miércoles, 25 de marzo de 2020

La fe tóxica mata

5 Entonces el diablo lo llevó a la santa ciudad, lo puso sobre la parte más alta del templo, 6 y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, lánzate hacia abajo; porque escrito está:
»“A sus ángeles mandará alrededor de ti”,
y también:
“En sus manos te sostendrán,
Para que no tropieces con piedra alguna.”»
7 Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al Señor tu Dios”.» (Mateo 4:5-7 RVC)

Al momento de escribir estas líneas me encuentro triste. Es el undécimo día desde que decidimos suspender servicios y reuniones presenciales en nuestra congregación, como medida para combatir la propagación del COVID-19.  Cuando tomamos esta decisión, ya la Organización Mundial de la Salud había declarado la pandemia. No era asunto de fomentar el pánico, sino de ser responsables y no exponer a nadie a un posible contagio, ya que, a todas luces, en ese momento algunos(as) de nosotros estaríamos contagiados sin saberlo y nos convertiríamos en portadores del Coronavirus.  Uno de los proverbios bíblicos nos aconseja:
“El prudente ve el peligro y lo evita; el imprudente sigue adelante y sufre el daño.” (Proverbios 22:3 DHH)
Aquel Sábado, 14 de marzo, tuve que llevar a cabo algo que jamás había imaginado tendría que hacer: colocar letreros en las puertas del templo, indicando que estará cerrado hasta nuevo aviso. Me provocó gran dolor: he pasado mis 23 años de carrera pastoral invitando personas a entrar al templo, y en ese momento estaba haciendo todo lo contrario. Fue lo prudente.

Aquel día y en días siguientes, aún al momento de escribir estos pensamientos, observé iglesias y grupos religiosos desafiando lo que ya en muchos lugares son toques de queda oficiales. Algunos lo hacen citando pasajes bíblicos, a manera de amuletos mágicos que les protegerán de todo peligro y enfermedad...
“Caerán a tu lado mil, Y diez mil a tu diestra; Mas a ti no llegará.” (Salmo 91:7 RV60)
“El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, Y los defiende.” (Salmo 34:7 RV60)
Y no podía faltar el clásico,
“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13 RV60)
Lanzados como si fueran píldoras para el dolor de cabeza, los pasajes bíblicos citados fuera de contexto pueden convertirse en instrumento de muerte en lugar de ser instrumento de vida. Todo esto me hizo recordar un episodio en la vida de Jesús, sobre el que leíamos al comienzo de la temporada de Cuaresma.  Cuenta el Evangelio Según Mateo que estando en el desierto, luego de haber ayunado por 40 días y noches, Jesús recibió la visita del tentador, quien con sus artimañas buscó poner en juego la identidad y misión del divino maestro...

Uno de los retos presentados ante Jesús, lo invita a lanzarse al vacío desde un lugar muy alto, teniendo como garantía de protección dos versos de la Escritura Sagrada (casualmente del Salmo 91). De primera intención, el desafío pudiera tener sentido: ¿Por qué no hacerlo, sobre todo cuando la “promesa bíblica” ha sido dada?  La respuesta de Jesús fue tajante: «No tentarás al Señor tu Dios» (Deuteronomio 6:16).

Mi madre me enseñó de pequeño que podemos confiar en el cuidado y la providencia divina; y también me enseñó a mirar ambos lados antes de cruzar una calle.  El mensaje bíblico nunca debe servir de fundamento para la imprudencia y la irresponsabilidad. Eso es fe tóxica. Y la fe tóxica ha costado muchas vidas a lo largo de la historia. Hablando sin rodeos: la fe tóxica mata.  Repito: la fe tóxica mata.

Estamos viviendo tiempos muy difíciles. Apenas estamos comenzando a ver la magnitud de la pandemia en nuestra propia comunidad Miamense. No es tiempo de aventurarse y descuidarse con el pretexto de que la fe de alguna manera nos hace inmunes. El pueblo creyente no está exento del dolor, la enfermedad y la muerte. Es tiempo de ser prudentes. Es tiempo de poner en práctica el amor al prójimo tomando todas las precauciones a nuestro alcance para evitar contagios. Es tiempo de mantener la distancia física a la vez que mantenemos la interacción social a través del teléfono o la internet. Es tiempo de hacer uso de la capacidad para razonar, cosa que identificamos como regalo de Dios. Es tiempo de ser pacientes. Esta gran prueba colectiva será superada, pero no con soluciones rápidas carentes de esfuerzo. Roguemos al Señor que nos conceda su gracia y su fortaleza para resistir durante esta gran calamidad, ejercitando la solidaridad y la empatía.

