sábado, 23 de mayo de 2020

Cuevas de contagio

Jeffrey Weston, Jesus Cleansing The Temple
Una exhortación a colegas del clero y liderato de congregaciones cristianas:

El mes pasado celebrábamos la más importante semana en la tradición cristiana, la Semana Santa. Como parte de las celebraciones recordábamos la entrada de Jesús de Nazaret a Jerusalén y su confrontación con las autoridades del templo:

«Escrito está: “Mi casa es casa de oración.” ¡Pero ustedes han hecho de ella una cueva de ladrones!»  (Lucas 19.46)

Sabemos de much@s que están ansiosos por reabrir los templos para reuniones de oración y adoración en persona. Las autoridades gubernamentales a nivel federal y --en algunos casos-- a nivel Estatal y Condal, están fomentando la pronta apertura de los edificios de adoración, aún cuando la pandemia no ha terminado. Les ruego, colegas, no cedamos ante presiones que nada tienen que ver con la salud y el bienestar colectivo, sino con otros tipos de intereses electoreros y económicos.

Francamente imagino que si Jesucristo de Nazaret se apareciese en algunos lugares, en este momento diría, "Mi casa es casa de oración. ¡Pero ustedes han hecho de ella una cueva de contagios!"

En ninguna manera menosprecio el valor que tiene congregarnos en un lugar al que consideramos espacio sagrado. El año anterior, en mi propia congregación hicimos reparaciones sustanciales al templo para embellecer el espacio donde semanalmente nos reunimos para cultivar en familia la fe en el Señor y el compromiso de laborar por un mundo mejor. Pero reconocemos que todo tiene su tiempo...  Aún no es tiempo de regresar a un espacio donde las condiciones no son propicias para la salud de quienes hoy componen la iglesia y de quienes quisieran añadirse en un futuro a participar de la adoración comunitaria.

Les recuerdo, amig@s y herman@s, que aunque los edificios sagrados estén cerrados, la Iglesia ha seguido activa buscando nuevas maneras de participar y continuar la misión de fomentar y proclamar la vida, presente y eterna, dentro de las circunstancias históricas que nos han tocado vivir. En nuestro afán e insistencia a regresar a una "normalidad" que en mucho tiempo no volverá, inadvertidamente podríamos estar creando condiciones de muerte, en lugar de condiciones de vida. Al momento de escribir estas líneas, en nuestra Nación han fallecido alrededor de 100,000 personas por COVID-19. No contribuyamos al duelo de más familias. No convirtamos los templos en cuevas de contagio. Que cuando volvamos a reunirnos físicamente sea para elevar oraciones de gratitud, y no plegarias de lamentación.

Mientras tanto, sigamos explorando formas de proclamar y servir. El Señor Jesús nos llamó a amar al prójimo. En este tiempo, nuestro prójimo es el colectivo al que debemos proteger de circunstancias que pongan su vida en riesgo, y prolonguen aún más el aislamiento y el dolor.

Fraternalmente,

Rev. José Manuel Capella-Pratts
Primera Iglesia Presbiteriana Hispana | Miami FL
23 de mayo de 2020

jueves, 21 de mayo de 2020

En la vida o en la muerte

jmcp | Minnesota, Feb 2020
Al momento de escribir esta meditación (7 mayo 2020), las cifras en la Nación rondan las 70,000 muertes y más de un millón de personas contagiadas. Y en el momento en que leas estas palabras, es muy probable que los números hayan aumentado considerablemente. En circunstancias normales no nos gusta hablar de la muerte, pero dada la presente situación, este es un tema que debemos considerar.  Muchas veces tratamos de ignorar o minimizar la muerte con eufemismos o con frases trilladas que repetimos fuera de contexto. Andar en la fe no significa vivir en negación. Andar en fe implica hacer frente a lo que venga con templanza y sobriedad, reconociendo que en última instancia, nuestro destino está en las manos divinas, aquí o en la eternidad.

El apóstol San Pablo comprendió estas profundas verdades. San Pablo pasó más tiempo caminando el "valle de sombras de muerte” que descansando en "delicados pastos y aguas de reposo” -- por decirlo en palabras del Salmo 23. La tradición nos enseña que San Pablo no murió en un lugar cómodo acompañado del calor de la familia... Por el contenido de sus escritos sabemos que su vida estuvo colmada de sufrimientos y peligros. Y desde esas experiencias, en su carta a los Romanos (14.7-8, RVC), San Pablo nos recuerda que “...nadie vive para sí, ni nadie muere para sí, pues si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya sea que vivamos, o que muramos, somos del Señor.”

