viernes, 15 de marzo de 2019

Complicidad

Hoy (15 marzo 2019) amanecí ante un aluvión de noticias y comentarios sobre una horrenda masacre perpetrada en Christchurch, Nueva Zelandia, contra dos mezquitas.* Quiero invitarte a que tomes un momento para absorber el asunto: se trata de gente que tranquilamente fue a su lugar de recogimiento espiritual, en búsqueda de Dios. Al momento de escribir esto, se han reportado 49 muertes (y al menos 48 heridos)...
Brenton Tarrant grabó un video en sus redes sociales perpetrando el ataque

Si eres cristiano(a), imagina que se trata de tu congregación un domingo en la mañana: tu, tu familia, tus hermanas y hermanos en la fe, se han reunido para estar en comunión con Dios y lo que encuentran es una muerte violenta y angustiosa. ¿Qué te parece si la noticia, en lugar de reportarse en relación a dos mezquitas en otro país, se tratase de dos iglesias aquí en Miami? Terrible, cruel, inhumano, indignante, ¿no es así?

Personalmente esto me produce gran consternación. No es un secreto que, al igual que mi denominación, Iglesia Presbiteriana (EUA), soy promotor de las buenas relaciones interreligiosas. Me interesa continuamente la creación de puentes de hermandad entre personas de diferentes religiones y credos. La interreligiosidad ha sido una fuente de bendición y maduración en mi fe. Tampoco es un secreto que tengo seres muy amados en mi familia que profesan el Islam, lo que me ha permitido acercarme a hermanas y hermanos de una fe que en otros tiempos me resultaba desconocida.

Hasta el momento los reportes evidencian que el principal ejecutor de los asesinatos profesaba una ideología anti-inmigrante y de supremacía blanca. No es cuestión de rumores o interpretación: el individuo había publicado un manifiesto de 74 páginas donde esbozaba su sentir, y para completar, grabó/transmitió parte de su horrendo ataque en vivo por la red social Facebook.

Ahora quiero invitarte a que consideres algo más: quizás tú eres cómplice de este espantoso crimen. ¿Leíste bien? “Quizás tú eres cómplice de este espantoso crimen.”  Tal vez estés pensando que exagero al plantear esta idea. Pero antes de que vayas a reciclar la colección de adjetivos que en años recientes gratuitamente se me han aplicado,** quiero que remitirte a unas palabras pronunciadas por nuestro Señor Jesucristo, contenidas en “el sermón del monte”:
«Ustedes han oído que a sus antepasados se les dijo: “No mates, pues el que mate será condenado.” Pero yo les digo que cualquiera que se enoje con su hermano, será condenado. Al que insulte a su hermano, lo juzgará la Junta Suprema; y el que injurie gravemente a su hermano, se hará merecedor del fuego del infierno.» (Mateo 5.21-28 DHH)
La implicación de la enseñanza del divino Maestro es seria y profunda. Quizás no seamos asesinos en el sentido literal, físico. Quizás jamás hayamos tenido un arma de ningún tipo en nuestras manos para atacar a otra persona. Pero la semilla de la muerte y de la violencia, no comienza con una ametralladora o un puñal, sino que comienza con un sentimiento interior.

Ahora, vuelve a considerar el enunciado: quizás tú eres cómplice de este espantoso crimen. Cada vez que compartes un chiste humillando a “esos musulmanes”... Cada vez que circulas uno de tantos emails en cadena fomentando el miedo y las mentiras de que la gente que profesa el Islam quiere conquistar el país y “acabar con los cristianos”... Cada vez que envías propaganda islamofóbica, xenofóbica y racista a todos tus contactos… Cada vez que compartes a otros uno de esos "tweets" colmados de autoritarismo y demagogia... te haces cómplice de crímenes de odio perpetrados por quienes profesan el discurso de la supremacía blanca.