Soli Deo Gloria.

domingo, 22 de marzo de 2020

Ver realmente a Jesús

Lectura: Juan 9.1-41

El Evangelio Según Juan tiene varias características que lo distinguen de los demás. Una de ellas es que sus narraciones tienden a ser mucho más extensas en comparación con los Evangelios Según Mateo, Marcos o Lucas. El presente capítulo es vivo ejemplo de ello. La tentación a tocar de alguna manera todos los temas que la narración plantea es grande. Pero para ello ya tendremos otras oportunidades. Para el momento histórico que juntos estamos enfrentando, voy a invitarles a concentrar nuestra atención solamente en dos asuntos.

El primer asunto tiene que ver con el comienzo de la historia allí narrada, la pregunta que los discípulos hacen a Jesús al ver a un hombre ciego de nacimiento: «Rabí, ¿quién pecó, para que éste haya nacido ciego? ¿Él, o sus padres?» (v. 2)

Es importante observar cuidadosamente la pregunta de los discípulos. Dicha pregunta refleja la mentalidad imperante en su tiempo. En aquella cultura antigua, las enfermedades y tragedias eran usualmente entendidas como castigos divinos hacia la persona afectada. Si alguien enfermaba, se entendía que “algo malo habrá hecho para que Dios le castigue de esa forma.”  Estar enfermo implicaba ser visto con sospecha y ser juzgado por la sociedad. También se consideraba que los supuestos castigos divinos podían ser heredados. De ahí la premisa de los discípulos alegando que “alguien” había “pecado” teniendo como resultado la pérdida de la visión de aquel pobre hombre: si no fue él, entonces fueron sus padres.

Ahora bien, ¿quién pecó para que surja la pandemia del Coronavirus? A raíz de todas las muertes y contagios ocurridos en el mundo, no han faltado los consabidos “profetas” y predicadores que dicen que todo este asunto es “un castigo” enviado por Dios. En estos días alguien comentaba que “si las naciones se arrepienten, Dios levantará el castigo del Coronavirus.” Otros más comentaban que la pandemia es resultado de “la ira de Dios sobre la humanidad.” Y otros, cándidamente, han estado citando fuera de su contexto, discursos de los profetas de Israel donde se alude al “enojo del Señor.”

Jesús planteó una idea diferente. La circunstancia de aquel hombre ciego de nacimiento sería oportunidad para que las obras de Dios se manifestaran en él.  Claro está, debemos evitar caer en el error de decir que las enfermedades y calamidades “son enviadas por Dios para glorificarse” (también he escuchado eso por ahí). El comentario de Jesús desautoriza a quienes andan juzgando y condenando a diestra y siniestra “en nombre de Dios”.  Las palabras de Jesús son una invitación a mirar más allá de lo superficial.  Y es allí donde llegamos al segundo asunto que hoy queremos acentuar.

Notemos que el milagro de la curación del hombre ciego ocurre al principio de la narración. No obstante, la mayor parte de la narración es dedicada a las polémicas que surgieron como resultado de la curación. De modo que allí se enfoca algo más profundo que lo físico: el problema real es la ceguera espiritual. En esta historia los verdaderos ciegos son aquellos religiosos más preocupados por sus dogmas y tradiciones que por la restauración de un ser humano necesitado. Sus intereses e ideas tenían para ellos mayor peso que la dignidad de una persona vulnerable y vulnerada.

En el caso del hombre (que ya no era) ciego, primero le fue devuelta la vista física. Pero la vista espiritual, la capacidad de “ver” realmente quién es Jesús, fue algo que tomó algún tiempo. Primero lo identificó como «aquel hombre» (v. 11), luego dijo «yo creo que es profeta» (v. 17), y finalmente profesó «Creo, Señor» y lo adoró (v. 38).

