viernes, 23 de diciembre de 2016

El Señor salió al encuentro de Moisés y quiso matarlo

Éxodo 4:24-26 (DHH)
24 Durante el camino, en el lugar donde Moisés y su familia iban a pasar la noche, el Señor salió al encuentro de Moisés y quiso matarlo. 25 Entonces Séfora tomó un cuchillo de piedra y le cortó el prepucio a su hijo; luego, tocando con el prepucio del niño los pies de Moisés, le dijo: «En verdad, tú eres para mí un esposo de sangre.»
26 Entonces el Señor dejó ir a Moisés. Y Séfora dijo que Moisés era un esposo de sangre debido a la circuncisión.
Este es sin duda un texto horrorizante.  No hay manera de alegorizar el contenido. Dice lo que dice.  De forma cruda y sin explicación alguna, esta porción de la narrativa del Éxodo presenta al Señor que de manera bárbara e irracional determina hacer morir a Moisés. Así porque sí, sin elaborar razones ni mediar argumentación alguna.  Reta por completo toda lógica: ¿por qué querer matar a Moisés, a quien acaba de encomendar la liberación de los hebreos?  No hay respuesta, simplemente se narra el hecho.

No nos podemos acercar a este perturbador pasaje sin tomar en consideración cuál es nuestro entendimiento de Las Escrituras Sagradas.  Si creemos que la Biblia es un solo libro, que la inspiración divina implica que Dios dictó todo el texto, y que se puede aplicar indiscriminadamente en cualquier época y a cualquier situación, entonces tenemos un serio problema con este pasaje (Ex 4.24-26) y con otros que también resultan ser perturbadores...

Ahora bien, nosotros no entendemos que la Biblia es un solo libro (la palabra “biblia”, viene de “libros”, “biblioteca”), ni tampoco entendemos que inspiración divina signifique que Dios dictó el contenido en todos sus detalles.  La Biblia es una colección de documentos de diversos géneros (cartas, poemas, narraciones, colecciones legales, etc.), producidos por diversos autores, en diversas comunidades, en variados contextos, en un periodo de tiempo que tomó siglos completarse.  Algunos de estos documentos son producto de autores individuales (como las cartas de Pablo) y otros de estos documentos son producto de de tradiciones/narraciones que fueron transmitidas oralmente y luego fueron escritas, colectadas y redactadas en líneas narrativas relativamente coherentes.  Un ejemplo de ello son los libros del Pentateuco, que usualmente es atribuido a un solo autor (Moisés), pero que las investigaciones de los últimos dos siglos han demostrado ser el trabajo de varios autores/colectores/redactores en extensos periodos de formación. Por tal razón, para dar un ejemplo, en el libro del Génesis no tenemos uno sino dos relatos de la creación, los cuales difieren en contenido (Génesis 1.1 al 2-4a; y Génesis 2.4b-25) y estilo.

Todo lo que se escribe va a reflejar el contexto, educación, lenguaje, cultura y muchos otros factores propios de quien o quienes escriben.  Las Escrituras Sagradas no son la excepción.  De esta manera los textos van a reflejar ideas y creencias propias de los autores particulares. Por ejemplo, los antiguos no sabían que la tierra es un planeta esférico, parte de un grupo de planetas que giran alrededor de una estrella formando eso que conocemos como el sistema solar.  Pensaban que la tierra era plana, cubierta por una bóveda sobre la cual había agua. También pensaban que la tierra estaba montada sobre columnas y que a su vez, debajo de la tierra también había agua.  Esa idea se manifiesta en la narración de Génesis 7 sobre el diluvio. En la descripción se indica que el agua cayó del cielo y subió de la tierra inundandolo todo.

El texto específico de Éxodo 4.24-26 demuestra una idea de Dios que difiere mucho de la idea que tenemos ahora sobre Dios - particularmente desde las enseñanzas de Jesucristo para acá.  Esos versos probablemente vienen de alguna tradición oral muy antigua para explicar los orígenes del ritual hebreo de la circuncisión. La narración proviene de un tiempo en que Dios era considerado con características muy humanas - como la violencia, los caprichos y los cambios de opinión. Así, para su tiempo y contexto, era considerado como aceptable o normal que Dios así porque así quisiese amenazar de muerte a quien un tiempo antes había encomendado una labor tan importante como la de ir a Egipto a liberar al pueblo hebreo que allí se encontraba esclavizado.  Personalmente no creo ni acepto la idea de un Dios que cambie de parecer que desista de una decisión porque alguien le corte el prepucio a un niño y con él toque a otra persona (Ex 4.24-26).  Pero así lo veía y entendía el autor y la comunidad que originó dicha narración.

¿Significa todo eso que Las Sagradas Escrituras no son inspiradas?  Inspiradas sí, “dictadas” no.  En Las Sagradas Escrituras encontramos “la Palabra de Dios contenida en palabras/lenguaje humano”.  El lenguaje humano está sujeto a las limitaciones propias de las épocas y las culturas.  La labor de la interpretación bíblica es como cuando uno se come un caramelo: primero hay que quitarle la envoltura.  En este caso, “el dulce” es el hecho de que Dios actuó para liberar al pueblo de la esclavitud; la “envoltura” son episodios como el de Éxodo 4.24-26.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Entren con acción de gracias