Y si estás considerando re-plantear el trillado argumento de que “los musulmanes cometen la mayoría de los ataques terroristas”, quiero alentarte a que contemples esto:

  • Mezquitas en Christchurch
  • Sinagoga Tree of Life
  • Iglesia Mother Emanuel
  • Templo Sikh Oak Creek
  • Centro Judío Overland Park
  • Centro Islámico de la Ciudad de Quebec

Todas dichas masacres, que forman parte de la historia reciente, han sido perpetradas por gente que adopta y profesa la ideología de la supremacía blanca que, en muchas ocasiones se hace identificar con la cristiandad.

No seamos partícipes del constante sembrado de odio y desprecio hacia el prójimo. No seamos cómplices del terror.  Rompamos la cadena de violencia y hostilidad. Tomemos en serio las palabras de nuestro Señor Jesucristo. Sigamos su ejemplo y abracemos el camino del amor, la justicia y la esperanza. Ser discípulas y discípulos de Jesucristo implica convicción y compromiso con una vida distinta, el evangelio, la vivencia del reino de Dios. Seamos caracterizados por la edificación de una cultura de paz, tolerancia, gentileza, reconciliación y solidaridad.

Oremos en solidaridad con tantas familias en duelo. Oremos por las comunidades afectadas por la intolerancia y persecución religiosa. Oremos, como nos enseñó Jesús, "Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra..."

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*Una mezquita es el lugar de adoración en el Islam, así como lo es la sinagoga para el judaísmo, y el templo/iglesia para el cristianismo.
**He sido calificado como “comunista”, “socialista”, promotor “de los terroristas”, “pastor del diablo”, “liberal”, “izquierdista”, etc. Claro está, ni acepto, ni recibo, ni me identifico, ni adopto como propios los insultos. Esos se los pueden quedar quienes los pronuncian.

jueves, 7 de marzo de 2019

Cadenas de injusticia

Al momento de escribir estas líneas aún es el Miércoles de Cenizas (6 marzo 2019). Hoy fue un día de esos que llamamos "largos". Dediqué muchas horas desde la madrugada a la preparación de la liturgia y el sermón para el Servicio de Inicio de Cuaresma. Invertí mucho tiempo en lecturas y estudio del pasaje bíblico sobre el cuál iba a predicar, Isaías 58.1-12. El sermón se puede escuchar (aquí).

El Servicio transcurrió bien. Usualmente no es un evento muy concurrido, pero los participantes disfrutamos siempre de este espacio y tiempo de solemne reflexión sobre la concordancia que debe haber entre los símbolos/rituales y la práctica de la compasión en la vida cotidiana.

Poco antes de comenzar la liturgia, un querido hermano me recomendó ver la serie «The Story of Us» (La historia de nosotros), con Morgan Freeman, producida por National Geographic Channel y disponible en varios medios como Netflix, Vudu, YouTube, Amazon Prime y Google Play. Al llegar a mi hogar, la busqué y vi el primer episodio, con el tema "The March of Freedom" (la marcha por la libertad). En dicho episodio, el Sr. Freeman hace un recorrido por diversas partes del mundo, entrevistando a gente que ha pasado por situaciones de privación de la libertad como los campos de concentración, esclavitud contemporánea, confinamiento solitario, y privación de la libre expresión, así como la prisión de tabúes sociales. En varios momentos sentí que se me hacía pesado respirar, al contemplar la realidad de tantas injusticias que ocurren constantemente, mientras que en nuestro día a día del "primer mundo"  no nos enteramos.