La realidad del COVID -19 no es algo que ocurre "al otro lado del mundo." Es un mal que ya está tocando nuestras puertas. Amistades, familiares, gente de nuestros vecindarios, hermanas y hermanos de la comunidad de fe, están y estarán en duelo y luto. Tal vez a algunas o algunos de nosotros también nos llegue la hora de partir de este mundo por causa de esta condición. La fe no nos exime de transitar este camino. Sin embargo nos otorga la certeza de la gracia de Dios en todo tiempo y toda circunstancia. Como bien lo expresa Una Breve Declaración de Fe de nuestra Iglesia, partiendo de la enseñanza bíblica y del testimonio de quienes nos precedieron, "con creyentes en todo tiempo y lugar, nos gozamos de que nada, en la vida o en la muerte, puede separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro." Soli Deo Gloria.

miércoles, 13 de mayo de 2020

¡En la dirección equivocada!

Reverendo Scott (Gene Hackman)
Lectura bíblica:
1 Tesalonicenses 5.12-28 NTV

Nací en 1970, una década que en términos del Cine, se caracterizó por películas de alto presupuesto con temas de grandes desastres. Entre ellas: Airport (Aeropuerto) y sus secuelas ‘75, ‘77, y ‘79 Concorde, Meteor (Meteoro), The Towering Inferno (Infierno en La Torre), Earthquake (Terremoto) y The Poseidon Adventure (La Aventura del Poseidón). Esta última me parecía fascinante por la viveza de sus efectos especiales que - para aquella época, y ante la vista de un niño menor de 10 años - resultaban muy convincentes e impactantes.

Ya de adulto volví a ver esta película, The Poseidon Adventure, con ojos distintos: ya no los ojos que se impresionan con los efectos especiales, sino la mentalidad de quien está atento a las dinámicas de las relaciones humanas que se desarrollan durante el filme. La trama gira en torno a un enorme crucero que queda a la deriva, flotando boca abajo en el mar, habiendo sido arrasado por una ola gigante.  La película, luego de magistralmente mostrar el momento del desastre, se concentra en la carrera de los sobrevivientes para encontrar una salida del barco condenado a hundirse.  En un momento de la trama, dos grupos de sobrevivientes se encuentran y discuten sobre la ruta que los llevará a salvar sus vidas. Uno de los grupos iba en dirección hacia la parte más profunda del barco, donde se encuentran las máquinas propulsoras y el otro grupo seguía la ruta que en condiciones normales les llevaría a la superficie. Pero he aquí el detalle: el barco estaba invertido, lo que significa que la parte de abajo del barco, era en efecto lo que estaba más cerca de la superficie, mientras que la parte alta del barco estaba sumergida en el agua. La discusión entre los líderes de ambos grupos se caldea al punto que uno de ellos grita: “¡Maldición! ¡Van en la dirección equivocada! ¡La proa está bajo el agua!”

SS Poseidon (1972)

Casualmente, el personaje que tan airado y frustrado gritó esta advertencia, era un ministro -- como yo.  En estos días no he podido dejar de identificarme con el personaje del Reverendo Scott (interpretado en la película por Gene Hackman). A veces me siento consumido por la frustración de ver tanta gente yendo en la dirección equivocada y siento que el pecho se me revienta con ganas de gritar en medio de la pandemia por COVID-19. El apuro de mucha gente en salir de las medidas de cuarentena, y con ello los descuidos al tomar decisiones que priorizan intereses que no son orientados por la ciencia médica, es algo que nos arrastrará a un escenario en el que ocurrirán muchas más muertes que se pudieron haber evitado. A eso le añadimos el diluvio de desinformación, en ocasiones fomentado por algunos políticos, y en otras ocasiones propagado por que “vi un vídeo en YouTube” o por que “me lo dijo una amiga que tiene un primo que trabaja en tal sitio”, o por esos mensajes de “Whatsapp” con teorías de conspiración que culminan diciendo “pásale esto a todos tus contactos.” De corazón les confieso: me siento abrumado con tanta gente en dirección hacia “el fondo” en lugar de “ir a la superficie”, como ocurría en la película.