Salmo 100 (RVC)
1 ¡Canten alegres al Señor,
habitantes de toda la tierra!
2 ¡Sirvan al Señor con alegría!
¡Vengan a su presencia con regocijo!
3 Reconozcan que el Señor es Dios;
él nos hizo, y de él somos.[a]
Somos su pueblo. ¡Somos las ovejas de su prado!
4 Entremos por sus puertas y por sus atrios
con alabanzas y con acción de gracias;
¡Alabémosle, bendigamos su nombre!
5 ¡El Señor es bueno!
¡Su misericordia es eterna!
¡Su verdad permanece para siempre!
¿Por qué dar gracias a Dios? Año tras año escucho personas dar gracias por diversas razones... Muchas se concentran casi siempre en razones de carácter material... Otras personas –-y esto se ve mucho en los mensajes [emails] que se envían en cadena, o lo que postean en las redes sociales--- hacen una lista de razones que se enfoca en las limitaciones físicas que no tienen... “Porque puedo ver mientras hay tantos que no; porque puedo caminar mientras hay tantos que no tienen piernas; porque puedo oír mientras hay tantos sordos; porque tengo salud mientras hay tantos enfermos...” y así por el estilo. No digo que no se agradezca a Dios por ese tipo de bienes. Sin embargo cuando escucho o leo cosas semejantes no puedo evitar preguntarme: ¿los no-videntes no pueden agradecer a Dios? ¿quienes no pueden caminar? ¿y las personas con enfermedad crónica o terminal? Me parece algo simplista condicionar nuestras acciones de gracias a las cosas que tenemos o las ventajas que disfrutamos en comparación con quienes no las tienen, aquellos que con eufemismo llamamos “menos privilegiados”. A veces, sin tener plena conciencia de ello, nuestras acciones de gracias no son otra cosa que una manifestación del egocentrismo que tanto afecta a la humanidad desde que el mundo es mundo.

La Escritura para hoy nos lanza un reto. Por medio de las palabras del Salmo 100 la Escritura nos llama a desenfocar la mirada de nosotros mismos y enfocarla en Dios. Allí observamos varias expresiones de carácter imperativo: canten, sirvan, vengan, reconozcan, entremos, alabemos(le), bendigamos(le). Todas esas expresiones de una u otra manera implican acciones dirigidas hacia Dios.

¿QUIÉNES son llamados a agradecer? Habitantes de toda la tierra. No solo quienes tienen dinero y posesiones. No solo quienes gozan de buena salud. No solo quienes pueden caminar... ¡Habitantes de TODA la tierra! Todas las personas somas llamadas a expresar la acción de gracias indistintamente de lo que tengamos o dejemos de tener. Por mucho que nos pueda sacudir la idea, lo cierto es que la gratitud a Dios no está sujeta a condición o circunstancia alguna. Aún en enfermedad, escasez, dolor y limitaciones, si usted y yo somos habitantes de toda la tierra, entonces somos llamados a la acción de gracias. En el relato bíblico de Job, se dice que la primera reacción de Job ante sus calamidades fue postrarse en tierra y adorar a Dios diciendo: «desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré al sepulcro. El Señor me dio, y el Señor me quitó; ¡Bendito sea el nombre del Señor!» (1.20-21).

¿CÓMO agradecer? Con alegría; con regocijo.

→ “Pero este año muchas cosas me han salido mal...” La Escritura responde: Canten alegres a Dios.

→ “Pero la inflación aumenta mientras los ingresos disminuyen...” La Escritura responde: Sirvan al Señor con alegría.

→ “Pero es que estoy tan solo(a) y triste, hasta mis seres queridos se olvidan de mí”. La Escritura responde: Vengan a su presencia con regocijo.

→ “Este salmo me está pidiendo algo que no puedo hacer, yo no tengo tanta fe”. La Escritura cuenta que en una ocasión los discípulos dijeron a Jesús «Auméntanos la fe» y él les contestó: «Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, podrían decirle a este [árbol] ‘Desarráigate y plántate en el mar’ y el [árbol] los obedecería» (Lucas 17.5-6). No es necesario tener una “gran” fe: la que tenemos, si está puesta en el Señor, puede hacernos —como dice el viejo himno— “en el dolor cantar”.

¿POR QUÉ agradecer? Por que Él es DIOS (o sea, porque sí). Porque Él nos hizo. Porque nos ha hecho sus «ovejas», porque nos ha hecho pueblo suyo. Gracias a Dios porque no nos pertenecemos a nosotros mismos; porque nuestra vida no está en nuestras manos sino en las suyas. Gracias porque el Señor es bueno. Gracias porque para siempre es su misericordia; porque nos perdona lo que nadie más nos perdonaría. Gracias porque su verdad es por todas las generaciones; porque en un mundo tan lleno de falsedad, engaño y apariencias, Dios es fiel y verdadero.

Un último detalle: el título del Salmo, que en la mayoría de nuestras biblias se traduce como “salmo de alabanza”, contiene una palabra hebrea que generalmente se traduce como “acción de gracias”. Pero esa misma palabra también puede traducirse como “sacrificio”, haciendo referencia a los sacrificios que los antiguos ofrendaban a Dios en el santuario. Tomando en consideración ese dato, podemos percatarnos de que la acción de gracias a Dios implica mucho más que palabras, implica entrega, devoción, ofrecer a Dios lo que a Dios le pertenece. La parte central del Salmo nos llama a reconocer que el Señor es Dios... en eso consiste la verdadera vida, con eso comienza la acción de gracias que no depende de las circunstancias “favorables”. La fe que “canta alegre aún en el dolor” es posible cuando reconocemos a Dios como soberano y nos ofrecemos a Él como “sacrificio en su altar”, es decir, por completo, a la disposición de su Reino de paz, justicia y amor. Reciba pues, el Señor, lo mejor de nuestra gratitud: la entrega alegre de todo nuestro ser.

Soli Deo Gloria. 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Día de todos los santos

«Por lo tanto, también nosotros, que tenemos tan grande nube de testigos a nuestro alrededor, liberémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante. Fijemos la mirada en Jesús, el autor y consumador de la fe...» ---Hebreos 12.1-2 RVC

En tradiciones cristianas tempranas los días de los santos comenzaron como una manera de marcar el aniversario de la muerte de algún mártir.  Los mártires fueron devotos, hombres y mujeres, que murieron por causa de su testimonio de Cristo (la palabra "mártir" tiene su origen en el término griego que significa "testigo").  Se trata de personas que fueron cruelmente asesinadas como consecuencia de su fe en el Señor Jesucristo.  A mediados del primer milenio de la iglesia cristiana, ya eran demasiados los mártires (especialmente durante la gran persecución de Diocleciano), por lo que eventualmente se estableció el “día de todos los santos” como una oportunidad para honrar a todos los mártires conocidos y desconocidos.  Desde el año 835, la festividad se celebra el 1ro de noviembre.

