miércoles, 14 de abril de 2021

Ubuntu

Les comparto aquí una reflexión que recientemente leí y llamó mucho mi atención. Se titula UBUNTU y su autora o autor es desconocido. Dice así:

Un antropólogo intentó probar un juego con unos niños de una tribu africana. Colocó una canasta llena de frutas deliciosas junto al tronco de un árbol, y les dijo: “El primer niño que llegue al árbol y toque la canasta, se ganará toda la fruta.”

Cuando el antropólogo les dio la señal de inicio, y pensó que iban a correr para ganarse la fruta, se sorprendió de que comenzaran a caminar todos juntos, tomados de las manos, hasta que llegaron al árbol... juntos tocaron la canasta, y compartieron la fruta.

Él les preguntó por qué hicieron eso, si cada uno de ellos pudo haber conseguido la canasta de fruta solo para sí o para repartirla con sus familias. Los niños respondieron todos juntos y a una sola voz: “UBUNTU”.

El antropólogo intrigado comenzó a indagar entre los adultos de la tribu: resulta que “Ubuntu” en el lenguaje de su civilización significa: “yo soy porque todos somos...”

Es decir, según la educación que recibieron de sus padres y abuelos, “¿cómo puede sólo uno de nosotros ser feliz, mientras todos los demás son miserables?”

Esta tribu —que algunos llamarían “sin educación”—  conoce el secreto de la cooperación y la solidaridad, que se ha perdido en todas las sociedades que la trascienden, y que se consideran a sí mismas como “sociedades civilizadas”. UBUNTU.

Me parece que esta sencilla reflexión refleja adecuadamente el mensaje que el Salmo 133 nos comparte. El tema principal de este breve poema es la unidad. El término hebreo “ya·ḥaḏ” aquí es traducido como “convivir en armonía” (v. 1). Es notable que varias de las principales traducciones de la Biblia al Español hayan seleccionado la palabra “armonía” para enfatizar ese sentido de unidad. En el mundo musical “armonía” no implica que todas las voces e instrumentos produzcan las mismas notas y melodías, sino que se combinan simultáneamente para formar un sonido concertado y agradable. El salmista compara esa unidad con el perfume sacerdotal (v. 2) y con el rocío mañanero (v. 3).

Lo contrario de esa armonía es el estilo de vida que solo se ocupa de sí mismo, sin pensar ni actuar en pro del bienestar de otros: esa existencia cuyo móvil es —como dice el refrán— “Ande yo caliente, muérase la gente”. El Evangelio nos llama a romper el ciclo individualista y ególatra con el que el mundo nos ha adoctrinado. El ejemplo de vida que encontramos en Jesucristo nos llama a esforzarnos en contribuir a la convivencia armoniosa. Allí, como celebra el salmista, “el Señor concede bendición y vida eterna.” Amén.

martes, 26 de enero de 2021

El Quinto Evangelio

Es absurda la contradicción existencial de quienes utilizan constantemente los textos bíblicos para injuriar, condenar, infamar y devaluar a otras personas y se atreven llamarle a eso "evangelio".  El término "evangelio" significa "buena noticia" y evidentemente su discurso iracundo es de todo menos "buena noticia".

Ciertamente «el evangelio según los santos evangélicos» (como le llamó Juan Carlos Ortiz) difiere muchísimo del evangelio según Marcos, Mateo, Lucas y Juan.  Ese quinto "evangelio" se aparta dramáticamente de lo que Jesucristo enseñó, predicó y practicó.  Ese quinto evangelio, bajo un camuflaje de superioridad moral, pisotea la gracia, la caridad y la compasión. 

Los heraldos de ese quinto evangelio menosprecian, intimidan y acosan a "los pecadores" y luego se atreven a decir que los aman. Se especializan en mirar la paja en el ojo ajeno e ignorar la viga en el propio. En su arrogancia se adjudican el derecho de juzgar al prójimo. Actúan como aquel fariseo que oraba consigo mismo diciendo: «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano...» (Lucas 18.11). 