En medio de ese sentimiento que me agobia, me encuentro con esta porción de la Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses. En tiempos recientes hemos reflexionado sobre otras secciones al comienzo de la misma. Hoy llegamos al final de la carta, donde el Apóstol comparte una serie de breves consejos, útiles para la vida de la comunidad de fe. Dichos consejos siguen siendo muy válidos y aplicables en nuestro contexto. No obstante, uno de estos consejos me resultó de particular pertinencia: «pongan a prueba todo lo que se dice. Retengan lo que es bueno» (5.21).  No todo lo que se dice, aún cuando se diga con buenas intenciones, es correcto. Por eso es importante examinar las cosas, verificar las fuentes, constatar la información, y no prestar atención a rumores, eso puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte para usted y para muchas otras personas.

Ruego a Dios que como individuos, familias, y sociedad, nos conceda la iluminación del Espíritu Santo para seguir firmes en la ruta que lleva a la vida. Amén.

jueves, 9 de abril de 2020

¡Despierta, Señor! ¿Por qué duermes?

El Libro de Los Salmos es una colección de poemas/canciones del antiguo pueblo de Israel. Lo pudiésemos comparar con los himnarios que ha utilizado la iglesia cristiana a través de muchas décadas. El contenido de los Salmos es frecuentemente utilizado como parte de la liturgia cristiana en diversas tradiciones, especialmente por sus abundantes de expresiones de alegre alabanza y admiración a Dios. No obstante, las palabras de los Salmos no siempre son alegres. Sus expresiones recogen la inmensa variedad de estados de ánimo del ser humano, entre ellos frustración, dolor, quejas, angustias, miedo. El favorito de muchas personas es el Salmo 23, pero no todos los salmos manifiestan el mismo nivel de confianza y seguridad de quien escribió «cuando ande en valle de sombras de muerte no temeré mal alguno...»  Hay ocasiones en que los salmistas al transitar por "el valle de sombras de muerte" tuvieron temor -- como cualquiera de nosotros siente temor ante la incertidumbre.

Así como lo expresan los salmos hebreos, hay momentos en que nuestras oraciones se encuentran carentes de optimismo. En eso radica una de las funciones más maravillosas de los salmos para el cultivo y ejercicio de nuestra espiritualidad: nos brindan lenguaje para orar en tiempos de angustia. Los Salmos no descartan ni invalidan nuestros sentimientos de impotencia ante las circunstancias que están fuera de nuestras manos. No nos acusan de faltar a la fe ni nos avergüenzan cuando nuestro ánimo anda por el suelo. Al contrario, son un reconocimiento de que, en ocasiones, como lo expresa un dicho en inglés, "It's OK not to be OK" (está bien no estar bien).

Al leer los Salmos, nos encontramos con estas palabras:
¡Despierta, Señor! ¿Por qué duermes?
¡Levántate, no te alejes para siempre!
¿Por qué te escondes de nosotros?
¿Por qué te olvidas de la opresión que sufrimos?
Nuestro ánimo se halla por el suelo,
¡nuestros cuerpos se arrastran por la tierra!
¡Levántate, ven a ayudarnos
y, por tu gran misericordia, sálvanos!
(Salmos 44.23-26, RVC)
Algunos meses atrás prediqué un sermón que titulé "Hay días, y HAY días". Nuestro entorno presente plantea un gran reto para el estado de ánimo colectivo y personal. No es para menos, la humanidad de nuestro tiempo no había enfrentado una situación al nivel de lo que estamos viviendo. No se trata de una epidemia, sino de pandemia, es decir, la calamidad actual tiene alcance mundial. No se trata de algo que ocurre "allá a aquella gente en aquel país". El coronavirus COVID-19 es algo que ya ha tocado nuestras puertas y en cualquier parte que vayamos podremos encontrar sus huellas.

En momentos como estos, los Salmos nos brindan lenguaje para orar, así como también proveyeron el lenguaje para los primeros cristianos describir los horrores que sufrió Jesucristo en sus últimos días.(1)  Al igual que los escritores de los Evangelios, podemos hacer uso de este gran recurso en los Salmos. Nuestros lamentos(2) no se quedan en el aire, no son palabras lanzadas al vacío. Las Sagradas Escrituras y las experiencias nos enseñan que Dios, así como recibe nuestras alabanzas, también acoge nuestros temores y desesperos.

Soli Deo Gloria.