En la tradición reformada celebramos también el día de todos los santos, enfocado principalmente en agradecer a Dios por el testimonio de quienes nos precedieron, haciendo énfasis en la santificación de todo el pueblo de Dios.  Observamos que los autores de las cartas en el Nuevo Testamento se referían al pueblo creyente como "santos", por ejemplo: «Yo, Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo, a los santos y fieles hermanos en Cristo que están en Colosas: Que la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo sean con ustedes» (Colosenses 1.1-2).

También observamos que se reconoce las vidas de aquellas personas que cumplieron fielmente "la carrera de la fe", haciendo camino y dando ejemplo para quienes seguimos sus pasos.  El autor de la Carta a los Hebreos les llama la «grande nube de testigos» (Heb 1.1).

Con motivo de esta festividad, entonces, te invito a tomar un tiempo y recordar con gratitud aquellas personas amadas que hicieron camino, abrieron puertas, fueron de inspiración o simplemente te echaron una mano para que seas quien eres y llegues a donde estás.  Gente que se nos adelantó en la jornada y hoy se encuentra disfrutando de la presencia divina en la eternidad.  Ellas y ellos cumplieron su propósito y hoy descansan en los brazos del Señor. A nosotros aún nos resta un tramo de la carrera: seamos también inspiración para quienes vienen atrás.

Soli Deo Gloria.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

La vasija se echó a perder

Domingo, 4 de Septiembre de 2016

Al momento de escribir estos pensamientos me encuentro en un avión, en alguna parte del trayecto entre San Juan, Puerto Rico y Fort Lauderdale, Florida. Esto de andar por los aires tiene un no sé qué que suele motivarme a escribir. Así que, aquí estoy, otra vez, orando, pensando y escribiendo.

Durante mis años universitarios (hace más de dos décadas), un querido amigo y pastor, que fue mi mentor espiritual me advertía que los pastores suelen sufrir lo que él denominó el “síndrome del acomodador de cine”. El se refería a las personas que laboran en las salas de cine, ayudando a los visitantes a encontrar un asiento apropiado donde ubicarse y disfrutar de la película del momento. Cuando la sala se encuentra a oscuras, iluminan el camino con una linterna para ayudar a quien ha llegado cuando las luces principales ya han sido apagadas. Siempre pendientes a ayudar a la audiencia, a pesar de estar en el cine estos asistentes no tienen la oportunidad de sentarse a disfrutar el evento cinematográfico. Con esta metáfora, mi amigo describía la labor del líder pastoral, continuamente buscando ayudar a los demás, a veces en medio de la oscuridad, a que puedan encontrar el camino para el disfrute de la mejor “película”: la historia de la gracia divina testificada por las Escrituras Sagradas y proclamada en la predicación. Y tenía razón, ¡cuántas veces yo quisiera poder detenerme, aunque sea por un momento, y disfrutar la película también, la que mi feligresía recibe cada semana! Confieso que, en ocasiones siento envidia de mi audiencia, quisiera “ver” el sermón desde su punto de vista, desde su lugar privilegiado, desde los asientos al frente del púlpito… pero mi lugar cotidiano es detrás del púlpito…

Hoy viví una de esas rarísimas ocasiones en las que, la misericordia divina complace mi anhelo, y me permite, “colarme”, como un chiquillo travieso, asomarme por la puerta y contemplar, escapar de mi labor de acomodar a la audiencia y sentarme a disfrutar también… Por nada del mundo iba a perderme la oportunidad de gozar el largometraje celestial. Y qué gran bendición, poder hacerlo en la comunidad que pastorea mi hermano del alma, a quien conozco desde nuestra niñez, el Rev. Richard Rojas Banuchi.

La lectura bíblica de la ocasión provenía del libro que lleva el nombre del profeta Jeremías, capítulo 18. Allí se reseña un discurso en el cual Jeremías utilizó la metáfora de un alfarero para referirse al obrar de Dios para con su pueblo y para con las naciones. Considero que este es uno de los pasajes más bellos de las Escrituras Sagradas. He escuchado sermones, he tomado clases, he presenciado conferencias sobre este pasaje… muchas más veces de las que puedo contar. Lo he leído en múltiples ocasiones a través de mi vida, y también he predicado muchísimo sobre él. Mi hermano Richard, como siempre, estaba compartiendo un sermón inspirado e inspirador, con su corazón abierto derramando palabra divina desde el púlpito. Yo no podía contener mi emoción: me encontraba sentado en el lugar de privilegio, junto al pueblo hambriento de la palabra de Dios.

Como a mediados de la exposición del mensaje, Richard releyó el siguiente verso del pasaje biblico: «la vasija de barro que él hacía se echó a perder en sus manos» (v. 4). Escuchar la frase «se echó a perder en sus manos» fue para mí como un golpe de agua, como cuando un río se sale de su cauce y arrastra todo lo que encuentra a su paso. Claro está, esto no era cualquier río, era, como dijera el Señor Jesús en una ocasión, un “río de agua viva”. Lo sentí como un sublime golpe de revelación divina… Quiero acentuar nuevamente, ¿cuántas veces he leído o escuchado ese texto bíblico? Cientos de veces, pero no fue hasta hoy que particularmente esa frase “me arrastró” en un “Aha moment” espiritual. En ocasiones he sentido que mi propia vida se ha “echado a perder”: se ha desecho ante los golpes del camino... ante las frustraciones... ante las experiencias de duelo... ante la imposibilidad de “rescatar” a todas las personas que quisiera “rescatar”... ante mi sentimiento de impotencia al ver un ser amado sufrir de formas indescriptibles y yo sin poder aliviarle o, mejor aún, eliminar la causa de su sufrimiento... ante la cruda realidad de que no tengo “todas las respuestas” – ese momento en que simplemente no sé qué hacer o qué decir… Son esos los tiempos en que me siento en pedazos, desecho, atrapado entre la depresión y la ansiedad, como la vasija rota incapaz de retener el preciado líquido.