Hoy, en nuestro contexto, enfrentamos algo de proporciones que nunca habíamos visto. Aún teniendo herramientas informáticas y científicas, nuestra sociedad no se encontraba preparada adecuadamente para la magnitud de esta pandemia. Apenas estamos comenzando a vivir una experiencia que afecta y afectará nuestras vidas por mucho más tiempo que el que podamos predecir.   Poder “ver” la gloria de Dios en medio de toda esta situación es algo que no ocurrirá de forma inmediata. Se nos hará muy difícil y requerirá de nuestra paciencia y perseverancia. Pero el Señor Jesús seguirá saliendo a nuestro encuentro, aunque ese encuentro ocurra fuera del lugar de adoración formal.

Soli Deo Gloria.

miércoles, 18 de marzo de 2020

A mitad de semana (Lectura y Reflexión | 3-18-2020)

UN SALMO PARA HOY - Salmo 147.1-11 (Nueva Traducción Viviente)

1 ¡Alabado sea el Señor!
¡Qué bueno es cantar alabanzas a nuestro Dios!
    ¡Qué agradable y apropiado!
2 El Señor reconstruye a Jerusalén
    y trae a los desterrados de vuelta a Israel.
3 Él sana a los de corazón quebrantado
    y les venda las heridas.
4 Cuenta las estrellas
    y llama a cada una por su nombre.
5 ¡Qué grande es nuestro Señor! ¡Su poder es absoluto!
    ¡Su comprensión supera todo entendimiento!
6 El Señor sostiene a los humildes,
    pero derriba a los perversos y los hace morder el polvo.

7 Canten su gratitud al Señor;
    al son del arpa, entonen alabanzas a nuestro Dios.
8 Él cubre los cielos con nubes,
    provee lluvia a la tierra,
    y hace crecer la hierba en los pastizales de los montes.
9 Da alimento a los animales salvajes
    y alimenta a las crías del cuervo cuando chillan.
10 No se complace en la fuerza del caballo
    ni en el poder del ser humano.
11 No, el Señor se deleita en los que le temen,
    en los que ponen su esperanza en su amor inagotable.

PENSAMIENTOS PARA PONDERAR

En medio de tantas noticias y circunstancias que provocan temor, ansiedad y tristeza, este Salmo nos invita a reconocer y alabar a Dios. Hace un llamado a considerar la providencia divina que se manifiesta en la naturaleza. Mi esposa y yo vivimos en un sexto piso y nuestro balcón en muchas ocasiones se convierte en lugar de solaz y encuentro con el Señor. La foto que acompaña esta nota es una de nuestras orquídeas. Tomé la foto esta mañana. Contemplando su belleza pensaba, cuán profunda la sabiduría y el poder divino, dedicando tanta imaginación y creatividad a cada detalle de algo tán frágil y efímero como una flor.

Mientras ponderaba estas cosas, me fijé en un visitante alado, uno de esos pequeños pajaritos que abundan por esta región y frecuentan nuestro balcón. Llevaba una ramita en su pico. Acercándonos a la primavera, esta avecita diminuta labora arduamente en formar un nido para procrear junto a su pareja. ¿Quién le dijo que este es el tiempo de hacerlo? ¿Quién le enseñó a reconocer las estaciones y los ciclos del año? ¿Quién le adiestró para escoger los materiales necesarios para construir lo que será su hogar durante las próximas semanas? ¿Quién le creó con ese “instinto”? Para las personas creyentes la respuesta a estas interrogantes es una: El mismo que “cuenta las estrellas y llama a cada una por su nombre.”

