jueves, 20 de septiembre de 2018

Ancianos, sacerdotes y escribas

¿Les ha pasado alguna vez que, releyendo algún pasaje bíblico que hayan leído muchísimas veces, de pronto encuentran allí algo que no habían visto antes? A mí me ocurrió recientemente.

Estaba leyendo en voz alta el pasaje de Marcos 8.27-38 para ofrecer luego una plática, cuando de pronto allí vi algo que no había observado previamente. Este es un pasaje que se lee al menos, una vez cada tres años, en aquellas iglesias que siguen el leccionario común (una serie de lecturas bíblicas en para cada semana en un ciclo trienial). Se trata de uno de los avisos de Jesús sobre el destino que le esperaba al final de su jornada ministerial. Es un pasaje que ha sido cantera para muchísimos sermones y estudios bíblicos. Es un pasaje que en mis años de labor pastoral he estudiado minuciosamente. Pero ayer, hubo un detalle que saltó de la página y cautivó mi atención. Jesús estaba hablando de su sufrimiento futuro: nada fuera de lo que por estudio, repetición, y tradición conocemos y que ocupa un lugar prominente en la fe cristiana. Jesús fue condenado, torturado, y asesinado en Jerusalén. Sabemos que su ejecución fue por medio de una crucifixión ---método que la antigua Roma utilizaba como escarmiento para suprimir cualquier tipo de rebelión contra su poderío invasor.  No obstante, lo que sacudió mi mente es los personajes que Jesús identificó como gestores de su sufrimiento y muerte:
«Jesús comenzó entonces a enseñarles que era necesario que el Hijo del Hombre sufriera mucho y fuera desechado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, y que tenía que morir y resucitar después de tres días. Esto se lo dijo con toda franqueza.» (8.31-32)
Si aún no se han percatado, quiero ayudarles a que también lo vean: «los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas». Aunque el poderío político y militar del imperio romano fue instrumental en su muerte (como se puede observar en los relatos de los cuatro evangelios), el anuncio de Jesús señala a los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, es decir, la gente que tenía la responsabilidad de guiar al pueblo judío en la práctica de la devoción a Dios y sus relaciones con el prójimo.

Si hacemos una lectura cuidadosa y concienzuda de los evangelios, encontraremos que quienes consistentemente se opusieron a la prédica y práctica de Jesús sobre el reino de Dios fueron aquellos que suponían conocer mejor los designios y la voluntad divina. No puedo evitar sentir dolor y vergüenza al observar que después de tantos siglos la gente religiosa sigue siendo la principal oposición al evangelio, la buena noticia del "reino de los cielos que se ha acercado". La idea de la gracia divina nos parece demasiado radical, nos sigue costando trabajo ver al Señor que se sienta a comer con quienes consideramos como gente indeseable. No puede ser que el Señor comparta la mesa con "publicanos y pecadores," esa gente que no cumple con los estándares y criterios que nuestras tradiciones religiosas dictaminan.

Me rompe el corazón pensar que si Jesús se presentase en medio nuestro, los religiosos seríamos nuevamente su mayor oposición. Múltiples estudios en décadas recientes hacen relucir que la percepción que se tiene de la cristiandad se caracteriza por la hipocresía, la santurronería y los juicios condenatorios (Nota 1). Hoy nos toca repensar nuestras actitudes y decidir si vamos a seguir el ejemplo de "los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas" o si nos vamos a insertar realmente en el camino de Jesús y su proclamación sobre el reino de Dios. Eso último requerirá que nos atrevamos a renunciar a los adornos y complicaciones de la cristiandad cultural y (re)aprender el mensaje sencillo que encontramos en el testimonio que los Evangelios nos ofrecen sobre las enseñanzas de Jesucristo.

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Nota 1:
Para leer algunos ejemplos en detalle véase «unChristian: What a New Generation Really Thinks about Christianity…and Why It Matters»«They Like Jesus but Not the Church: Insights from Emerging Generations» y «You Lost Me: Why Young Christians Are Leaving Church...and Rethinking Faith»

domingo, 9 de septiembre de 2018

Aprender, desaprender y reaprender

Una reflexión sobre Marcos 7.24-30 (DHH).