No tengo interés de escribir aquí una reseña detallada el episodio, francamente les recomiendo que vean la serie completa si tienen la oportunidad y el acceso. No obstante, luego de haber observado los testimonios de las personas entrevistadas por el Sr. Freeman, las palabras de los versos 5 y 6 de Isaías 58, cobraron un significado aún más profundo que el que había encontrado durante todas las horas de estudio y análisis previo:
«5 ¿Creen que el ayuno que me agrada consiste en afligirse, en agachar la cabeza como un junco y en acostarse con ásperas ropas sobre la ceniza? ¿Eso es lo que ustedes llaman “ayuno”, y “día agradable al Señor”? 6 Pues no lo es. El ayuno que a mí me agrada consiste en esto: en que rompas las cadenas de la injusticia y desates los nudos que aprietan el yugo; en que dejes libres a los oprimidos y acabes, en fin, con toda tiranía...»
Y me pregunto, qué podremos hacer para «romper las cadenas de la injusticia». Las respuestas a la pregunta pueden ser muy diversas y complicadas. No hay soluciones fáciles ni instantáneas. Pero lo importante es intentar y esforzarse cada día, para aliviar de alguna manera el dolor ajeno. Dijo Abraham Lincoln lo siguiente: "Those who deny freedom to others, deserve it not for themselves" ("Los que niegan la libertad a los demás, no la merecen para sí mismos").  Quizás físicamente no seamos partícipes de sistemas carcelarios injustos, ni de campos de concentración, ni de prisiones de labor forzada, pero muchas veces nuestras actitudes hacia el prójimo --particularmente hacia el prójimo de diferente etnia, clase, religión, género u orientación sexual-- se convierten en bloques del edificio social que priva a otras personas de la libertad de alcanzar todo el potencial de su dignidad como seres humanos. No vivamos en indiferencia. Busquemos cultivar la empatía y la solidaridad.

jueves, 7 de febrero de 2019

Le puso de nuevo las manos sobre los ojos

" —¿Puedes ver ahora?
El hombre alzó los ojos y dijo:
—Veo gente; parecen árboles que caminan.
Entonces le puso de nuevo las manos sobre los ojos..."
(Marcos 8:22-26 NTV)

Aún cuando los Evangelios están repletos de narraciones de curaciones milagrosas de Jesús, lo cierto es que el fin de estos relatos no es llamar la atención hacia las curaciones per se, sino que también cumplen la función de ofrecer enseñanzas a manera de metáforas. En el caso del Evangelio Según Marcos, encontramos dos relatos de curación de hombres ciegos que cumplen la función de acentuar la incomprensión de los discípulos sobre la persona y mensaje de Jesús, el Cristo. Una de estas curaciones ocurre en Betsaida (Marcos 8.22-26) y la otra ocurre en Jericó.

Ahora bien, lo que llama mi atención sobre la curación en Betsaida es que, a diferencia de otras ocasiones, la curación milagrosa no ocurre de manera instantánea. En primera instancia, el hombre recobra parte de la visión, pero con limitaciones: veía la gente, pero le parecían árboles. Y ahí es donde el texto me sorprende al testificar que "entonces, [Jesús] le puso de nuevo las manos sobre los ojos."

Jesús muy bien pudo haber dicho, "Confórmate, por lo menos ahora ves algo, antes no veías nada. Sé agradecido, es mejor tener un poco de visión que no tener visión alguna." Pero Jesús no reaccionó así.  Tampoco buscó culpar al hombre acusándolo de tener una fe deficiente. Jesús no desistió en su obrar compasivo hacia el hombre necesitado: "le puso de nuevo las manos sobre los ojos." Jesús no abandonó al hombre sino que continuó con él hasta que la curación fue completada.

Esto nos debe servir de inspiración y recordatorio. En primer lugar, no debemos desistir de obrar el bien, ni de enseñar y practicar la justicia y el amor del reino de Dios, aunque no veamos los resultados que esperamos en el tiempo que los esperamos.

