martes, 21 de mayo de 2013

El Señor le dijo: «Hipócrita»

14 Pero el jefe de la sinagoga se enojó porque Jesús la había sanado en el día de reposo, así que le dijo a la gente: «Hay seis días en los que se puede trabajar. Para ser sanados, vengan en esos días; pero no en el día de reposo.» 15 Entonces el Señor le dijo: «Hipócrita, ¿acaso cualquiera de ustedes no desata su buey, o su asno, del pesebre y lo lleva a beber, aun cuando sea día de reposo?  (Evangelio Según Lucas 13.14-15)

Según el testimonio de los evangelios (los libros del Nuevo Testamento que dan testimonio de las acciones y enseñanzas de Jesucristo), la relación de Jesús con los sectores religiosos de su tiempo fue una llena de antagonismo. Difícilmente se le encontraría a Jesús y a los líderes religiosos compartiendo la misma tarima y enseñando las mismas cosas.  El pasaje que me motiva a reflexionar en esta ocasión (Lucas 13.10-17) es uno de muchos ejemplos donde se evidencia que la agenda de la religión “oficial” estaba en una dirección diametralmente opuesta a la agenda de Jesús: eso que él llamaba “reino de Dios” o “reino de los cielos”.

Cuenta la narración que Jesús se encontraba enseñando en una sinagoga, el lugar de encuentro de los religiosos para leer, estudiar y comentar las Escrituras Sagradas.  Allí observa a una persona que sufría una enfermedad, según indica el texto, «hacía ya dieciocho años» (v.11).  ¡Cuán grande y prolongado tormento el de aquella persona! En un contexto en el cual la expectativa de vida general no era muy grande, 18 años es una porción considerable: se podía decir que aquella persona había pasado quizás la mayor parte de su vida sufriendo y padeciendo.  Jesús entonces hace lo que solía hacer, su programa de trabajo: traer liberación y bienestar a la persona necesitada.

Dos detalles no deben escapar nuestra atención.  El primero es que la persona necesitada era una mujer, es decir, alguien a quien en aquel contexto se le consideraba como inferior al hombre. El segundo detalle es que la acción de Jesús ocurrió en el sabbat, el día que se consideraba sagrado en tal forma que no se podía realizar labor alguna.  Entonces la reacción de quien representaba la religiosidad institucional «el jefe de la sinagoga» (v.14), no se hizo esperar.  Se levantó en “defensa” del dogma, reaccionó para proteger aquello que formaba parte integral de los valores religiosos y sociales.  Para aquel líder religioso era más importante preservar la tradición que atender la integridad y el bienestar de otro ser humano, y con su actitud, ser cómplice de las ataduras de “Satanás” (v.16) que mantenían a la mujer encorvada. Jesús, por el contrario, pasó por alto las etiquetas y convenciones sociales y se atrevió poner sus manos (v.13) sobre la mujer para sanarle y devolverle el bienestar y la dignidad que le había sido robada, no solo por el padecimiento, sino por su propia religión, la cual solía considerar a la persona enferma como carente del favor y la bendición de Dios.  Así como Jesús no tuvo reparos en extender su compasión hacia aquella mujer atormentada, tampoco tuvo reparos en exponer públicamente la verdadera naturaleza del líder religioso, a quien categóricamente llamó «Hipócrita» (v.15).

En los tiempos y contextos que nos han tocado vivir, quienes pertenecemos a comunidades religiosas (iglesias) corremos el riesgo de actuar de la misma manera que el liderato de las comunidades religiosas (sinagogas) de los tiempos de Jesús. La proliferación de un fervor religioso que privilegia los dogmas y tradiciones por encima de la dignidad y el bienestar de todas las personas es algo que peligrosamente nos va alejando del sentir compasivo de Jesús y nos va alineando con el fanatismo que fue rechazado por Jesús.  Si consentimos la humillación, el trato desigual, los atropellos, los pre
juicios, el discrimen y las injusticias hacia otros seres humanos por las razones que sean, tendríamos que estar dispuestos a enfrentarnos al Señor, que con el mismo arrojo que lo hizo en el pasado, en el presente nos volvería a decir: «Hipócritas». Queda de uno(a) decidir bajo cuál paradigma va a leer, interpretar y aplicar las Sagradas Escrituras a la vida: según el paradigma de las tradiciones y los fundamentalismos religiosos que mantienen al ser humano encorvado, o según el paradigma del Señor Jesucristo.

lunes, 6 de mayo de 2013

El final de La Biblia


Aquellas personas que hayan estado siguiendo mis homilías y presentaciones durante la temporada de pascua de resurrección (ya sea en vivo en la Primera IglesiaPresbiteriana Hispana o a través de la internet), han sido expuestas sistemáticamente a reflexiones y pensamientos sobre el libro del Apocalipsis de Juan. El domingo pasado prediqué el último sermón de esta serie titulado «La ciudad de Dios».

El próximo domingo no predicaré sobre el Apocalipsis, sin embargo a manera de ejercicio de reflexión tomé un rato durante el día para leer el último capítulo del libro. Más allá de las descripciones utópicas de la nueva Jerusalén (por cierto, no se trata de lo que hoy conocemos como Jerusalén), y de las exhortaciones para prepararse para el regreso de Jesucristo, lo que cautivó mi atención fue el último verso de este capítulo: «Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. Amén.» (22.21). Durante semanas he estado compartiendo, enseñando y exponiendo que, mientras el cine, la literatura y muchos religiosos promueven entendimientos que fluctúan entre la fantasía y el miedo, el mensaje del Apocalipsis es un mensaje de esperanza. Por ello me ha conmovido tanto este verso final. Tanta gente a través de las edades se ha enfocado, por un lado, en especular sobre los significados del lenguaje simbólico del libro, y por el otro, en acentuar de manera literal los anuncios de calamidades y terrores, sin embargo, el último verso del Apocalipsis – y por ende, el final de La Biblia – es un pronunciamiento de bendición y no de juicio. Se trata de una palabra de bondad, una expresión compasiva, una afirmación restauradora, una declaración de amor: «Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. Amén.» La última palabra nos recuerda que por encima del juicio (o los juicios) está la compasión y por encima de la condenación, está el amor.

Nunca deja de perturbarme y entristecerme la rapidez con la que muchas personas identificadas con la fe cristiana están siempre dispuestas a juzgar a los demás y a etiquetarles como reos del infierno, atribuyéndose el lugar de juez del universo – un lugar que sólo le corresponde al Todopoderoso. Se ofuscan en catalogar los “pecados” de otros pasando por alto los propios. Se adjudican una vocación a la que Dios nunca les llamó, pues la vocación del cristiano(a) es proclamar el Evangelio, y «Evangelio» quiere decir «buena noticia». «Gracia» es lo que no merecemos, pero aún así Dios lo concede. «Gracia» es el favor inmerecido de Dios. «Gracia» es el amor de Dios que se derrama cual torrente de misericordia sobre nosotros(as) pecadores(as). Solo hay uno que se llama «Alfa y Omega», es decir, sólo hay uno con el poder de empezarlo todo y darlo todo por terminado. No caigamos en la arrogancia religiosa que pretende usurpar el poder del Eterno. Al contrario, que nuestras vidas sean sobrecogidas por un sentido de humildad y compasión. «Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. Amén».