«Ella le respondió:
—Pero, Señor, hasta los perros comen debajo de la mesa las migajas que dejan caer los hijos.
Jesús le dijo:
—Por haber hablado así, vete tranquila. El demonio ya ha salido de tu hija.»

https://reverendally.org/2017/10/03/the-one-with-the-crumby-dog/

Este pasaje bíblico nos permite ver una fase de Jesucristo que solemos pasar por alto. En la fe cristiana, siguiendo el testimonio de las Escrituras y de la tradición apostólica, decimos que Jesucristo era completamente Dios y completamente humano. Eso es lo que se conoce como la doctrina de la encarnación. Desafortunadamente con frecuencia privilegiamos la divinidad de Jesucristo anulando prácticamente su humanidad. Pero la narración que hoy leemos nos permite observar que Jesucristo fue completamente humano y como humano, también fue enseñado y condicionado por los patrones, creencias, y costumbres de su época. Como cualquier otro niño hebreo de su tiempo, Jesús creció aprendiendo la idea de que su gente era superior a las demás naciones de la tierra. Aprendió los conceptos que sus padres tenían sobre las personas extranjeras. Aprendió también el vocabulario que los judíos utilizaban para referirse a las personas que no eran judías.

El reino de Dios que Jesucristo predicaba y practicaba rompía constantemente con los paradigmas e ideas de su religión y su cultura. No obstante, en el momento menos pensado, su programación--aquellas creencias con las cuales había sido socializado reaparecieron casi en forma automática y cuando una mujer extranjera se le acercó, Jesús se refirió a ella de la manera en que le habían enseñado: «no está bien quitarles el pan a los hijos y dárselo a los perros» (7.27).

A través de los siglos, pastores, biblistas y predicadores han hecho innumerables malabarismos para tratar de suavizar el hecho de que Jesús utilizó una expresión racial que manifestaba los prejuicios de su tiempo, aquellas ideas y conceptos con las cuales fue criado. Pero, lo cierto es que no hay necesidad alguna de ignorar la realidad de su expresión. Por el contrario al estudiar este episodio veo más que nunca que Jesús sigue siendo «el camino, la verdad y la vida», Jesús sigue siendo el ejemplo por excelencia de lo que es andar en el camino del reino de Dios.

En su intercambio de palabras con Jesús, aquella mujer extranjera le recordó que la gracia y la misericordia divina no son excluyentes, que aún aquellos seres humanos considerados despectivamente como “perros” pueden recibir de la abundancia de la mesa del poder y el amor de Dios. A través de una mujer extranjera, Jesús recibió un recordatorio de su vocación, del alcance de su misión.

A través de mis años en el ministerio pastoral me he encontrado mucha gente que justifica su menosprecio hacia otras personas diciendo “así fue que me enseñaron y bajo ninguna circunstancia voy a cambiar”. Cuando les escucho hablar de esa manera lo que siento en mi interior es lástima, porque se hacen llamar “discípulos(as)” de Jesucristo pero con su actitud niegan la esencia del discipulado. El discipulado es un camino de cambio y aprendizaje constante, buscando siempre seguir los pasos y el ejemplo de Jesús. Por definición, un discípulo(a) es alguien que aprende continuamente, no alguien que se fociliza en sus preconcepciones. Uno debe estar abierto a aprender cada día, hasta el día de la muerte, porque ese día uno aprende a morirse.

Al observar de cerca la actitud y el obrar de Jesús en esta narración, y su interacción con la mujer extranjera encuentro valiosísimas lecciones para la maduración en la fe y en el camino del reino de Dios:

PRIMERA LECCIÓN. Hasta la persona más noble es capaz de hacer o decir algo inapropiado o desenfocado.

SEGUNDA LECCIÓN. La madurez no consiste en no cometer errores. La madurez consiste en rectificar y corregir el error.

TERCERA LECCIÓN. En la vida es indispensable reconocer y recordar que la compasión y la caridad van por encima de las normas y preceptos socioculturales y aún los religiosos.  Lejos de insistir en el concepto errado, lejos de aferrarse a la visión que se le inculcó en su proceso de socialización, Jesús se abrió a considerar otras perspectivas que fueran cónsonas a la visión del reino de Dios --aquel que ni siquiera pone el día sagrado por encima del bienestar del ser humano vulnerable y lastimado. Y si el maestro estuvo dispuesto a hacerlo, ¡cuánto más quienes nos identificamos como sus discípulos(as)!

Soli Deo Gloria.

Una oración de intercesión

Amado Dios
tu compasión no tiene límites,
sin embargo nuestras vidas son limitadas y frágiles.

Por ello elevamos plegarias a ti
cuando las fuerzas se acaban y las esperanzas se debilitan.

Rogamos, Señor, no solo por nosotros
sino por el prójimo desvalido, enfermo, lastimado, y herido por los crueles golpes de la vida.

Rogamos por quienes lloran y no ven llegar el alivio a su sufrimiento.

Rogamos por quienes se enfrentan día tras día a paredes de menosprecio, injusticia y desamor.

Rogamos por el abrazo de tu Espíritu Consolador, que nos impulsa y nos llama igualmente a ser agentes de consolación.

Oramos En Nombre de Cristo, Aquel que conoce de primera mano la profundidad del dolor humano. Amén.