domingo, 28 de octubre de 2018

Breves apuntes sobre la Reforma Protestante

Durante esta semana se cumplen 501 años del episodio que históricamente ha sido identificado como catalítico de la Reforma Protestante. El 31 de octubre de 1517 el Monje Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la Catedral de Wittemberg, protestando doctrinas y distorsiones de la cristiandad medieval.  Y quiero acentuar por qué utilizo el término “cristiandad medieval”. 

Desde que tengo memoria he participado en celebraciones de la Reforma Protestante a nivel congregacional y a nivel presbiterial. Usualmente quienes predican sermones sobre la Reforma Protestante toman el púlpito para arremeter contra la Iglesia Católica Romana.  Esta práctica me parece injusta, pues toda institución humana evoluciona con el tiempo. No considero apropiado adjudicar a la Iglesia Católica Romana del presente los males y equivocaciones institucionales de los tiempos medievales, de la misma manera que no considero apropiado adjudicar a la cristiandad del presente los errores y horrores de la cristiandad en otros tiempos, como lo son el apoyo que se dio a la esclavitud en Europa y las Américas, la bendición que se le dio al fascismo en la Alemania Nazi, o la justificación teológica que se le dio a la segregación en nuestra tierra en el Siglo pasado. En el tiempo presente, aunque nuestra tradición teológica tenga grandes diferencias con las doctrinas del catolicismo, la Iglesia Presbiteriana (EUA) mantiene buenas relaciones con la Iglesia Romana. Así que, cuando me refiero al catolicismo del Siglo 16 y Siglos previos, prefiero usar los término “cristiandad medieval”, “catolicismo medieval”, o “iglesia medieval”.

Recientemente historiadores están hablando de “reformas” (plural), en lugar de “reforma” (singular), en reconocimiento a la diversidad y proliferación de un movimiento que estaba ocurriendo casi simultáneamente en diversos lugares de la Europa del Siglo 16: la corriente Luterana (Alemania), la corriente Reformada (Suiza), las corrientes Anabaptistas, y la corriente Anglicana. De modo que, aunque sigamos utilizando el término “reforma”, recordemos que se trata de “reformas”.

No nos es posible tratar de condensar el alcance e influencia que este movimiento tuvo (y sigue teniendo) en las distintas esferas de la vida humana: lo social, político, económico, y, claro está, lo religioso. Ahora bien, hay dos aspectos que hoy quisiera acentuar.  Me refiero a dos frases que en cierta forma nos ayudan a entender parte del corazón de la tradición reforma. Una de las frases en latín es “Sola Scriptura, Sola Fide, Sola Gratia, Solus Christus, Soli Deo Gloria.” Es decir,

  • solo la Escritura es nuestra máxima autoridad en materia de fe y práctica;
  • solo por fe reconocemos y abrazamos el don de la salvación, el cual nos es dado solo por gracia;
  • solo Cristo es nuestro señor, salvador y rey;
  • y solo a Dios reconocemos y damos la gloria.

La otra frase distintiva de la tradición protestante es “ecclesia reformata, semper reformanda secundum verbum dei”. Es decir, la iglesia reformada debe siempre seguir reformándose, según la palabra de Dios. Reforma es, entonces, una vuelta a la fidelidad al estudio responsable y serio de las Escrituras Sagradas, para aprender y poner en práctica la Palabra de Dios contenida en ellas, de cara a los retos y oportunidades del contexto presente.

Aunque la fecha del 31 de octubre de 1517 es celebrada como el inicio de La Reforma y la figura de Martín Lutero es identificada muchas veces como el corazón del movimiento, nuestra conmemoración se quedaría corta si no tomamos en consideración otras importantes figuras. Los seguidores de Lutero llegaron a ser conocidos como “luteranos”.  Otros reformadores en principio estuvieron de acuerdo con las críticas que hizo Lutero a la Iglesia Romana de su tiempo, pero también comenzaron a tener algunas diferencias con él sobre asuntos de interpretación bíblica. Líderes como Ulrico Zuinglio, Heinrich Bullinger y Juan Calvino fueron puntales de dicho movimiento que llegó a conocerse como “tradición reformada”.

