lunes, 6 de mayo de 2013

El final de La Biblia


Aquellas personas que hayan estado siguiendo mis homilías y presentaciones durante la temporada de pascua de resurrección (ya sea en vivo en la Primera IglesiaPresbiteriana Hispana o a través de la internet), han sido expuestas sistemáticamente a reflexiones y pensamientos sobre el libro del Apocalipsis de Juan. El domingo pasado prediqué el último sermón de esta serie titulado «La ciudad de Dios».

El próximo domingo no predicaré sobre el Apocalipsis, sin embargo a manera de ejercicio de reflexión tomé un rato durante el día para leer el último capítulo del libro. Más allá de las descripciones utópicas de la nueva Jerusalén (por cierto, no se trata de lo que hoy conocemos como Jerusalén), y de las exhortaciones para prepararse para el regreso de Jesucristo, lo que cautivó mi atención fue el último verso de este capítulo: «Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. Amén.» (22.21). Durante semanas he estado compartiendo, enseñando y exponiendo que, mientras el cine, la literatura y muchos religiosos promueven entendimientos que fluctúan entre la fantasía y el miedo, el mensaje del Apocalipsis es un mensaje de esperanza. Por ello me ha conmovido tanto este verso final. Tanta gente a través de las edades se ha enfocado, por un lado, en especular sobre los significados del lenguaje simbólico del libro, y por el otro, en acentuar de manera literal los anuncios de calamidades y terrores, sin embargo, el último verso del Apocalipsis – y por ende, el final de La Biblia – es un pronunciamiento de bendición y no de juicio. Se trata de una palabra de bondad, una expresión compasiva, una afirmación restauradora, una declaración de amor: «Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. Amén.» La última palabra nos recuerda que por encima del juicio (o los juicios) está la compasión y por encima de la condenación, está el amor.

Nunca deja de perturbarme y entristecerme la rapidez con la que muchas personas identificadas con la fe cristiana están siempre dispuestas a juzgar a los demás y a etiquetarles como reos del infierno, atribuyéndose el lugar de juez del universo – un lugar que sólo le corresponde al Todopoderoso. Se ofuscan en catalogar los “pecados” de otros pasando por alto los propios. Se adjudican una vocación a la que Dios nunca les llamó, pues la vocación del cristiano(a) es proclamar el Evangelio, y «Evangelio» quiere decir «buena noticia». «Gracia» es lo que no merecemos, pero aún así Dios lo concede. «Gracia» es el favor inmerecido de Dios. «Gracia» es el amor de Dios que se derrama cual torrente de misericordia sobre nosotros(as) pecadores(as). Solo hay uno que se llama «Alfa y Omega», es decir, sólo hay uno con el poder de empezarlo todo y darlo todo por terminado. No caigamos en la arrogancia religiosa que pretende usurpar el poder del Eterno. Al contrario, que nuestras vidas sean sobrecogidas por un sentido de humildad y compasión. «Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. Amén».

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