«La vasija de barro que él hacía se echó a perder en sus manos ». Dos aspectos particulares de la frase cautivaron mi atención. Primero, “echarse a perder”, deshacerse o quebrantarse es parte natural de la experiencia de la vida. No es algo vergonzoso. No es algo por lo cual atormentarse con remordimientos, culpas, ni reproches – indistintamente de la causa. Son cosas que pasan. Richard decía algo así como que “tuve que aprender que yo soy el barro, no el alfarero”. ¡Qué fácil es olvidar esa gran verdad! Somos el barro. Es más, haz un alto ahora mismo y repite “Yo soy el barro, no el alfarero”. Dilo varias veces hasta que se te grabe en la conciencia. Segundo, si el barro se ha desecho, se ha “echado a perder” en manos del alfarero, aún hay esperanza porque más que el final-final, es el comienzo de algo nuevo… y probablemente mejor. Ser barro en manos del Gran Alfarero del Universo es ser una obra maestra en constante proceso de ser moldeado. “Echarme a perder” en manos del que sabe, en última instancia no es perder, sino ganar, porque no es destrucción, sino transformación.

Las lágrimas escaparon de mis ojos. No por tristeza, sino por un profundo sentido de gratitud. Estaba presenciando de la “película” que semana tras semana ayudo a otras personas a disfrutar: la gracia divina que nos tiene en sus manos y, aunque en momentos nos sintamos deshacer, con profunda destreza y dedicación nos rehacerá y reformará hasta que seamos “vasijas de bendición”. Gracias, Richard, amado hermano del alma, por encender la linterna y ayudarme a encontrar el lugar que el dueño del cine me tenía reservado en la mañana de hoy. Desde el cielo (literalmente, porque todavía no hemos aterrizado al terminar de escribir esto) te envío un abrazo, con un profundo sentido de gratitud.

Y ustedes, mis queridos lectores y lectoras, no olviden que no hay mejores manos que las manos divinas.

Soli Deo Gloria.


martes, 23 de agosto de 2016

Y Jesús lloró

Tener que luchar con la depresión y ansiedad no es un chiste. Ese el tipo de "enfermedad que no se ve". Esa que cuando dices "hoy me siento mal", alguien te mira y te contesta "pero si tú te ves de lo más bien". Entonces tratan de hacerte algún chiste "para que te alegres", como si eso fuese algo liviano y pasajero. Recuerdo que en la iglesia de mi niñez con frecuencia se cantaba una melodía que dice "No puede estar triste un corazón que tiene a Cristo, no puede estar triste un corazón que tiene a Dios". Esta era una melodía pegajosa con tempo movido. Me parece que quien la compuso lo hizo con la mejor de las intenciones. Pero lamentablemente el mensaje de dicha canción está equivocado. Una depresión no es algo que se esfuma cantando "coritos alegres". No se debe tomar a la ligera ni mucho menos aplicarle la errada idea de que es el resultado de una "falta de fe". Se trata de una condición que, en algunos casos, llega por temporadas y luego se vá como llegó. En otros casos tiene un carácter más longevo. Pero de todas maneras, hay que aprender a vivir con ella. Requiere medicamentos cuando tiene sus raíces en la bioquímica del cuerpo. También las terapias con un(a) profesional de la salud mental son necesarias y beneficiosas para la persona que se enfrenta a esta condición. Creo firmemente que recursos como estos (medicamentos y terapias) son una bendición de la providencia divina. Por eso reitero mi más profundo respeto, admiración y sentido de gratitud a las personas que dedican su vida a ayudar a otros en el campo del cuidado de la salud emocional.

Ahora bien, hay quienes confunden la depresión con tristeza. Hay quienes dicen "estoy deprimido" cuando lo que en verdad les ocurre es que están tristes. La tristeza es un sentimiento, una reacción anímica natural ante una circunstancia dolorosa e inesperada. Cuando perdemos un ser querido nos entristecemos. Cuando algo que anhelábamos no ocurrió, o quizás ocurrió de manera distinta, nos entristecemos. Cuando recibimos una mala noticia, nos entristecemos. Cuando vemos sufrir a alguien que amamos, nos entristecemos. Cuando quisiéramos hacer algo más por otra persona y nos vemos limitados, nos entristecemos. La tristeza, aunque no sea una condición clínica que requiera tratamiento a largo plazo, también necesita ser atendida y canalizada. Ignorar u ocultar la tristeza sólo sirve para que nos azote con más fuerza más adelante. ¿Qué hacer, entonces, cuando llega la tristeza (que, por cierto, suele venir sin invitación)?

Como ministro y pastor de una Iglesia, con frecuencia digo a mi feligresía que, para el cristiano(a), el modelo de vida por excelencia es Jesucristo. No el “Cristo” de la “Super fe” o del “evangelio de la prosperidad” que se predica en muchas partes, desconectado de la realidad de la vida cotidiana. Sino Jesús, el Cristo, el que es testificado en las páginas de los Evangelios de las Escrituras Sagradas. Uno de los testimonios más hermosos sobre ese Jesús lo encontramos en el Evangelio Según Juan, específicamente en la narración sobre la muerte y resurrección de Lázaro (Capítulo 11). Son innumerables los sermones y reflexiones sobre este pasaje bíblico. De allí vienen las sublimes palabras del Señor diciendo «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá» (11.25). Allí también encontraremos las poderosas palabras «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?» (11.40). Estas son palabras que calan en lo profundo del ser, afirmando un mensaje de esperanza que trasciende tiempo y espacio. Sin embargo, la expresión que más me impacta cada vez que leo o repaso el texto bíblico es lo que se informa en la narración luego de Jesús ver la sepultura de su amigo: «Y Jesús lloró» (11.35).