Los religiosos leguleyos de los tiempos de Jesús lo criticaban llamándolo «amigo de publicanos y pecadores» (Mateo 11.19).  Pues bien, lo que para ellos era un insulto, a fin de cuentas es la mejor descripción de la gracia de Cristo en acción: «Este recibe a los pecadores y come con ellos» (Lucas 15.2).  Esa es la buena noticia, ese es el evangelio. Cualquier otra cosa, como decía Pablo de Tarso, «sea anatema» (Gálatas 1.8-9).  

A esos ciegos guías de ciegos, sepulcros blanqueados, religiosos(as) pedantes, las palabras de Jesús de Nazaret les confrontan hoy como lo hicieron en el pasado: «De cierto os digo que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios» (Mateo 21.31).

- 1.25.13

miércoles, 13 de enero de 2021

Cuando Jesús vio que estaban dispuestos a hacerlo rey a la fuerza...

No es la primera vez que públicamente me pronuncio sobre acontecimientos de la vida política y civil en la nación. Ejemplo de ello lo encontramos en «Pastoreando republicanos, demócratas y otros especímenes» (publicado en el 2012 y actualizado en el 2016) y más reciente, en «Y a Dios lo que es de Dios» (publicado en Octubre del 2020). En múltiples ocasiones he planteado que el matrimonio entre religiosos y políticos tuvo como resultado la condena y la ejecución de Jesús a manos del poder imperial de su tiempo. Igualmente, he planteado y sigo planteando que para las discípulas y discípulos de Jesucristo no puede haber lealtad mayor que la del reino de Dios. Y en caso de que haya alguna duda en la audiencia de este breve ensayo, vuelvo a plantear que para las discípulas y discípulos de Jesucristo no puede haber lealtad mayor que la del reino de Dios.

Dicho esto, desde mi quehacer teológico pastoral y profético, tengo el deber de repudiar las acciones violentas ocurridas el 6 de enero de 2021 en Washington, DC. Me resulta preocupante la ruptura del contrato social observada en numerosos sectores allí representados. Para fortalecer la democracia es imperativo que toda la ciudadanía respete el libre ejercicio del voto y los resultados electorales. Eso es un principio básico que todas y todos los ciudadanos tenemos que proteger, aunque no siempre simpaticemos con los funcionarios electos. Lo ocurrido en predios del Capitolio es un craso atentado contra la libertad y los valores de la democracia en una sociedad plural como la nuestra. La república Estadounidense depende de un sistema de pesos y contrapesos entre la Rama Legislativa, la Rama Ejecutiva y la Rama Judicial. Lo que observamos el 6 de enero constituye un ataque violento contra la Rama Legislativa, alentado por la cabeza de la Rama Ejecutiva, en abierta negación de la Constitución que en el 2016 juramentó defender. No obstante, no pienso aquí hacer un análisis legal-político-económico de la situación. Dichos análisis los podemos leer en otros medios. Mi acercamiento se da desde el plano teológico, específicamente desde la espiritualidad cristiana. 

Muchas de las cosas ocurridas me resultan perturbadoras, pero lo que más me perturba es observar la cantidad de personas que justifican la violencia y el uso de la fuerza, aludiendo a la fe cristiana como fuente de inspiración. Cuando la gente confunde el «reino de Dios» con los «reinos» del mundo, el Nombre de Dios es tomado en vano, desacreditado y blasfemado. Con sus acciones niegan las enseñanzas y el ejemplo del Cristo que dicen seguir. Si realmente nos identificamos como seguidoras y seguidores de Cristo Jesús, entonces debemos prestar cuidadosa atención a su ejemplo. Cuenta el Evangelio Según Juan que, en una ocasión, luego de presenciar un impresionante milagro, la respuesta de la gente fue enérgica y entusiasta en gran manera (Juan 6.14-15 NTV):

La gente, al ver la señal milagrosa que Jesús había hecho, exclamó: «¡No hay duda de que es el Profeta que esperábamos!». Cuando Jesús vio que estaban dispuestos a hacerlo rey a la fuerza, se escabulló hacia las colinas él solo.

Leamos nuevamente la oración: "Cuando Jesús vio que estaban dispuestos a hacerlo rey a la fuerza, se escabulló hacia las colinas él solo."  El Señor Jesucristo rechazó la violencia como mecanismo para establecer el reino de Dios: ¿Qué nos hace pensar que le daría el visto bueno al uso de Su Santo Nombre en una insurrección dirigida a subvertir el proceso democrático y mantener en el poder a un iracundo gobernante caracterizado por ideologías contrarias a los valores del reino de los cielos?