En segundo lugar, recordemos que lo ocurrido con el hombre ciego viene a ser para el Evangelio Según Marcos una metáfora para la falta de comprensión de los discípulos de Jesús. No debemos perder la esperanza cuando no entendemos bien lo que nos ocurre y los "por qués" de lo que nos ocurre. La fe no madura de un momento para otro. La fe y la comprensión ocurren en etapas, en pasos, como una larga carrera maratónica. No claudiquemos ante los tropiezos y desafíos que enfrentamos. Aún en medio de nuestra incomprensión, el Señor sigue y seguirá obrando, moldeando nuestro ser. El Señor no deja las cosas incompletas, seguirá poniendo de nuevo sus manos sobre nuestras vidas, hasta llevarnos a la plenitud.

domingo, 28 de octubre de 2018

Breves apuntes sobre la Reforma Protestante

Durante esta semana se cumplen 501 años del episodio que históricamente ha sido identificado como catalítico de la Reforma Protestante. El 31 de octubre de 1517 el Monje Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la Catedral de Wittemberg, protestando doctrinas y distorsiones de la cristiandad medieval.  Y quiero acentuar por qué utilizo el término “cristiandad medieval”. 

Desde que tengo memoria he participado en celebraciones de la Reforma Protestante a nivel congregacional y a nivel presbiterial. Usualmente quienes predican sermones sobre la Reforma Protestante toman el púlpito para arremeter contra la Iglesia Católica Romana.  Esta práctica me parece injusta, pues toda institución humana evoluciona con el tiempo. No considero apropiado adjudicar a la Iglesia Católica Romana del presente los males y equivocaciones institucionales de los tiempos medievales, de la misma manera que no considero apropiado adjudicar a la cristiandad del presente los errores y horrores de la cristiandad en otros tiempos, como lo son el apoyo que se dio a la esclavitud en Europa y las Américas, la bendición que se le dio al fascismo en la Alemania Nazi, o la justificación teológica que se le dio a la segregación en nuestra tierra en el Siglo pasado. En el tiempo presente, aunque nuestra tradición teológica tenga grandes diferencias con las doctrinas del catolicismo, la Iglesia Presbiteriana (EUA) mantiene buenas relaciones con la Iglesia Romana. Así que, cuando me refiero al catolicismo del Siglo 16 y Siglos previos, prefiero usar los término “cristiandad medieval”, “catolicismo medieval”, o “iglesia medieval”.

Recientemente historiadores están hablando de “reformas” (plural), en lugar de “reforma” (singular), en reconocimiento a la diversidad y proliferación de un movimiento que estaba ocurriendo casi simultáneamente en diversos lugares de la Europa del Siglo 16: la corriente Luterana (Alemania), la corriente Reformada (Suiza), las corrientes Anabaptistas, y la corriente Anglicana. De modo que, aunque sigamos utilizando el término “reforma”, recordemos que se trata de “reformas”.

No nos es posible tratar de condensar el alcance e influencia que este movimiento tuvo (y sigue teniendo) en las distintas esferas de la vida humana: lo social, político, económico, y, claro está, lo religioso. Ahora bien, hay dos aspectos que hoy quisiera acentuar.  Me refiero a dos frases que en cierta forma nos ayudan a entender parte del corazón de la tradición reforma. Una de las frases en latín es “Sola Scriptura, Sola Fide, Sola Gratia, Solus Christus, Soli Deo Gloria.” Es decir,

  • solo la Escritura es nuestra máxima autoridad en materia de fe y práctica;
  • solo por fe reconocemos y abrazamos el don de la salvación, el cual nos es dado solo por gracia;
  • solo Cristo es nuestro señor, salvador y rey;
  • y solo a Dios reconocemos y damos la gloria.

La otra frase distintiva de la tradición protestante es “ecclesia reformata, semper reformanda secundum verbum dei”. Es decir, la iglesia reformada debe siempre seguir reformándose, según la palabra de Dios. Reforma es, entonces, una vuelta a la fidelidad al estudio responsable y serio de las Escrituras Sagradas, para aprender y poner en práctica la Palabra de Dios contenida en ellas, de cara a los retos y oportunidades del contexto presente.