El llanto es un mecanismo natural con el cual hemos sido divinamente dotados para canalizar las poderosas emociones de tristeza que no podemos expresar con palabras. “Y Jesús lloró" nos recuerda que ante el duro golpe de la tristeza nosotros(as) también podemos llorar. El llanto es lenguaje del alma. El llanto es comunicación. El llanto ayuda a liberar una fuerza que no debemos pretender encerrar. ¿Cuántas veces has pedido perdón cuando al no poder controlar las lágrimas frente a otras personas? Lo cierto es que no hay nada que perdonar. Al contrario, lo saludable es desechar la programación social que nos enseña que “la gente fuerte no llora, eso es cosa de débiles”. Jesús lloró... y lo hizo en público, así como también lloró en privado en otros momentos. La represión del llanto no nos ayuda, al contrario, se convierte en una toxina que poco a poco va envenenando nuestro ser. Jesús lloró... y su llanto se une al tuyo y al mío, como bálsamo solidario y consolador.

Soli Deo Gloria.

sábado, 9 de julio de 2016

The Samaritan

Tomorrow (July 10, 2016), many of my clergy friends and colleagues' sermons will seek to approach recent events pastorally.  The deaths of Alton Sterling and Philando Castille, as well as the deaths of five Dallas Police officers, are bleeding wounds in our national history.  Prejudice, racism, justice, and white privilege will be certain themes addressed from the pulpits.

If you're preaching from the Revised Common Lectionary, I have a word of advice on the Gospel reading.  Be careful on how you call the parable contained in Luke 10:25-37.  Traditionally the parable is called "The Good Samaritan."  The language we use tends to frame our collective thoughts, attitudes, and actions.  If we refer to the man that helps the wounded as "the good Samaritan", instead as "a Samaritan" (v. 33), we are reinforcing a prejudice that appears to be embedded in Jesus' audience: Samaritans are bad or evil people.

Try this exercise.  Imagine someone tells you the story of "the good American" (or Cuban, or whichever your nationality may be). How does it sound to you? How would you feel?  I know how would I react if I hear the phrase "the good Puerto Rican".

During this terrible week, I've read many comments and opinions in social media. Among the unfortunate expressions I've seen are the following: "Not all police officers are killers"; "Not all black people are thugs"; "Not all Muslims are terrorists."  I find the underlying ideas in these phrases very, very disturbing.

We should be aware of our prejudices and preconceptions in our attempt to share a healing word to a disturbed world.  And "the parable of the  good  Samaritan" is a unique opportunity to model the value of all human life beyond our prejudices and labels. May we be a witness of love for all God's children.

Soli Deo Gloria.

viernes, 8 de julio de 2016

Las vidas negras importan

La verdad es que no sé por dónde empezar.  A la hora de escribir esto, estoy tan lleno de ira, indignación, frustración, tristeza, y otras emociones que no puedo describir adecuadamente, que francamente me dificulta organizar mis pensamientos de manera coherente.  No obstante, intentaré expresar algunas ideas y pensamientos que me han estado martillando el cerebro durante todo el día.

Hace apenas unos días celebrábamos aquí (en Estados Unidos) el día de la independencia, con fuegos artificiales y los consabidos discursos de libertad y justicia para todos.  En la misma semana, volvemos a enfrentarnos a la cruda realidad de que nuestra sociedad está muy lejos de llevar a la práctica cotidiana los ideales patrios que tanto se profesan. En nuestro suelo, siguen perdiéndose vidas –específicamente de personas negras– a  manos de oficiales de “la ley y el orden”.  No es la primera vez que ocurre, ya son tantas las veces que en ocasiones pudiese ser percibido como parte de “las cosas como son”.  No obstante, en los casos más recientes, hay evidencia grabada en vídeo que muestra de manera aterradora la forma cobarde y desalmada en que los oficiales se convierten en jueces y verdugos.  Las vidas de Alton Sterling en Louisiana, y Philando Castile en Minnesota fueron cegadas a manos de aquellos que tenían el deber de de brindarles protección.
[Actualización del 19 de septiembre de 2016: Se pierde otra vida más, Terence Crutcher, en Tulsa, Oklahoma, baleado sin poseer armas ni representar amenaza alguna.]
Todo esto no es más que una manifestación contundente de racismo, un mal que por siglos ha estado minando nuestras comunidades, un mal que en pleno Siglo 21 sabotea nuestro caminar hacia una sociedad justa y equitativa, un mal que parece estar tejido en la más profunda de nuestro ADN individual y colectivo.

Una simple búsqueda en la internet y las redes sociales le dará acceso a multitud de documentación, reacciones y análisis sobre el tema del racismo sistémico aquí en los Estados Unidos. Hay también excelentes recursos que pueden ayudar a quienes quieran profundizar en el tema de manera cuidadosa (al final encontrarán algunas recomendaciones).

El tema del racismo está indudablemente vinculado al tema del privilegio blanco (“white privilege”), al acceso a los recursos y al poder del hombre-blanco-anglo-protestante.  Ahora bien, me perturba grandemente cuando veo rasgos de esos males en la población hispana, particularmente en miembros de nuestras comunidades de fe.

Cuando trato el tema entre gente de mi audiencia (tanto en la iglesia como en los medios de comunicación cibernética), nunca falta quien haga –al menos– uno de los siguientes señalamientos:

(1) “Eso es cosa del pasado. Ya no es tan malo como en los años ‘60.” ¿En serio? Dígale eso a las familias de los cientos de víctimas en los años recientes, incluyendo los más de 100 casos ocurridos en este año 2016.

