pasado, hay que hacerlo con la contrición de los genocidios cometidos por la inmigración europea y sus conquistas en Las Américas.

No obstante, indistintamente de las diversas perspectivas sobre el pasado, el Día de Acción de Gracias es una celebración muy importante en nuestra cultura, tanto en el plano civil como en el plano religioso.  Muchas personas, según sus posibilidades, suelen viajar largas distancias para compartir con sus familiares y disfrutar el tradicional menú.  Es una linda oportunidad para reconectarse con seres queridos y tomar tiempo para la reflexión colectiva.  De cara a esta especial ocasión quisiese acentuar la importancia de que nuestras celebraciones se llevan a cabo de forma sobria y consciente.

En primer lugar, debemos cuidarnos de que el Día de Acción de Gracias no se convierta en “el día del pavo”, ni en la víspera del “Black Friday”.  Recordemos con solidaridad a tantas y tantos que no pueden compartir con sus familias por tener que trabajar al servicio de los imperios del consumo. Incluso, ya hay analistas refiriéndose a esta práctica como “Black Thursday”. (Pulse AQUI para un análisis del fenómeno desde perspectivas económicas)

En segundo lugar, debemos evitar que nuestras celebraciones se conviertan en ejercicios de autogratificación y autojustificación. En este tiempo suelen manifestarse expresiones como “sé agradecido(a), pues puedes ver mientras otros(as) carecen de la vista, tienes movimiento mientras otros(as) se encuentran paralíticos(as), tienes una casa mientras hay tantos que no cuentan con un techo para resguardarse...” y cosas por el estilo.  Aunque la invitación a apreciar lo que se tiene puede ser bien intencionada, la implicación de esas expresiones es horrenda: sentir gratificación al comparar las posesiones propias con las carencias de otras personas.

En tercer lugar, debemos evitar echar nuestra responsabilidad colectiva a Dios...  ¡Qué muchas veces, frente a mesas repletas de alimentos que no se va a consumir, se pronuncian oraciones con la clichosa: frase “Dios, provee para quienes que no tienen”! De esta manera terminamos desentendiéndonos de la inequidad y la injusticia social pues, a fin de cuentas, le estamos pidiendo a Dios que se ocupe del problema.

En cuarto lugar, debemos cuidarnos de enfocar el asunto de la gratitud en “cosas” y no en “esencias”.  Debemos hacer la transición del “tener” al “ser”, movernos de una vida orientada hacia sí misma e indolente ante las necesidades ajenas a una vida compasiva, desprendida y solidaria, evolucionar del “yo” al “nosotros(as)”. Observemos que la oración modelo no dice “dame hoy mi pan diario”, sino “danos hoy nuestro pan diario”.

Por último, estimado lector(a), te invito a considerar una invitación que año tras año sigo planteando en diversos medios: Sé tú la razón por la que otras personas se sientan agradecidas.

Soli Deo Gloria.

martes, 25 de noviembre de 2014

Y nadie se la va a quitar

Martha and Mary by He Qi Chin
«Marta tenía una hermana llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús para escuchar lo que él decía.» Lucas 10.39

Cuenta el Evangelio Según Lucas (10.38-41) un episodio en el ministerio de Jesús en el cual se involucran dos mujeres, Marta y su hermana María.  Indica el texto que Marta hospedó a Jesús en su casa y se quejó con Jesús de que su hermana María la estaba dejando sola con todo el trabajo doméstico. Para la cristiandad esta es una historia conocida, enseñada desde la escuela bíblica dominical a la niñez y proclamada en múltiples sermones y conferencias.  Casi siempre el enfoque de las interpretaciones y aplicaciones que se dan a este pasaje implica el contraponer el exceso de trabajo vs. tomar tiempo para cultivar la espiritualidad.  Usualmente se tiende a pasar por alto un hecho de suma importancia: ambas son mujeres...

La narración indica que Jesús pronunció una felicitación: «María ha escogido la mejor parte, y nadie se la va a quitar» (v. 42). Esto tiene grandes implicaciones.  En medio de la sociedad patriarcal de la cultura mediterránea del Primer Siglo E.C., Jesús elogia a una mujer por asumir un rol que estaba reservado para los hombres. Jesús no trata a María como inferior, la ve como discípula y afirma su acceso al mismo derecho de los hombres.