El orden creado tiene millones de años. El mundo ha visto incontables desastres “naturales” y no-naturales. Aún así, las flores salen en su tiempo. Aún así, los pájaros vuelven a anidar. Sin querer en ninguna manera aminorar la seriedad y fatalidad del tiempo que estamos viviendo y del que apenas comenzamos a sufrir sus efectos, mirar la creación me recuerda que no estamos abandonados a los designios de un destino incierto. Digamos, pues, con el Salmista:
“¡Qué grande es nuestro Señor! ¡Su poder es absoluto! ¡Su comprensión supera todo entendimiento!”
Soli Deo Gloria.

lunes, 16 de marzo de 2020

El Señor está entre nosotros

(c) jmcp 2020
Éxodo 17.1-7 (RVC)

Como individuos, familias, iglesia y sociedad en general, estamos enfrentando algo que nunca habíamos visto. “Pandemia” es una palabra muy seria y que suena muy fea, porque a todas luces, lo es. No es un chiste (a pesar que para aliviar la tensión en ocasiones tengamos que recurrir al buen humor). El término “pandemia” es definido como “enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región.”  Muchas personas tienen miedo, y con razón. La humanidad es vulnerable. Nuestra salud no es óptima. Ya sea por la edad, por falta de acceso a cuidados apropiados, o por condiciones pre-existentes, gran parte de nuestra sociedad es susceptible al contagio de una condición que para muchas personas puede significar la muerte. El Coronavirus llegó hasta nuestros vecindarios. Esa es la realidad y tratar de negarla o maquillarla sería irresponsable.

Las reacciones son tan diversas, como diversa es la humanidad. Hay quienes no lo toman en serio e ignoran las recomendaciones de la comunidad científica para el bienestar común. Hay quienes entran en pánico y en medio de ese pánico, o bien se paralizan, o bien actúan impulsivamente sin calcular las consecuencias. Hay quienes despotrican, murmurando sin reparos contra el liderato científico, gubernamental o religioso (siempre hay que “culpar” a alguien). Y hay quienes elevan sus quejas y murmuraciones contra Dios mismo.

No nos debe sorprender que circunstancias como éstas provoquen todo tipo de reacción en nosotros. Así somos los seres humanos cuando nos asustamos. No olvidemos que, como previamente indiqué, estamos ante una circunstancia particular que no habíamos vivido. Probablemente habíamos leído sobre ella. Quizás habíamos visto películas o documentales sobre el tema. Pero no es lo mismo ser espectadores de una epidemia que ocurra en otro lugar, a ser protagonistas de una pandemia, algo que toca nuestro vecindario y posiblemente nuestro hogar. Estamos transitando un camino desconocido.

Circunstancias como ésta nos llevan, aún siendo “gente de fe”, a plantear como lo hiciera el pueblo hebreo en la antigüedad: «¿Está el Señor entre nosotros, o no está?» (Éxodo 17.7)

Si contemplamos una respuesta de carácter sobrenatural o como un milagro deslumbrante, tal vez nos quedemos esperando. No obstante, con plena certeza me atrevo compartir la siguiente afirmación: el Señor está entre nosotros. 

Les invito a leer la afirmación nuevamente: el Señor está entre nosotros.

Veo la presencia del Señor en la inteligencia que ha dado a la humanidad manifestada en la comunidad científica.

Veo la presencia del Señor cuando nos inspira a obrar con prudencia, sensatez y sobriedad.

Veo la presencia del Señor en las palabras de ánimo y consolación que se comparten mutuamente.

Veo la presencia del Señor en la mano amiga que se extiende para ayudar al prójimo.

El Señor está entre nosotros.

J.A. Olivar y Miguel Manzano lo expresan magistralmente en las palabras de su canción titulada “Pequeñas Aclaraciones” (Publicada también en El Himnario Presbiteriano #378):

Cuando el pobre nada tiene y aún reparte,
cuando alguien pasa sed y agua nos da,
cuando el débil a su hermano fortalece,
// va Dios mismo en nuestro mismo caminar. //

Cuando alguien sufre y logra su consuelo,
cuando espera y no se cansa de esperar,
cuando amamos, aunque el odio nos rodee,
// va Dios mismo en nuestro mismo caminar. //

Cuando crece la alegría y nos inunda,
cuando dicen nuestros labios la verdad,
cuando amamos el sentir de los sencillos,
// va Dios mismo en nuestro mismo caminar. //

Cuando abunda el bien y llena los hogares,
cuando alguien donde hay guerra pone paz,
cuando 'hermano' le llamamos al extraño,
// va Dios mismo en nuestro mismo caminar. //

Los días (y quizás semanas o meses) que se avecinan serán difíciles y muy complicados. No abonemos al pánico colectivo ni alimentemos el germen de la negación y la desinformación. Seamos, como enseñó el Señor Jesucristo, “luz del mundo” y “sal de la tierra”.  Fomentemos la cordura, la prudencia, la paciencia, la sensatez, la empatía y la solidaridad. El Señor está entre nosotros.