(2) “El racismo es problema de los americanos. Por lo menos los hispanos no linchan a los negros como lo hacen los gringos”.  ¿En verdad? ¿Ya olvidamos a George Zimmerman, quien asesinó a Trayvon Martin aquí mismo, en la Florida?  No podemos hacernos de la vista larga ante la realidad de que el germen, la semilla que alimenta la violencia racial está muy presente en las microagresiones: cuando dices “un mulatico”, en lugar de decir “un señor” o ”un hombre”... cada vez que te tocas la mano o el brazo para acentuar que la persona de quien hablas no es blanca... cada vez que haces un chiste que devalúa la dignidad de una persona negra... cuando dices que "este es un barrio bueno porque aquí no se ve ni un negro"... cada vez repites el cuento de que "ya no hay tanto racismo como antes"... cuando te refieres al pelo rizo como “pelo malo”... cuando dices “es negrito pero bueno” o “ese negro tiene el alma blanca”...  estás participando de la cultura que sigue linchando vidas creadas a imagen de Dios, eres racista y eres parte del problema. En nuestra hispanidad también existe el “privilegio blanco”.  Y no falta entre nosotros quienes respondan al clamor de “Black lives matter” diciendo “All lives matter”, como una manera de minimizar el problema. Esos chistes, comentarios y actitudes que algunos consideran “inofensivos” están presentes en las balas asesinas.

Desafortunadamente la violencia genera violencia.  Y como resultado de la frustración a causa de tanta injusticia y tantos casos donde los verdugos no son encausados, veremos actos de violencia colectiva y más gente inocente (de cualquier raza) será afectada por agresiones letales.  No caigamos en la trampa de culpar a la comunidad negra, no seamos cómplices de la demonización de los afrodescendientes.

Arrepintámonos de nuestra participación activa en la cultura racista o de nuestra indiferencia ante el dolor ajeno.  Busquemos información y documentación sobre el tema. Reconozcamos nuestra complicidad en el sistema y no tengamos temor de llamar la atención cuando alguien nos hace un chiste o comentario racista. Creemos conciencia sobre las microagresiones.  Seamos solidarios con quienes llevan cientos de años siendo menospreciados por el color de la piel.

Falta mucho por hacer, pero un paso en la dirección correcta, es mejor que seguir participando de la negación.  Que Dios nos ayude en la construcción de un mundo distinto, como el que Jesucristo enseñó y practicó.

Soli Deo Gloria.

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Comunicado del Rev. Dr. J. Herbert Nelson, Secretario Permanente de la Iglesia Presbiteriana (EUA)

Lecturas para estudiar a fondo el tema:

America’s Original Sin, por Jim Wallis
Dear White Christians, por Jennifer Harvey
Dear White People: We Need To Stop This Insanity, por Kerry Connelly
Race in a Post-Obama America: The Church Responds, por David Maxwell y Otis Moss III
The Cross and the Lynching Tree, por James H. Cone
Trouble I’ve Seen: Changing the Way Church Views Racism, por Drew G. I. Hart

Otros escritos relacionados sobre el tema en Presbyonline:

El ciclo del menosprecio
El racismo nuestro de cada día
Why The Belhar Confession is Needed Here and Now
Libertad y justicia para todos

viernes, 17 de junio de 2016

Con amor...

Por Rev. Manuel D. Silva Esterrich***


¿Cómo podemos responder a los hechos terribles en Orlando, donde un pistolero entra a un club nocturno dirigido a la comunidad LBGTT y termina opacando 49 vidas, hiriendo a más de 50 e impidiendo a cientos de familias volver a ver a sus seres queridos, mientras miles se sienten inseguros, decenas de miles lloramos y sentimos cambios en nuestra vida, y millones expelen su opinión sobre las víctimas y su estilo de vida, sobre el pistolero y su religión, sobre las armas y las leyes, sobre la tolerancia y el pecado, etc, etc, etc? ¿Cómo? ¡Cómo!

Con amor…
Como Jesús respondió…
Cuando amó a Lázaro…
Cuando el centurión romano amaba a su siervo…
Cuando el padre le trajo al hijo poseído…
Cuando los amigos bajaron al paralítico…
Cuando se tropezó con una samaritana en un pozo…
Cuando vio a Zaqueo en un árbol arrimado…
Cuando vio el proceso fúnebre del hijo de la mujer de Naín…
Cuando la mujer vertió el frasco de perfume en sus pies…
Cuando la mujer lavó sus pies con lágrimas y los secó con su pelo…
Cuando echó sus discípulos a un lado para que los niños vinieran…
Cuando sanó al ciego, al leproso, al paralítico, a la encorvada, a la hemorrágica, a la endemoniada, al hambriento, al ladrón, al hipócrita, al que seguía a Juan, a la niña que dormía…

Cuando perdonó a Pedro…
Cuando perdonó a Judas…
Cuando perdonó a quienes le crucificaron…

Cuando murió…por ti, por mí, por todo aquél y aquella que en Él crea, cualquiera que fuere su pecado o condición…
con amor.

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El Rev. Silva Esterrich es Pastor de la Iglesia Presbiteriana "Antonio Badillo"
en Aguadilla, Puerto Rico

jueves, 9 de junio de 2016

Ella sí, tú no

44 Luego se volvió hacia la mujer y le dijo a Simón: —¿Ves a esta mujer? Cuando entré en tu casa, no me diste agua para los pies, pero ella me ha bañado los pies en lágrimas y me los ha secado con sus cabellos. 45 Tú no me besaste, pero ella, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. 46 Tú no me ungiste la cabeza con aceite, pero ella me ungió los pies con perfume. (Lucas 7.44-46 RVC)

Estos versos son parte de una narración más extensa.  Jesús se encuentra comiendo en la casa de un fariseo llamado Simón, por invitación suya.  Mientras disfruta de la comida una mujer del pueblo que tenía fama de “pecadora” irrumpe en el salón y acercándose a Jesús, llora sobre sus pies y los seca con su propio cabello, besa efusivamente sus pies y los perfuma.