Aunque la fecha del 31 de octubre de 1517 es celebrada como el inicio de La Reforma y la figura de Martín Lutero es identificada muchas veces como el corazón del movimiento, nuestra conmemoración se quedaría corta si no tomamos en consideración otras importantes figuras. Los seguidores de Lutero llegaron a ser conocidos como “luteranos”.  Otros reformadores en principio estuvieron de acuerdo con las críticas que hizo Lutero a la Iglesia Romana de su tiempo, pero también comenzaron a tener algunas diferencias con él sobre asuntos de interpretación bíblica. Líderes como Ulrico Zuinglio, Heinrich Bullinger y Juan Calvino fueron puntales de dicho movimiento que llegó a conocerse como “tradición reformada”.

Donald McKim indica que “el término ‘Reformada’ surgió por un comentario de la reina Isabel I de Inglaterra, que dijo que los seguidores de Zwinglio y Calvino eran más ‘reformados’ que los luteranos, pues querían una reforma más exhaustiva de las prácticas de adoración basadas en su entendimiento de la Biblia.” (1)

McKim también indica que teología reformada se refiere a las creencias que enseñaron estos primeros reformadores, así como la tradición de sus seguidores luego de sus muertes, y que continúa hasta el día presente.  A la tradición reformada a veces también se le llama “teología presbiteriana”, ya que es la tradición que generalmente siguen las iglesias cuya forma de gobierno y organización gira alrededor de presbíteros o ancianos (docentes y gobernantes).

De La Reforma Protestante y la Tradición Reformada, nuestra Iglesia (IPEUA) recibe y hereda varios énfasis que vale la pena recordar:

  • el redescubrimiento de la gracia de Dios en Jesucristo, según es revelada en las Escrituras;
  • la afirmación de la majestad, santidad, y providencia de Dios quien, en Cristo y por el poder del Espíritu, crea, sostiene, gobierna y redime al mundo en la libertad de la justicia y el amor soberanos;
  • La elección del pueblo de Dios para servir, así como para salvación;
  • La vida en pacto marcada por una preocupación disciplinada por el orden en la iglesia según la palabra de Dios;
  • Una fiel mayordomía que rechaza la ostentación y busca el uso apropiado de los dones de la creación de Dios; y
  • El reconocimiento de la tendencia humana hacia la idolatría y la tiranía, lo cual llama al pueblo de Dios a trabajar por la transformación de la sociedad, mediante la búsqueda de la justicia y viviendo en obediencia a la Palabra de Dios. (2)

A manera de recapitulación - La Reforma no es algo que comenzó hace 5 siglos y terminó. La Reforma no es una pieza de literatura histórica para ser confinada a la biblioteca de un museo. La Reforma tiene que continuar el camino de transformación constante, en el tiempo presente y el futuro.  Soli Deo Gloria.

Referencias:
(1) Donald McKim, Preguntas Presbiterianas, Respuestas Presbiterianas (Louisville: WJK, 2018) Loc 282
(2) Iglesia Presbiteriana (EUA), El Libro de Orden, F-2.04 y F-2.05

sábado, 27 de octubre de 2018

Semillas de odio

La guagua de Cesar Sayoc.
Hace tiempo me he estado divorciando de la necesidad (natural o aprendida) de mantener "las apariencias". No me interesa ajustarme a moldes y expectativas por temor al "qué dirán".  Una cosa es la prudencia y otra cosa es vivir con hipocresía. Lo segundo es más fácil, especialmente en círculos religiosos. Lo primero es más difícil pues requiere madurez e integridad.

Con esto en mente comienzo estos breves pensamientos confesando que en tiempos pasados he hecho comentarios y chistes misóginos, xenofóbicos, racistas, islamófobos, antisemitas y homofóbicos. No voy a dar ejemplos aquí, pero aunque estos términos suenen técnicos o de vocabulario elevado, lo cierto es que son parte del pan de cada día en nuestra sociedad. ¿Quién no ha hecho o escuchado un cuento que comience con algo así "un puertorriqueño, un cubano y un dominicano estaban..."? Dependiendo del origen e intereses de quien cuenta el chiste, será el resultado humillante para quien es de distinta nacionalidad, raza, género, orientación sexual o religión. En esos contextos somos criados. En esos contextos ocurre nuestra socialización. Es la nefasta costumbre de sentirse bien a costas de menospreciar al otro (que usualmente se encuentra en alguna condición de desventaja frente a la "mayoría" normativa).