Soli Deo Gloria.


miércoles, 4 de marzo de 2020

Las noches de desvelo

Juan 3.1-17 (RVC)
Foto: telegraph.co.uk

El tercer capítulo del Evangelio Según Juan es uno de gran importancia para la cristiandad.

Allí se encuentra contenido uno de los versos más conocidos de la Biblia en todos los tiempos; un verso reconocido aún por personas que no practican la fe cristiana.  El verso 16 fue el primer texto bíblico que aprendí de memoria. Me fue enseñado por mi maestro de primer grado, miembro activo de una de nuestras congregaciones presbiterianas en Puerto Rico, y a quien siempre le estaré agradecido:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna.”

A mis 6 años de edad, yo no entendía mucho a qué se refiere eso de “perderse”. Tampoco comprendía qué realmente implica o significa eso de “dar a su Hijo unigénito”, pero sí tenía un concepto general del amor. Entendía que, así como mi papá y mi mamá me amaban, mi “Papá Celestial” también. No es de extrañar que a tan temprana edad, Juan 3.16, se convirtiera en “mi versículo bíblico favorito” (aún más que el Salmo 1 o el Salmo 23, los cuales aprendí poco después).

Con el pasar de los años, la educación y la maduración en la fe, el verso que comenzó a capturar más mi atención no era el 3.16, sino el siguiente (17):
“Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.”

Este frase ha venido a ser fundamental en mi vida personal, así como en mi ministerio como predicador: «Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar». Este verso me ayuda a mantenerme enfocado en el amor y la gracia de Dios en Jesucristo. «Evangelio» es buena noticia. ¡Hay tanto predicador(a) y “evangelista” obsesionado con “la condenación”! Y eso no es un problema solamente de pastores(as) y predicadores(as). Con frecuencia encuentro cristianos(as) que mantienen la condenación a flor de labios o en la punta de sus dedos. Sobre ese particular, en estos días vi que una persona hizo un interesante experimento en las redes sociales. La persona escribió la frase “Dios es amor.” Y en muy pocos minutos comenzaron a aparecer reacciones y contestaciones caracterizadas por un “sí, pero...”

“sí pero, tienes que hacer ____ o ____ ...”

“sí pero, también es fuego consumidor...”

“sí pero, Dios odia el pecado...” (parte de una frase que erróneamente muchos atribuyen a la Biblia, pero que en realidad no es parte del texto sagrado: eso de que “Dios ama al pecador pero odia el pecado”)

¡Son tantos los creyentes que no pueden tolerar una expresión o afirmación del amor absoluto de Dios! No pueden concebir en sus mentes que el amor divino no reclame pre-requisitos y condiciones. No pueden aceptar el amor incondicional del Padre Celestial, particularmente cuando se trata de aquellas otras personas a quienes rechazan y menosprecian por diversas razones. El verso 17 nos vuelve a recordar que «Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar.»

Ahora bien, hemos de observar que estas expresiones del tercer capítulo de Juan ocurren en el contexto de una larga conversación. Se trata de un diálogo entre un importante líder religioso del partido de los fariseos y Jesús. La narración es profunda y rica en contenido. Pero ahora vamos a enfocarnos en considerar un sólo detalle: este señor, este importante fariseo, se acercó a Jesús en la noche.

Para quienes vivimos con los privilegios y ventajas que la sociedad industrializada nos provee, (por ejemplo, la energía eléctrica), se nos hace un tanto difícil comprender la magnitud de las implicaciones de la oscuridad de la noche. Vivimos asistidos por la luz artificial, especialmente en grandes ciudades como la nuestra, donde el exceso de iluminación nos impide contemplar la belleza del firmamento, ni experimentar total oscuridad.