Donald McKim indica que “el término ‘Reformada’ surgió por un comentario de la reina Isabel I de Inglaterra, que dijo que los seguidores de Zwinglio y Calvino eran más ‘reformados’ que los luteranos, pues querían una reforma más exhaustiva de las prácticas de adoración basadas en su entendimiento de la Biblia.” (1)

McKim también indica que teología reformada se refiere a las creencias que enseñaron estos primeros reformadores, así como la tradición de sus seguidores luego de sus muertes, y que continúa hasta el día presente.  A la tradición reformada a veces también se le llama “teología presbiteriana”, ya que es la tradición que generalmente siguen las iglesias cuya forma de gobierno y organización gira alrededor de presbíteros o ancianos (docentes y gobernantes).

De La Reforma Protestante y la Tradición Reformada, nuestra Iglesia (IPEUA) recibe y hereda varios énfasis que vale la pena recordar:

  • el redescubrimiento de la gracia de Dios en Jesucristo, según es revelada en las Escrituras;
  • la afirmación de la majestad, santidad, y providencia de Dios quien, en Cristo y por el poder del Espíritu, crea, sostiene, gobierna y redime al mundo en la libertad de la justicia y el amor soberanos;
  • La elección del pueblo de Dios para servir, así como para salvación;
  • La vida en pacto marcada por una preocupación disciplinada por el orden en la iglesia según la palabra de Dios;
  • Una fiel mayordomía que rechaza la ostentación y busca el uso apropiado de los dones de la creación de Dios; y
  • El reconocimiento de la tendencia humana hacia la idolatría y la tiranía, lo cual llama al pueblo de Dios a trabajar por la transformación de la sociedad, mediante la búsqueda de la justicia y viviendo en obediencia a la Palabra de Dios. (2)

A manera de recapitulación - La Reforma no es algo que comenzó hace 5 siglos y terminó. La Reforma no es una pieza de literatura histórica para ser confinada a la biblioteca de un museo. La Reforma tiene que continuar el camino de transformación constante, en el tiempo presente y el futuro.  Soli Deo Gloria.

Referencias:
(1) Donald McKim, Preguntas Presbiterianas, Respuestas Presbiterianas (Louisville: WJK, 2018) Loc 282
(2) Iglesia Presbiteriana (EUA), El Libro de Orden, F-2.04 y F-2.05

sábado, 27 de octubre de 2018

Semillas de odio

La guagua de Cesar Sayoc.
Hace tiempo me he estado divorciando de la necesidad (natural o aprendida) de mantener "las apariencias". No me interesa ajustarme a moldes y expectativas por temor al "qué dirán".  Una cosa es la prudencia y otra cosa es vivir con hipocresía. Lo segundo es más fácil, especialmente en círculos religiosos. Lo primero es más difícil pues requiere madurez e integridad.

Con esto en mente comienzo estos breves pensamientos confesando que en tiempos pasados he hecho comentarios y chistes misóginos, xenofóbicos, racistas, islamófobos, antisemitas y homofóbicos. No voy a dar ejemplos aquí, pero aunque estos términos suenen técnicos o de vocabulario elevado, lo cierto es que son parte del pan de cada día en nuestra sociedad. ¿Quién no ha hecho o escuchado un cuento que comience con algo así "un puertorriqueño, un cubano y un dominicano estaban..."? Dependiendo del origen e intereses de quien cuenta el chiste, será el resultado humillante para quien es de distinta nacionalidad, raza, género, orientación sexual o religión. En esos contextos somos criados. En esos contextos ocurre nuestra socialización. Es la nefasta costumbre de sentirse bien a costas de menospreciar al otro (que usualmente se encuentra en alguna condición de desventaja frente a la "mayoría" normativa).

En otras ocasiones he perdido perdón públicamente por haber sido partícipe de esa costumbre. Pero no está demás decirlo otra vez. Ser varón, heterosexual, de tez clara, de religión cristiana, y de "buena presencia", casi de forma automática me sitúa en una posición de privilegio en comparación con las personas que son sometidas a burlas y humillaciones abiertas o solapadas. Ruego perdón a quienes sabiéndolo o sin saberlo fueron objeto de mi "bullying".  Es algo que lamento profundamente.