En otras ocasiones he perdido perdón públicamente por haber sido partícipe de esa costumbre. Pero no está demás decirlo otra vez. Ser varón, heterosexual, de tez clara, de religión cristiana, y de "buena presencia", casi de forma automática me sitúa en una posición de privilegio en comparación con las personas que son sometidas a burlas y humillaciones abiertas o solapadas. Ruego perdón a quienes sabiéndolo o sin saberlo fueron objeto de mi "bullying".  Es algo que lamento profundamente.

Hace años me encuentro en un proceso de re-aprendizaje y reorientación de mis visiones y percepciones de mundo. Acentúo que esto es un proceso (no se logra de la noche a la mañana) y que requiere intención (no ocurre de forma automática ni por arte de magia).  Es ahí donde re-descubrir al Jesús de los evangelios (que muchas veces es distinto al Jesús de la cristiandad) ha sido fuente inagotable de inspiración. Ese es el Jesús que reconoce la dignidad de cada ser humano. Ese es el Jesús que trata al prójimo con empatía y misericordia. Ese es el Jesús que levanta a los vulnerables y no consiente que los demás les pisoteen. Ese es el Jesús que se enfrenta a la hipocresía de los religiosos obsesionados con sus moralismos, sus dogmas y sus apariencias de piedad.

¿Por qué traigo todo esto ante nuestra consideración? Porque quiero crear consciencia en ustedes que me leen o me escuchan. Estamos viviendo un ambiente social-político-económico-religioso donde la hostilidad y la violencia verbal y física se han convertido en norma. Son tantas las ocurrencias de este fenómeno que nos vamos insensibilizando, nos vamos acostumbrando. "Otra masacre más".  "Otro tiroteo más". "Otra mujer maltratada". "Otro líder insultando a sus detractores". "Otra mentira xenofóbica en las redes sociales". Sucede con tanta frecuencia que se convierte en parte de la vida cotidiana.

Ayer se arrestó a un individuo que envió artefactos explosivos por correo a líderes y personalidades de un partido político distinto al suyo. Esta mañana ocurrió una masacre en una sinagoga motivada por un profundo sentimiento de antisemitismo. Hace algunos días un hombre blanco asesinó a dos personas negras en un supermercado, luego de haber intentado fallidamente atacar una iglesia afroamericana y se reporta al asesino diciendo que "blancos no matan a blancos". La retórica y discursos de odio ya son parte del "mainstream", es decir circulan abiertamente en los principales medios de comunicación, provenientes muchas veces de instituciones que debieran proveer ejemplo de cordura y civismo para la población. Basca con leer muchos de los "tweets" presidenciales y escuchar un rato lo que se proclama desde los micrófonos de sus "rallies" (concentraciones de campaña). Como sociedad estamos enredándonos en un remolino de hostilidades donde los extremos son normalizados y aceptados como algo común.

A estas alturas quizás pensemos que nosotros seríamos incapaces de "linchar" a una persona negra, o golpear a una persona homosexual, o entrar a una iglesia, mezquita o sinagoga y abrir fuego contra los feligreses con un arma automática. De seguro no lo haríamos. De eso no hay duda. El problema consiste en que quienes sí lo hacen no comenzaron actuando de formas extremadamente violentas, porque el árbol del odio, robusto e imponente, comienza con una pequeña semilla. A eso es que le llamo las semillas de odio. El individuo que le pega a su esposa, alguna vez de pequeño escuchó que "cuando un nene le halan el pelo a una nena es porque le gusta".  Quien ataca a una pareja gay que se encuentra por la calle, alguna vez hizo chistes sobre "las mariposas".  Quien agrede a judíos o musulmanes, alguna vez compró el discurso de que "los judíos mataron a Cristo" o "los musulmanes quieren asesinar a los cristianos".  No se empieza con balas y puños, se comienza con un chistecito, un comentario, una mirada... "cositas inocentes que supuestamente no hacen daño a nadie".