Esta narración bíblica cobra singular pertinencia al observar el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer (25 de noviembre).  Las Naciones Unidas nos recuerdan que, en pleno Siglo 21,
1 de cada 3 mujeres ha soportado violencia física o sexual, principalmente por un compañero sentimental; cerca de 120 millones de niñas han sufrido el coito forzado u otro tipo de relaciones sexuales forzadas en algún momento de sus vidas; y 133 millones de mujeres y niñas se han visto sometidas a la mutilación genital femenina... (Más información aquí y aquí)
Si bien es cierto que en los textos sagrados se refleja la influencia de las culturas patriarcales y machistas que los produjeron, también es cierto que entre esos textos surgen testimonios que nos llaman a repensar los constructos sociales y señalan hacia la posibilidad de un mundo diferente y mejor.  El episodio de Marta, María y Jesús es una de esas voces que se levantan para crear conciencia desde la fe.  Desde esa conciencia es imprescindible que todos(as) trabajemos por afirmar la dignidad humana de cada niña y cada mujer – en un mundo donde no sufran más violencia física, sexual ni psicológica, un mundo donde nadie intente quitarles la parte que por derecho les corresponde: una vida plena.

Soli Deo Gloria.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Un hombre tenía dos hijos

"The Return of the Prodigal Son"
Rembrandt c.1669
Quiero compartir aquí algunas reflexiones, producto de la lectura y relectura de una de las narraciones más conocidas en el Evangelio Según Lucas, esa que tradicionalmente titulan “Parábola del hijo pródigo”. No pretendo en este espacio hacer un análisis minucioso y detallado, simplemente quiero acentuar algunas consideraciones. Pero, antes de continuar leyendo estas notas, les invito a tomar unos minutos y leer el pasaje de Lucas 15.1-2, 11-32.

Este es el tercero de varios relatos que, según Lucas, Jesús pronunció en respuesta ciertas críticas y murmuraciones que hicieron los religiosos de su tiempo. Sobre ello comentaré adelante. El enfoque tradicional de esta narración reside en el hijo que tomó su herencia (aún cuando su padre vivía), se fue de la casa, malgastó lo que tenía, se ve en gran necesidad, recapacita y regresa. Esa parte de la trama ha sido expuesta hasta la saciedad en sermones, pláticas y estudios bíblicos en la cristiandad, de ahí que se le llame “parábola del hijo pródigo”. Sobre esa parte sólo quiero llamar nuestra atención a un detalle: el hijo había planificado el discurso que daría a su papá al regresar, pero cuando llegó el momento de pronunciar su discurso, el papá no le permitió terminarlo, sino que dio instrucciones a sus sirvientes para la restauración de su hijo y de una vez iniciar los preparativos para una gran fiesta. La imagen que plasma la narrativa es muy conmovedora, evidencia que el padre lo había perdonado en su corazón sin necesidad de discursos. Así de poderosa es la compasión divina.

Ahora bien, la segunda parte de la trama es la que suele ser pasada por alto, o simplemente no recibe la atención que debiera. Debemos observar que Jesús comenzó su narración diciendo: «Un hombre tenía dos hijos...» (15.11). De manera que cuando nos enfocamos en lo acontecido con el hijo menor estamos dejando el relato inconcluso. La narración no está completa hasta que consideremos la escena relacionada con el hijo mayor. La trama indica que, al enterarse de lo acontecido, el hermano mayor se enojó tanto que no quería entrar a la casa. Se sintió molesto con la extravagante demostración de amor de su padre hacia su hermano “perdido”. Tenía hacia su padre el mismo sentimiento de incomodidad que llevó a los fariseos y escribas a murmurar contra Jesús diciendo «Este recibe a los pecadores, y come con ellos» (15.2).

Es ahí donde la parábola nos confronta. Y digo “nos” porque la esencia de esta narración va dirigida hacia los religiosos(as) que en nuestro celo "espiritual" tendemos a clasificar a las personas siguiendo fórmulas dualistas como “perdidos(as)” o “salvados(as)”, “pecadores(as)” o “santos(as)”, “conversos(as)” o “inconversos(as)”. Somos como el hermano mayor que no disfrutamos la fiesta por creernos más dignos que el hermano menor. Somos como el que se siente con el derecho y privilegio de decidir hacia quién y cómo Dios manifiesta su misericordia.

Algo hermoso en esta segunda parte de la parábola es que el padre que había salido (¡corriendo!) a buscar a su hijo menor, también sale de la casa a buscar al hijo mayor para invitarlo a participar de la alegría de la fiesta: «su padre salió a rogarle que entrara» (15.28). ¿Recuerdan cómo comenzó Jesús el relato? «Un hombre tenía dos hijos». El padre desea que ambos hijos estén junto a él.