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Notas:
(1) Los relatos del martirio de Jesús en los Evangelios contienen múltiples citas de los Salmos.
(2) Hay Salmos que específicamente son identificados por los eruditos como "Salmos de lamentación."

miércoles, 25 de marzo de 2020

La fe tóxica mata

5 Entonces el diablo lo llevó a la santa ciudad, lo puso sobre la parte más alta del templo, 6 y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, lánzate hacia abajo; porque escrito está:
»“A sus ángeles mandará alrededor de ti”,
y también:
“En sus manos te sostendrán,
Para que no tropieces con piedra alguna.”»
7 Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al Señor tu Dios”.» (Mateo 4:5-7 RVC)

Al momento de escribir estas líneas me encuentro triste. Es el undécimo día desde que decidimos suspender servicios y reuniones presenciales en nuestra congregación, como medida para combatir la propagación del COVID-19.  Cuando tomamos esta decisión, ya la Organización Mundial de la Salud había declarado la pandemia. No era asunto de fomentar el pánico, sino de ser responsables y no exponer a nadie a un posible contagio, ya que, a todas luces, en ese momento algunos(as) de nosotros estaríamos contagiados sin saberlo y nos convertiríamos en portadores del Coronavirus.  Uno de los proverbios bíblicos nos aconseja:
“El prudente ve el peligro y lo evita; el imprudente sigue adelante y sufre el daño.” (Proverbios 22:3 DHH)
Aquel Sábado, 14 de marzo, tuve que llevar a cabo algo que jamás había imaginado tendría que hacer: colocar letreros en las puertas del templo, indicando que estará cerrado hasta nuevo aviso. Me provocó gran dolor: he pasado mis 23 años de carrera pastoral invitando personas a entrar al templo, y en ese momento estaba haciendo todo lo contrario. Fue lo prudente.

Aquel día y en días siguientes, aún al momento de escribir estos pensamientos, observé iglesias y grupos religiosos desafiando lo que ya en muchos lugares son toques de queda oficiales. Algunos lo hacen citando pasajes bíblicos, a manera de amuletos mágicos que les protegerán de todo peligro y enfermedad...
“Caerán a tu lado mil, Y diez mil a tu diestra; Mas a ti no llegará.” (Salmo 91:7 RV60)
“El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, Y los defiende.” (Salmo 34:7 RV60)
Y no podía faltar el clásico,
“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13 RV60)
Lanzados como si fueran píldoras para el dolor de cabeza, los pasajes bíblicos citados fuera de contexto pueden convertirse en instrumento de muerte en lugar de ser instrumento de vida. Todo esto me hizo recordar un episodio en la vida de Jesús, sobre el que leíamos al comienzo de la temporada de Cuaresma.  Cuenta el Evangelio Según Mateo que estando en el desierto, luego de haber ayunado por 40 días y noches, Jesús recibió la visita del tentador, quien con sus artimañas buscó poner en juego la identidad y misión del divino maestro...

Uno de los retos presentados ante Jesús, lo invita a lanzarse al vacío desde un lugar muy alto, teniendo como garantía de protección dos versos de la Escritura Sagrada (casualmente del Salmo 91). De primera intención, el desafío pudiera tener sentido: ¿Por qué no hacerlo, sobre todo cuando la “promesa bíblica” ha sido dada?  La respuesta de Jesús fue tajante: «No tentarás al Señor tu Dios» (Deuteronomio 6:16).

Mi madre me enseñó de pequeño que podemos confiar en el cuidado y la providencia divina; y también me enseñó a mirar ambos lados antes de cruzar una calle.  El mensaje bíblico nunca debe servir de fundamento para la imprudencia y la irresponsabilidad. Eso es fe tóxica. Y la fe tóxica ha costado muchas vidas a lo largo de la historia. Hablando sin rodeos: la fe tóxica mata.  Repito: la fe tóxica mata.

Estamos viviendo tiempos muy difíciles. Apenas estamos comenzando a ver la magnitud de la pandemia en nuestra propia comunidad Miamense. No es tiempo de aventurarse y descuidarse con el pretexto de que la fe de alguna manera nos hace inmunes. El pueblo creyente no está exento del dolor, la enfermedad y la muerte. Es tiempo de ser prudentes. Es tiempo de poner en práctica el amor al prójimo tomando todas las precauciones a nuestro alcance para evitar contagios. Es tiempo de mantener la distancia física a la vez que mantenemos la interacción social a través del teléfono o la internet. Es tiempo de hacer uso de la capacidad para razonar, cosa que identificamos como regalo de Dios. Es tiempo de ser pacientes. Esta gran prueba colectiva será superada, pero no con soluciones rápidas carentes de esfuerzo. Roguemos al Señor que nos conceda su gracia y su fortaleza para resistir durante esta gran calamidad, ejercitando la solidaridad y la empatía.