Amigas y amigos, no es tarde para rectificar. Aún no hemos sido consumidos del todo en el torbellino de la hostilidad. Rompamos el ciclo de la violencia. Cortemos el combustible que alimenta todo tipo de odio y desprecio. Cambiemos la dirección. No demos lugar a chistes o conversaciones que desvaloran al otro ser humano. No avalemos la costumbre de andar poniendo apodos denigrantes. Reconozcamos y respetemos la diversidad humana. Celebremos la imagen de Dios en cada persona. Busquemos atemperar nuestra forma de pensar, hablar y actuar a la luz del reino de Dios, mostrado en el carácter de Jesucristo.

"Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios." (Mateo 5:9 NVI)

viernes, 12 de octubre de 2018

Suicidio: Algunas consideraciones pastorales

El tema del suicidio es uno sumamente complejo por la multiplicidad y diversidad de emociones que quedan en los seres queridos de quien se suicida.

El tema se torna aún más complejo cuando entran consideraciones teológicas y de fe.  La creencia generalizada en la cristiandad (independientemente la denominación o iglesia) es que la persona que se quita la vida sufrirá el castigo eterno, irá al infierno, etc.  Yo suelo ser cauteloso con este tipo de creencias por varias razones.

En primer lugar, indistintamente de lo que muchos digan, La Escrituras Sagradas nada dicen sobre el tema del suicidio. Los casos de suicidio que se registran en las narraciones bíblicas son informados simplemente sin emitir juicio valorativo al respecto. Cualquier juicio es mera inferencia o especulación del lector. 

En segundo lugar, solo a Dios le corresponde el papel de juzgar, condenar y/o salvar.

En tercer lugar, tomando en consideración mi conocimiento de las ciencias de la conducta humana, he llegado a entender que la persona que se quita la vida, lo hace bajo la influencia de un estado de salud mental/emocional quebrantada (breve o prolongado). Es decir, una persona en su sano juicio difícilmente atentaría contra su vida, pues el ser humano tiene en sí mismo un instinto de supervivencia, lo que quiere decir es que la tendencia humana es a buscar sobrevivir, no a buscar morir. Una persona que se suicida, sin razón aparente, por lo general se encontraba en un gran estado de perturbación, desesperación y angustia, aunque nadie más lo sospechara.  Es ahí donde me parece pertinente la pregunta: ¿Condenaría un Dios misericordioso a una persona que ha tomado una desafortunada decisión fuera de (aunque sea solo por un momento) de sus capacidades mentales? ¿No fue el mismo Jesús quien oró diciendo "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen"?  Las Sagradas Escrituras hacen énfasis en la gracia y la misericordia de Dios.  Ante una circunstancia tan complicada como la muerte de una persona por causa del suicidio, yo prefiero, en lugar de emitir juicios u opiniones condenatorias, confiar en que el amor y la gracia del Señor es más poderoso que cualquier concepto o idea que nosotros podamos tener.

Claro está, lo más importante para la familia en duelo es que puedan procesar su tristeza de manera apropiada. Es prudente incluso buscar grupos de apoyo con otras personas que han perdido familiares por el suicidio. También es prudente buscar ayuda profesional (consejeros, psicólogos), además de la ayuda espiritual de la comunidad de fe.

El mejor apoyo que podemos brindar a personas que hayan enfrentado la pérdida de un familiar a causa del suicidio, es acompañarles en su dolor, que se puedan desahogar, orar con y por ellos, y, si son creyentes, afirmar la gracia y el perdón del Señor. “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:38-39).

IMPORTANTE: Si usted, o alguna persoona cercana tiene o ha sentido inclinaciones a quitarse la vida o se encuentra en gran estado de angustia, procure ayuda inmediatamente de algún proveedor de salud.  Puede también contactar a Lifeline pulsando este enlace. o llamando al 1-888-628-9454