Hace años me encuentro en un proceso de re-aprendizaje y reorientación de mis visiones y percepciones de mundo. Acentúo que esto es un proceso (no se logra de la noche a la mañana) y que requiere intención (no ocurre de forma automática ni por arte de magia).  Es ahí donde re-descubrir al Jesús de los evangelios (que muchas veces es distinto al Jesús de la cristiandad) ha sido fuente inagotable de inspiración. Ese es el Jesús que reconoce la dignidad de cada ser humano. Ese es el Jesús que trata al prójimo con empatía y misericordia. Ese es el Jesús que levanta a los vulnerables y no consiente que los demás les pisoteen. Ese es el Jesús que se enfrenta a la hipocresía de los religiosos obsesionados con sus moralismos, sus dogmas y sus apariencias de piedad.

¿Por qué traigo todo esto ante nuestra consideración? Porque quiero crear consciencia en ustedes que me leen o me escuchan. Estamos viviendo un ambiente social-político-económico-religioso donde la hostilidad y la violencia verbal y física se han convertido en norma. Son tantas las ocurrencias de este fenómeno que nos vamos insensibilizando, nos vamos acostumbrando. "Otra masacre más".  "Otro tiroteo más". "Otra mujer maltratada". "Otro líder insultando a sus detractores". "Otra mentira xenofóbica en las redes sociales". Sucede con tanta frecuencia que se convierte en parte de la vida cotidiana.

Ayer se arrestó a un individuo que envió artefactos explosivos por correo a líderes y personalidades de un partido político distinto al suyo. Esta mañana ocurrió una masacre en una sinagoga motivada por un profundo sentimiento de antisemitismo. Hace algunos días un hombre blanco asesinó a dos personas negras en un supermercado, luego de haber intentado fallidamente atacar una iglesia afroamericana y se reporta al asesino diciendo que "blancos no matan a blancos". La retórica y discursos de odio ya son parte del "mainstream", es decir circulan abiertamente en los principales medios de comunicación, provenientes muchas veces de instituciones que debieran proveer ejemplo de cordura y civismo para la población. Basca con leer muchos de los "tweets" presidenciales y escuchar un rato lo que se proclama desde los micrófonos de sus "rallies" (concentraciones de campaña). Como sociedad estamos enredándonos en un remolino de hostilidades donde los extremos son normalizados y aceptados como algo común.

A estas alturas quizás pensemos que nosotros seríamos incapaces de "linchar" a una persona negra, o golpear a una persona homosexual, o entrar a una iglesia, mezquita o sinagoga y abrir fuego contra los feligreses con un arma automática. De seguro no lo haríamos. De eso no hay duda. El problema consiste en que quienes sí lo hacen no comenzaron actuando de formas extremadamente violentas, porque el árbol del odio, robusto e imponente, comienza con una pequeña semilla. A eso es que le llamo las semillas de odio. El individuo que le pega a su esposa, alguna vez de pequeño escuchó que "cuando un nene le halan el pelo a una nena es porque le gusta".  Quien ataca a una pareja gay que se encuentra por la calle, alguna vez hizo chistes sobre "las mariposas".  Quien agrede a judíos o musulmanes, alguna vez compró el discurso de que "los judíos mataron a Cristo" o "los musulmanes quieren asesinar a los cristianos".  No se empieza con balas y puños, se comienza con un chistecito, un comentario, una mirada... "cositas inocentes que supuestamente no hacen daño a nadie".

Amigas y amigos, no es tarde para rectificar. Aún no hemos sido consumidos del todo en el torbellino de la hostilidad. Rompamos el ciclo de la violencia. Cortemos el combustible que alimenta todo tipo de odio y desprecio. Cambiemos la dirección. No demos lugar a chistes o conversaciones que desvaloran al otro ser humano. No avalemos la costumbre de andar poniendo apodos denigrantes. Reconozcamos y respetemos la diversidad humana. Celebremos la imagen de Dios en cada persona. Busquemos atemperar nuestra forma de pensar, hablar y actuar a la luz del reino de Dios, mostrado en el carácter de Jesucristo.

"Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios." (Mateo 5:9 NVI)

viernes, 12 de octubre de 2018

Suicidio: Algunas consideraciones pastorales

El tema del suicidio es uno sumamente complejo por la multiplicidad y diversidad de emociones que quedan en los seres queridos de quien se suicida.

El tema se torna aún más complejo cuando entran consideraciones teológicas y de fe.  La creencia generalizada en la cristiandad (independientemente la denominación o iglesia) es que la persona que se quita la vida sufrirá el castigo eterno, irá al infierno, etc.  Yo suelo ser cauteloso con este tipo de creencias por varias razones.

En primer lugar, indistintamente de lo que muchos digan, La Escrituras Sagradas nada dicen sobre el tema del suicidio. Los casos de suicidio que se registran en las narraciones bíblicas son informados simplemente sin emitir juicio valorativo al respecto. Cualquier juicio es mera inferencia o especulación del lector. 

En segundo lugar, solo a Dios le corresponde el papel de juzgar, condenar y/o salvar.

En tercer lugar, tomando en consideración mi conocimiento de las ciencias de la conducta humana, he llegado a entender que la persona que se quita la vida, lo hace bajo la influencia de un estado de salud mental/emocional quebrantada (breve o prolongado). Es decir, una persona en su sano juicio difícilmente atentaría contra su vida, pues el ser humano tiene en sí mismo un instinto de supervivencia, lo que quiere decir es que la tendencia humana es a buscar sobrevivir, no a buscar morir. Una persona que se suicida, sin razón aparente, por lo general se encontraba en un gran estado de perturbación, desesperación y angustia, aunque nadie más lo sospechara.  Es ahí donde me parece pertinente la pregunta: ¿Condenaría un Dios misericordioso a una persona que ha tomado una desafortunada decisión fuera de (aunque sea solo por un momento) de sus capacidades mentales? ¿No fue el mismo Jesús quien oró diciendo "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen"?  Las Sagradas Escrituras hacen énfasis en la gracia y la misericordia de Dios.  Ante una circunstancia tan complicada como la muerte de una persona por causa del suicidio, yo prefiero, en lugar de emitir juicios u opiniones condenatorias, confiar en que el amor y la gracia del Señor es más poderoso que cualquier concepto o idea que nosotros podamos tener.

Claro está, lo más importante para la familia en duelo es que puedan procesar su tristeza de manera apropiada. Es prudente incluso buscar grupos de apoyo con otras personas que han perdido familiares por el suicidio. También es prudente buscar ayuda profesional (consejeros, psicólogos), además de la ayuda espiritual de la comunidad de fe.

El mejor apoyo que podemos brindar a personas que hayan enfrentado la pérdida de un familiar a causa del suicidio, es acompañarles en su dolor, que se puedan desahogar, orar con y por ellos, y, si son creyentes, afirmar la gracia y el perdón del Señor. “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:38-39).

IMPORTANTE: Si usted, o alguna persoona cercana tiene o ha sentido inclinaciones a quitarse la vida o se encuentra en gran estado de angustia, procure ayuda inmediatamente de algún proveedor de salud.  Puede también contactar a Lifeline pulsando este enlace. o llamando al 1-888-628-9454

jueves, 20 de septiembre de 2018

Ancianos, sacerdotes y escribas

¿Les ha pasado alguna vez que, releyendo algún pasaje bíblico que hayan leído muchísimas veces, de pronto encuentran allí algo que no habían visto antes? A mí me ocurrió recientemente.