La narración contiene muchos detalles de los cuáles obtener profundas enseñanzas.  Pero en este espacio voy a enfocar nuestra atención en un solo asunto. Simón era el anfitrión, Jesús era el invitado.  Simón no hizo lo que como anfitrión le correspondía hacer, pero cuando la mujer –menospreciada por su sociedad– lo hizo, entonces Simón no pierde tiempo en emitir un juicio.  Aunque el texto indica que la crítica de Simón fue “para sí”, su actitud fue lo suficientemente evidente como para que Jesús respondiera la crítica y lo confrontara con su falta de hospitalidad.

De seguro nos hemos encontrado con personas así en más de una ocasión.  Son esas personas que no hacen lo que le corresponde, pero cuando otra persona entra en acción, siempre tienen una opinión al respecto.  “No lo hizo como debía.” “Pudo haberlo hecho mejor.” “Debió haber actuado de tal manera.” “Le faltó tal o cual cosa.” “¿Y quién se cree que es? ¡Eso no le toca!” “¿Por qué no deja a ‘los que saben hacerlo’?”

Esos personajes los encontramos en la familia, en la iglesia, en el trabajo, en la escuela, en el partido, en el club, en el comité, en la comunidad, y donde quiera que haya grupos de gente.  Son los que no cooperan, pero siempre están vigilantes para encontrar “fallas” en quienes sí lo hacen.  Gente así no construye, al contrario, entorpece la labor de los demás.  Personas así no ayudan, sino que desalientan a quienes están haciendo algo con amor y dedicación dentro de sus posibilidades y limitaciones.

Alguien dijo con gran sabiduría: “Si no vas a limpiar, por lo menos no ensucies; si no vas a recoger, por lo menos no riegues”.

Aquel hombre muy religioso y de gran estatus social quedó evidenciado en su hipocresía por una mujer, que no gozaba de prestigio, pero que demostró tener un corazón capaz de amar y actuar en favor de otra persona.  Debemos preguntarnos, entonces: ¿A quién nos queremos parecer?

miércoles, 18 de mayo de 2016

Soltar los amarres

"Let it go" es una frase anglosajona frecuentemente utilizada para referirse a aquellos elementos que se convierten en lastre en nuestras vidas.  Son circunstancias de diversa naturaleza.  Quizás se trata de una idea, una meta o un proyecto para el cual en verdad no contamos con los recursos e insistimos irracionalmente en su viabilidad.  Lo ideal sería reconocer nuestra vulnerabilidad y fijar objetivos realistas, pero la programación cultural que idolatra los "vencedores" nos hace creer que si desistimos de la idea somos "perdedores".  Quizás se trata de el recuerdo de una relación que no pudo ser.  Y aunque no haya posibilidad de que la relación se restablezca, el inconsciente nos lleva a un torbellino de escenarios imaginarios: "¿Y si hubiera dicho esto?", "¿Y si hubiera hecho lo otro?", "Quizás debí haber..."  Los constantes pensamientos de "tal vez" y "debí" se convierten en un festival interminable de complejos de culpa que consumen la energía y la creatividad.  Quizás se trata de la frustración de las cosas que no son como queremos: un accidente, una enfermedad terminal, una limitación física.  Resistirnos aceptar dichas realidades se convierte en un ejercicio fútil que nos impide dar pasos, aunque sea pequeños, hacia el futuro.  Quizás se trata del resentimiento por una traición.  Aferrarnos al rencor y la amargura se convierte en una fuente inagotable de toxinas que envenenan el alma.

Pudiésemos continuar elaborando descripciones de diversas situaciones que nos afectan, pero todas tienen un mismo efecto: detener nuestro avance en la vida.  "Let it go", déjalo ir.  Suéltalo. Renuncia al deseo de venganza. Perdona. Establece metas realistas. Reconoce tus límites. Esfuérzate en alcanzar y celebrar los "pequeños" avances y logros. Recuerda que el amor divino es incondicional, no depende de tus acciones ni tus triunfos.

Alguien, con gran sabiduría, dijo que no se puede conducir un automóvil hacia el frente mirando siempre por el retrovisor.  Imagina tu vida como un barco velero: es indispensable levantar el ancla, soltar los amarres y abrir las velas para que el viento lo impulse hacia su nuevo destino.

La "Plegaria de la serenidad", adjudicada el teólogo Reinhold Niebuhr, ha sido de gran inspiración a muchas personas que, como nosotros, se han enfrentado y se enfrentan a tiempos de dificultad.  Al ser tan reconocida, quizás la descartamos por considerarla un cliché, sin embargo te invito a meditar y considerar cuidadosamente sus palabras. Soltar los amarres nunca es fácil.  Es un proceso que se tiene que vivir cada día ---un día a la vez.  No obstante, desde la fe afirmamos que no estamos solos en la jornada.  Tenemos a quien acudir, orando así:

"Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar,
fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar
y sabiduría para entender la diferencia."

sábado, 16 de abril de 2016

Disturbing Psalms

"The Scream of Nature", Edvard Munch, 1893
I have a confession to make. Maybe it’s not the type of admission you would expect from an ordained minister. Nevertheless, as I grow old, more unconstrained I feel to express my thoughts and feelings outside the usual expectations for a "man of God."  We (clergy in particular, and religious people in general) have complicated so much the Christian faith, even though Jesus Christ used to simplify religion.  But that is not my confession.  My confession is that I have had a love-hate relationship with the book of Psalms through the years.

When I was a kid at church I was taught that Psalms was a book written by King David: that shepherd turned hero that eventually became king of Israel.  As a child, I was fascinated by the usual “superheroes” like Superman, Spiderman, and Batman.  But I also was fascinated by a hero that wasn’t part of the Marvel/DC universe: King David. So to know that my hero King David also wrote a complete book of poems and songs was awesome!