Queridas amigas y amigos que afirmamos profesar la fe cristiana: es tiempo de que entendamos las implicaciones y el alcance de la gracia divina. Es hora de que rompamos con la costumbre de querer regular o ponerle límites al amor extravagante del Padre celestial. Basta ya de estar catalogando la gente que no se conforma a nuestras ideas y concepciones de la fe. Ha llegado el momento de renunciar a la arrogancia religiosa que pretende decirle a Dios a quién debe aceptar y a quién debe rechazar. Si nos hacemos llamar “cristianos(as)” entonces debemos actuar como Cristo, y no como aquellos religiosos que lo menospreciaban por “recibir a los pecadores y comer con ellos”. Es tiempo de bajar el dedo acusador y entrar de una vez y por todas a la fiesta de su gracia.

martes, 4 de noviembre de 2014

Jueces del universo

Brittany Maynard puso fin a su vida por medio del suicidio asistido, una práctica que es legal en cinco Estados de la nación.  La noticia ha causado revuelo mediático, despertando múltiples diálogos y discusiones en relación a tan complejo tema, así como el tema de la eutanasia ha causado revuelo en otros momentos.

No pretendo reflexionar en este espacio sobre la deseabilidad o no deseabilidad de tal práctica: no me corresponde a mí emitir juicios al respecto.  Lo que sí quiero comentar es sobre las reacciones de muchas personas ante el acontecimiento, en particular personas que, por el vocabulario y los términos que utilizan, dan la impresión de provenir de las filas de la cristiandad.  En redes sociales y en diversos medios noticiosos he leído expresiones en las cuáles se categoriza a la Sa. Maynard como una mujer falta de fe, incrédula y cobarde.  En múltiples ocasiones quienes opinan afirman categóricamente que el “destino eterno” de esta mujer es infierno y cosas por el estilo.  Y pregunto, ¿desde cuándo Dios les ha nombrado jueces del universo? ¿Desde cuándo Dios les autorizó a determinar qué tiene o no tiene perdón?

Recientemente asistí a una conferencia donde el ponente, en los primeros cinco minutos hizo una expresión que coloca a las iglesias que profesan cierta teología en ruta a “las pailas del infierno”.  No pude evitar sentirme aludido pues mis perspectivas teológicas difieren grandemente del ponente y se parecen mucho a lo que con tanta convicción el ponente estaba identificando como digno de condenación.

¡Cuán perturbadoras son las actitudes que profesan muchos/as que se identifican como cristianos/as! ¡Cuán diligentes son en emitir juicios condenatorios a diestra y siniestra! ¡Cuán convencidos/as están de saber con certeza el destino eterno de otras personas!  ¡Cuán lejos están de la forma de pensar y actuar de Jesús de Nazaret a quien llaman el Cristo!  ¡Qué mucho se parecen a aquellos grupos religiosos a los que Jesús dirigió las siguientes palabras: «los cobradores de impuestos y las rameras les llevan la delantera hacia el reino de Dios» (Mateo 21.31)!

Todo esto lleva a que la imagen pública de quienes profesan la religión (en particular la religión cristiana) esté por el suelo.  Estudios realizados revelan que aquí en los Estados Unidos el 87% de la gente considera los cristianos/as como sentenciosos (críticos, condenatorios, “judgmental”) y el 85% considera que la hipocresía es una característica de los cristianos/as.(1)

No se trata de que haya que vivir buscando acomodar opiniones para complacer al público en general, se trata de que la manera en que se expresan esas opiniones tienen el efecto de perder el derecho de ser escuchado. ¿Cómo se puede dialogar con gente que de manera contundente condenan a quien tenga posturas distintas? ¿Cómo se puede conversar con alguien que demoniza a toda persona que tenga una cosmovisión distinta a la suya? ¿Cómo entablar un intercambio de ideas con una persona arrogante que se siente dueña de la verdad absoluta y parte de la premisa que todas las demás están equivocadas?  Con actitudes como esas los cristianos/as terminan enlodando y pisoteando el nombre de Cristo, el nombre que tanto dicen “alabar”.

El mandato de Cristo de amar al prójimo no está condicionado a que el prójimo comparta las mismas ideas, características y condiciones.  Compasión condicionada, a fin de cuentas, no es compasión. ¿Qué tal si en lugar de distanciarnos de la persona distinta cultiváramos la empatía y la sensibilidad? ¿Qué tal si en lugar de pisotear a la persona que sufre aprendiéramos el valor de la solidaridad y el acompañamiento?

Soli Deo Gloria.

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Notas:
(1) Kinnaman, David, and Gabe Lyons. Unchristian: What a New Generation Really Thinks About Christianity... and Why It Matters. Grand Rapids, Michigan: Baker, 2007. Print.