Estaba leyendo en voz alta el pasaje de Marcos 8.27-38 para ofrecer luego una plática, cuando de pronto allí vi algo que no había observado previamente. Este es un pasaje que se lee al menos, una vez cada tres años, en aquellas iglesias que siguen el leccionario común (una serie de lecturas bíblicas en para cada semana en un ciclo trienial). Se trata de uno de los avisos de Jesús sobre el destino que le esperaba al final de su jornada ministerial. Es un pasaje que ha sido cantera para muchísimos sermones y estudios bíblicos. Es un pasaje que en mis años de labor pastoral he estudiado minuciosamente. Pero ayer, hubo un detalle que saltó de la página y cautivó mi atención. Jesús estaba hablando de su sufrimiento futuro: nada fuera de lo que por estudio, repetición, y tradición conocemos y que ocupa un lugar prominente en la fe cristiana. Jesús fue condenado, torturado, y asesinado en Jerusalén. Sabemos que su ejecución fue por medio de una crucifixión ---método que la antigua Roma utilizaba como escarmiento para suprimir cualquier tipo de rebelión contra su poderío invasor.  No obstante, lo que sacudió mi mente es los personajes que Jesús identificó como gestores de su sufrimiento y muerte:
«Jesús comenzó entonces a enseñarles que era necesario que el Hijo del Hombre sufriera mucho y fuera desechado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, y que tenía que morir y resucitar después de tres días. Esto se lo dijo con toda franqueza.» (8.31-32)
Si aún no se han percatado, quiero ayudarles a que también lo vean: «los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas». Aunque el poderío político y militar del imperio romano fue instrumental en su muerte (como se puede observar en los relatos de los cuatro evangelios), el anuncio de Jesús señala a los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, es decir, la gente que tenía la responsabilidad de guiar al pueblo judío en la práctica de la devoción a Dios y sus relaciones con el prójimo.

Si hacemos una lectura cuidadosa y concienzuda de los evangelios, encontraremos que quienes consistentemente se opusieron a la prédica y práctica de Jesús sobre el reino de Dios fueron aquellos que suponían conocer mejor los designios y la voluntad divina. No puedo evitar sentir dolor y vergüenza al observar que después de tantos siglos la gente religiosa sigue siendo la principal oposición al evangelio, la buena noticia del "reino de los cielos que se ha acercado". La idea de la gracia divina nos parece demasiado radical, nos sigue costando trabajo ver al Señor que se sienta a comer con quienes consideramos como gente indeseable. No puede ser que el Señor comparta la mesa con "publicanos y pecadores," esa gente que no cumple con los estándares y criterios que nuestras tradiciones religiosas dictaminan.

Me rompe el corazón pensar que si Jesús se presentase en medio nuestro, los religiosos seríamos nuevamente su mayor oposición. Múltiples estudios en décadas recientes hacen relucir que la percepción que se tiene de la cristiandad se caracteriza por la hipocresía, la santurronería y los juicios condenatorios (Nota 1). Hoy nos toca repensar nuestras actitudes y decidir si vamos a seguir el ejemplo de "los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas" o si nos vamos a insertar realmente en el camino de Jesús y su proclamación sobre el reino de Dios. Eso último requerirá que nos atrevamos a renunciar a los adornos y complicaciones de la cristiandad cultural y (re)aprender el mensaje sencillo que encontramos en el testimonio que los Evangelios nos ofrecen sobre las enseñanzas de Jesucristo.

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Nota 1:
Para leer algunos ejemplos en detalle véase «unChristian: What a New Generation Really Thinks about Christianity…and Why It Matters»«They Like Jesus but Not the Church: Insights from Emerging Generations» y «You Lost Me: Why Young Christians Are Leaving Church...and Rethinking Faith»

domingo, 9 de septiembre de 2018

Aprender, desaprender y reaprender

Una reflexión sobre Marcos 7.24-30 (DHH).

«Ella le respondió:
—Pero, Señor, hasta los perros comen debajo de la mesa las migajas que dejan caer los hijos.
Jesús le dijo:
—Por haber hablado así, vete tranquila. El demonio ya ha salido de tu hija.»

https://reverendally.org/2017/10/03/the-one-with-the-crumby-dog/

Este pasaje bíblico nos permite ver una fase de Jesucristo que solemos pasar por alto. En la fe cristiana, siguiendo el testimonio de las Escrituras y de la tradición apostólica, decimos que Jesucristo era completamente Dios y completamente humano. Eso es lo que se conoce como la doctrina de la encarnación. Desafortunadamente con frecuencia privilegiamos la divinidad de Jesucristo anulando prácticamente su humanidad. Pero la narración que hoy leemos nos permite observar que Jesucristo fue completamente humano y como humano, también fue enseñado y condicionado por los patrones, creencias, y costumbres de su época. Como cualquier otro niño hebreo de su tiempo, Jesús creció aprendiendo la idea de que su gente era superior a las demás naciones de la tierra. Aprendió los conceptos que sus padres tenían sobre las personas extranjeras. Aprendió también el vocabulario que los judíos utilizaban para referirse a las personas que no eran judías.