Fast forward academic theological education, and many years of studying Scriptures as a personal spiritual discipline and pastoral vocation my comprehension of the book of Psalms changed.  I learned that Psalms is not the product of one person (David), but the creation of whole communities.  Psalms is a collection of poems and songs from different authors (possibly including David) in different times and contexts.  In my childhood, I was usually familiarized with beautiful psalms of praise and cheerful worship. I also was inspired by Psalm 23 with its images of sheep and green pastures, and Psalm 1 with its description of the destiny of righteous people.  But as I grew up I became more aware of psalms that weren't cheerful or inspiring.  Those psalms are the ones that never get used as "Call to Worship" in our Sunday Service liturgies.  Many of those psalms, which scholars call "psalms of lament," are pretty somber in their content. Some of those include even horrible and dehumanizing expressions (for example, Psalm 137.9: “Happy shall they be who take your little ones and dash them against the rock!"). Some Psalms show a strange confluence of despair and hope, but others are entirely expressions of unhopeful despair.

Recently I read a Psalm that felt disturbing. Psalm 88 is considered as "a cry for help."  I read it several times looking for that part when the psalmist change the tone of the song turning the lament into praise and celebration but couldn’t find it. Here’s how this Psalm ends:
13 But I, O Lord, cry out to you; in the morning my prayer comes before you. 14 O Lord, why do you cast me off? Why do you hide your face from me? 15 Wretched and close to death from my youth up, I suffer your terrors; I am desperate. 16 Your wrath has swept over me;  your dread assaults destroy me. 17 They surround me like a flood all day long;  from all sides they close in on me. 18 You have caused friend and neighbor to shun me; my companions are in darkness.
The more I read these lines, the more disturbed I felt. Why would a psalm like this one become part of the Bible? Why should something like this one be considered "holy scripture"? Then it hit me: Psalms like these give voice to feelings of sadness and anger so deep that can’t be easily expressed.  Psalms like these remind us that there are moments in life when hopes are weak and frustrations are strong.  Psalms like these become an invitation to keep addressing God no matter how you feel, even if your prayer is to express disappointment, fear, or irritation.  Psalms like these constitute a call to keep praying even during your worst times for the basis of prayer is the conviction that "someone up there" is hearing: “But I, O Lord, cry out to you” (88.13).

As my understanding of these things grows, my love-hate relationship with the book of Psalms becomes stronger on the side of love.  Those ugly and somber psalms are part of who I am. Those disturbing words are like a mirror that helps me to accept that it's ok to be fragile, fearful, and weak (in other words, "human") as I cross over difficult times. Even then, I'll not be alone: there's someone to whom "cry out".

Soli Deo Gloria.

martes, 15 de marzo de 2016

¿Hasta cuándo?

Comienza el Salmo 13 de la siguiente manera:

«¿Hasta cuándo, Señor?
¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro?
¿Te olvidarás de mí para siempre?
¿Hasta cuándo debo estar angustiado,
y andar triste todo el día?» (vv.1-2)

Recientemente leía un artículo que tocaba el tema de los ataques de ansiedad (para leerlo pulse aquí).  El mismo buscaba quitar un poco de la demonización y manto lúgubre que tradicionalmente se echa sobre las personas que enfrentan alguna condición emocional.  Muchas son las personas que enfrentan ansiedades, tristezas profundas y ataques de pánico, y no buscan ayuda profesional por los estigmas con que la sociedad mira estas condiciones.  “Los  psicólogos, psiquiatras y consejeros son para los locos” --- me han dicho algunas personas.

La sombra que rodea las angustias emocionales se hace más grande cuando se mira desde las perspectivas de ciertas teologías cristianas en décadas recientes.  He perdido la cuenta de las veces que en mi juventud escuché predicadores/as y evangelistas diciendo que el creyente tiene que vivir “en victoria” todo el tiempo, y si no está “victorioso” es por falta de fe.  Recuerdo una vieja canción que decía que “no puede estar triste un corazón que tiene a Cristo”. ¿En verdad? Desde la perspectiva de la canción, entonces, si estás triste es porque tu corazón no tiene a Cristo. ¡Cuánto daño hacen esas teologías haciéndole creer a las personas que algo malo deben tener si no se sienten alegres y “victoriosas”!

Expresiones como las del Salmo 13 existen para recordarnos que la tristeza y la angustia forman parte de la experiencia humana.  En lugar de estigmatizar a quien se siente de esa manera, o descartar su sentir como algo pasajero y superficial, lo que debemos es mostrar empatía, comprensión y solidaridad.  Nadie está exento de enfrentar tiempos en que tengamos que decir, como el salmista, «¿Hasta cuándo debo estar angustiado y andar triste todo el día?»  La angustia del autor bíblico en ese momento es tan profunda que se siente olvidado por Dios.

Palabras como las de este poema bíblico sirven como recordatorio de la importancia de poder desahogarnos y expresar los sentimientos.  Almacenar tristezas y esconder angustias sin darles una salida apropiada se va convirtiendo en una acumulación de presión interna que tarde o temprano nos hará más daño.  En el diseño divino hay lugar hasta para pelear y reclamar frustraciones ante Dios.  Eso es lo que el salmista hace en su canción...

“¿Hasta cuándo?”, pregunta el salmo.  “¿Hasta cuándo?”, también preguntamos.  Quizás no haya una respuesta inmediata.  Pero no perdamos la esperanza, los tiempos de angustia también tendrán su final.  El mismo salmista angustiado encuentra momentos mejores y concluye diciendo (vv.5-6):

«Yo confío en tu misericordia;
mi corazón se alegra en tu salvación.
Te cantaré salmos, Señor,
porque tú siempre buscas mi bien.»

martes, 23 de febrero de 2016

Servicio, paz, humildad


"La verdadera grandeza no está en ser servido, sino en servir.  La verdadera importancia se encuentra en cultivar la paz, no en las imposiciones de poderío.  Lo que es realmente digno de admiración es la humildad, no la soberbia y la ambición."

(Extracto de mi sermón titulado «Dime cómo andas», inspirado en Marcos 9.30-37. Lo puedes escuchar en este enlace.)