Nicodemo vino donde Jesús en la noche.  Debemos recordar que Nicodemo era un prominente miembro del principal grupo opositor a Jesús. Así que la oscuridad de la noche le concedía un manto de discreción y secretividad. Ahora bien, ¿será por eso que Nicodemo va donde Jesús en la noche? He escuchado numerosos predicadores y escritores lanzar críticas contra Nicodemo “por esconderse”, “por su cobardía”, “por no querer que la gente lo viera juntándose con Jesús”. Pero lo cierto es que, todo eso, a fin de cuentas, son puras especulaciones. El narrador bíblico no indica la razón, simplemente notifica que fue de noche. ¿Qué tal si ese era el único tiempo que Nicodemo encontró en su agenda cargada o en la agenda cargada de Jesús? ¿Qué tal si la necesidad de Nicodemo para conversar con el Maestro de Nazaret era tan grande que no podía esperar hasta el otro día para buscarlo?

Ustedes y yo conocemos esas noches, las noches de desvelo, cuando la mente se queda agitada, pensando, repensando y dando vueltas por algún problema o situación adversa. Hay ocasiones en las que la ansiedad y la incertidumbre se agudizan en la noche. Hay veces en que los sentimientos de tristeza, soledad o frustración se agigantan con el silencio y la oscuridad de la noche. ¡Cuán largas pueden ser esas noches examinando posibles escenarios!:

“pude haber dicho tal o cual cosa”,

“si tan solo hubiera hecho esto o lo otro”,

“quizás si mañana pasa X o Y...”

En el lenguaje coloquial se ha adoptado una frase de un poema de San Juan de la Cruz, místico del Siglo 16, para referirse a esos momentos: “la noche oscura del alma.”

La noche de Nicodemo es para mí un recordatorio de que podemos acudir a Jesús aún en nuestras propias “noches oscuras del alma”;

... que cuando sentimos que no podemos elevarnos al cielo, descubriremos que es Jesús, “el Hijo del Hombre”, quien ha descendido (3.13) para encontrarnos, y acompañarnos;

... que el amor de Dios es más grande que los temores;

... que lejos de ser condenatoria, su presencia es salvadora;

... y que cuando pensamos que estamos ante un final, el Espíritu del Señor nos capacita para comenzar (“nacer”) de nuevo y “ver el reino de Dios.”

Soli Deo Gloria.

¿Qué es la Cuaresma?

Foto: aciprensa.com
La Iglesia Cristiana divide el año litúrgico en estaciones o temporadas, todas ellas de alguna manera relacionadas a la vida de Jesús o a algún aspecto o doctrina de gran importancia para la cristiandad. Los dos eventos que sirven como pilares del año litúrgico son el nacimiento de Jesús (que celebramos en la temporada de Navidad) y su muerte y resurrección (que celebramos durante la Semana Santa). Ambos eventos son precedidos por temporadas que sirven como preparación a la celebración del evento. De esta forma, la Navidad es precedida por la temporada de Adviento. Así también la Semana Santa es precedida por la temporada que ahora estamos observando, la Cuaresma.

Cuaresma corresponde a un periodo de 40 días que comienza con el Miércoles de Cenizas y culmina antes de la celebración del Servicio de Jueves Santo. (En el cálculo de 40 días no se cuentan los domingos, ya que cada día del Señor se considera como una celebración de la resurrección de Jesucristo.)

En el tiempo de Cuaresma se hace énfasis en el recogimiento y la introspección, así como la práctica de disciplinas espirituales como la oración, el ayuno y la caridad. En la antigüedad el tiempo de Cuaresma era dedicado a la preparación de nuevos creyentes para recibir el ritual del bautismo e integrarse formalmente a la vida de la iglesia.

La Cuaresma nos brinda una oportunidad especial de hacer autoexamen y buscar re-alinear nuestros caminos con el camino del reino de Dios, según predicado y enseñado por Jesucristo.

En algunas tradiciones cristianas se practica la abstención de ciertos alimentos o disfrutes como manera de disciplinar el carácter.

La Iglesia Presbiteriana (EUA), a través de su revista Presbyterians Today, provee para esta Cuaresma una guía de lecturas y devociones diarias, las cuáles pueden ser descargadas en estos enlaces: (Versión en Español) (Versión en Inglés).

Te invitamos a aprovechar estos días para re-energizar tu fe, conectarte con Dios, conectarte con tu iglesia, y conectarte con el prójimo a tu alrededor.