El reino de Dios que Jesucristo predicaba y practicaba rompía constantemente con los paradigmas e ideas de su religión y su cultura. No obstante, en el momento menos pensado, su programación--aquellas creencias con las cuales había sido socializado reaparecieron casi en forma automática y cuando una mujer extranjera se le acercó, Jesús se refirió a ella de la manera en que le habían enseñado: «no está bien quitarles el pan a los hijos y dárselo a los perros» (7.27).

A través de los siglos, pastores, biblistas y predicadores han hecho innumerables malabarismos para tratar de suavizar el hecho de que Jesús utilizó una expresión racial que manifestaba los prejuicios de su tiempo, aquellas ideas y conceptos con las cuales fue criado. Pero, lo cierto es que no hay necesidad alguna de ignorar la realidad de su expresión. Por el contrario al estudiar este episodio veo más que nunca que Jesús sigue siendo «el camino, la verdad y la vida», Jesús sigue siendo el ejemplo por excelencia de lo que es andar en el camino del reino de Dios.

En su intercambio de palabras con Jesús, aquella mujer extranjera le recordó que la gracia y la misericordia divina no son excluyentes, que aún aquellos seres humanos considerados despectivamente como “perros” pueden recibir de la abundancia de la mesa del poder y el amor de Dios. A través de una mujer extranjera, Jesús recibió un recordatorio de su vocación, del alcance de su misión.

A través de mis años en el ministerio pastoral me he encontrado mucha gente que justifica su menosprecio hacia otras personas diciendo “así fue que me enseñaron y bajo ninguna circunstancia voy a cambiar”. Cuando les escucho hablar de esa manera lo que siento en mi interior es lástima, porque se hacen llamar “discípulos(as)” de Jesucristo pero con su actitud niegan la esencia del discipulado. El discipulado es un camino de cambio y aprendizaje constante, buscando siempre seguir los pasos y el ejemplo de Jesús. Por definición, un discípulo(a) es alguien que aprende continuamente, no alguien que se fociliza en sus preconcepciones. Uno debe estar abierto a aprender cada día, hasta el día de la muerte, porque ese día uno aprende a morirse.

Al observar de cerca la actitud y el obrar de Jesús en esta narración, y su interacción con la mujer extranjera encuentro valiosísimas lecciones para la maduración en la fe y en el camino del reino de Dios:

PRIMERA LECCIÓN. Hasta la persona más noble es capaz de hacer o decir algo inapropiado o desenfocado.

SEGUNDA LECCIÓN. La madurez no consiste en no cometer errores. La madurez consiste en rectificar y corregir el error.

TERCERA LECCIÓN. En la vida es indispensable reconocer y recordar que la compasión y la caridad van por encima de las normas y preceptos socioculturales y aún los religiosos.  Lejos de insistir en el concepto errado, lejos de aferrarse a la visión que se le inculcó en su proceso de socialización, Jesús se abrió a considerar otras perspectivas que fueran cónsonas a la visión del reino de Dios --aquel que ni siquiera pone el día sagrado por encima del bienestar del ser humano vulnerable y lastimado. Y si el maestro estuvo dispuesto a hacerlo, ¡cuánto más quienes nos identificamos como sus discípulos(as)!

Soli Deo Gloria.

Una oración de intercesión

Amado Dios
tu compasión no tiene límites,
sin embargo nuestras vidas son limitadas y frágiles.

Por ello elevamos plegarias a ti
cuando las fuerzas se acaban y las esperanzas se debilitan.

Rogamos, Señor, no solo por nosotros
sino por el prójimo desvalido, enfermo, lastimado, y herido por los crueles golpes de la vida.

Rogamos por quienes lloran y no ven llegar el alivio a su sufrimiento.

Rogamos por quienes se enfrentan día tras día a paredes de menosprecio, injusticia y desamor.

Rogamos por el abrazo de tu Espíritu Consolador, que nos impulsa y nos llama igualmente a ser agentes de consolación.

Oramos En Nombre de Cristo, Aquel que conoce de primera mano la profundidad del dolor humano. Amén.