Soli Deo Gloria.

domingo, 22 de marzo de 2020

Ver realmente a Jesús

Lectura: Juan 9.1-41

El Evangelio Según Juan tiene varias características que lo distinguen de los demás. Una de ellas es que sus narraciones tienden a ser mucho más extensas en comparación con los Evangelios Según Mateo, Marcos o Lucas. El presente capítulo es vivo ejemplo de ello. La tentación a tocar de alguna manera todos los temas que la narración plantea es grande. Pero para ello ya tendremos otras oportunidades. Para el momento histórico que juntos estamos enfrentando, voy a invitarles a concentrar nuestra atención solamente en dos asuntos.

El primer asunto tiene que ver con el comienzo de la historia allí narrada, la pregunta que los discípulos hacen a Jesús al ver a un hombre ciego de nacimiento: «Rabí, ¿quién pecó, para que éste haya nacido ciego? ¿Él, o sus padres?» (v. 2)

Es importante observar cuidadosamente la pregunta de los discípulos. Dicha pregunta refleja la mentalidad imperante en su tiempo. En aquella cultura antigua, las enfermedades y tragedias eran usualmente entendidas como castigos divinos hacia la persona afectada. Si alguien enfermaba, se entendía que “algo malo habrá hecho para que Dios le castigue de esa forma.”  Estar enfermo implicaba ser visto con sospecha y ser juzgado por la sociedad. También se consideraba que los supuestos castigos divinos podían ser heredados. De ahí la premisa de los discípulos alegando que “alguien” había “pecado” teniendo como resultado la pérdida de la visión de aquel pobre hombre: si no fue él, entonces fueron sus padres.

Ahora bien, ¿quién pecó para que surja la pandemia del Coronavirus? A raíz de todas las muertes y contagios ocurridos en el mundo, no han faltado los consabidos “profetas” y predicadores que dicen que todo este asunto es “un castigo” enviado por Dios. En estos días alguien comentaba que “si las naciones se arrepienten, Dios levantará el castigo del Coronavirus.” Otros más comentaban que la pandemia es resultado de “la ira de Dios sobre la humanidad.” Y otros, cándidamente, han estado citando fuera de su contexto, discursos de los profetas de Israel donde se alude al “enojo del Señor.”

Jesús planteó una idea diferente. La circunstancia de aquel hombre ciego de nacimiento sería oportunidad para que las obras de Dios se manifestaran en él.  Claro está, debemos evitar caer en el error de decir que las enfermedades y calamidades “son enviadas por Dios para glorificarse” (también he escuchado eso por ahí). El comentario de Jesús desautoriza a quienes andan juzgando y condenando a diestra y siniestra “en nombre de Dios”.  Las palabras de Jesús son una invitación a mirar más allá de lo superficial.  Y es allí donde llegamos al segundo asunto que hoy queremos acentuar.

Notemos que el milagro de la curación del hombre ciego ocurre al principio de la narración. No obstante, la mayor parte de la narración es dedicada a las polémicas que surgieron como resultado de la curación. De modo que allí se enfoca algo más profundo que lo físico: el problema real es la ceguera espiritual. En esta historia los verdaderos ciegos son aquellos religiosos más preocupados por sus dogmas y tradiciones que por la restauración de un ser humano necesitado. Sus intereses e ideas tenían para ellos mayor peso que la dignidad de una persona vulnerable y vulnerada.

En el caso del hombre (que ya no era) ciego, primero le fue devuelta la vista física. Pero la vista espiritual, la capacidad de “ver” realmente quién es Jesús, fue algo que tomó algún tiempo. Primero lo identificó como «aquel hombre» (v. 11), luego dijo «yo creo que es profeta» (v. 17), y finalmente profesó «Creo, Señor» y lo adoró (v. 38).

Hoy, en nuestro contexto, enfrentamos algo de proporciones que nunca habíamos visto. Aún teniendo herramientas informáticas y científicas, nuestra sociedad no se encontraba preparada adecuadamente para la magnitud de esta pandemia. Apenas estamos comenzando a vivir una experiencia que afecta y afectará nuestras vidas por mucho más tiempo que el que podamos predecir.   Poder “ver” la gloria de Dios en medio de toda esta situación es algo que no ocurrirá de forma inmediata. Se nos hará muy difícil y requerirá de nuestra paciencia y perseverancia. Pero el Señor Jesús seguirá saliendo a nuestro encuentro, aunque ese encuentro ocurra fuera del lugar de adoración formal.

Soli Deo Gloria.