La intimidación, el acoso, y el constante ataque verbal (y ahora, físico) que se ha observado en estos tiempos, aún con Biblias en las manos, no son marcas que identifican el camino mostrado por Cristo. Consideremos el siguiente pasaje que nos ofrece una mirada al corazón y la mente del Señor (Mateo 20.25-28 RVC):

Entonces Jesús los llamó [a los discípulos] y les dijo: «Como ustedes saben, los gobernantes de las naciones las dominan, y los poderosos les imponen su autoridad. Pero entre ustedes no debe ser así. Más bien, aquel de ustedes que quiera hacerse grande será su servidor; y aquel de ustedes que quiera ser el primero, será su esclavo. Imiten al Hijo del Hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.»

Los desafíos del tiempo presente, así como los desafíos del mundo mediterráneo en el Siglo Primero, urgen que cada una de las personas que profesamos seguir el camino de Cristo pongamos en balanza nuestras lealtades. Ningún partido político, líder o ideología puede ir por encima de lo que Cristo enseñó y practicó. Y reafirmo: para las discípulas y discípulos de Jesucristo no puede haber lealtad mayor que la del reino de Dios. Seamos luz del mundo y sal de la tierra. Vivamos y practiquemos cada día el ejemplo que Jesucristo nos dejó. Hay demasiado odio en el mundo. Oremos por la concordia, trabajemos por la paz y la justicia, renovemos nuestro caminar en el Espíritu del Señor con la esperanza de tiempos mejores. Amén.

jueves, 10 de diciembre de 2020

Mientras tanto

"Pero no olviden, amados hermanos, que para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. 9 El Señor no se tarda para cumplir su promesa, como algunos piensan, sino que nos tiene paciencia y no quiere que ninguno se pierda, sino que todos se vuelvan a él." (2 Pedro 3.8-9) [Pulse aquí para continuar la lectura del pasaje bíblico completo.]

Han pasado 39 semanas desde que lo que considerábamos “normal” en nuestro diario vivir fue interrumpido por la pandemia en el Sur de la Florida. Muchas personas pensaron que sería cuestión de unas pocas semanas, quizás unos pocos meses, antes de regresar a nuestra normalidad. Otros pensábamos que no se trataba de algo pasajero, sino de un periodo de tiempo más extenso. Sea como sea, ya han transcurrido nueve meses que dejan sentir su peso creciente sobre nuestro estado de ánimo. Más aún, la noticia de las vacunas que están siendo aprobadas para uso general, queda empañada con la realidad de que pasarán muchos meses antes de que estén disponibles para la mayoría de la población. Mientras tanto, seguiremos esperando...

Esto nos trae a la esencia de la temporada de Adviento: la espera. Según el testimonio bíblico en el Antiguo Testamento, los hebreos esperaban el fin de su cautiverio en Babilonia --cosa que tomó entre 50 y 70 años en ocurrir. Igualmente, las profecías mesiánicas tardaron cerca de 500 años en ver su anhelado cumplimiento con el nacimiento de Jesucristo. Al considerar estas cosas no puedo evitar pensar que 9 meses son un abrir y cerrar de ojos en comparación con lo que el Adviento conmemora. Según el testimonio bíblico en los escritos del Nuevo Testamento el pueblo cristiano se encontraba a la espera del regreso del Señor. Las primeras cristianas y cristianos tenían la idea de que serían testigos presenciales del regreso del Señor. No obstante, pasaba el tiempo y el Señor no aparecía... pasaron los años, seguía muriendo la primera generación de creyentes sin escuchar el estruendo de una trompeta ni ver el cielo abrirse para dar paso al glorioso momento... 

Les comentaba recientemente que la espera desespera. En el mundo de los restaurantes de comida rápida, los hornos de microondas, y la internet de alta velocidad, la espera no es vista como una virtud, sino como una pesada carga. Si lo que queremos que ocurra, no sucede en el periodo de tiempo que queremos, nos desanimamos, nos frustramos, y nos irritamos al punto de contender y lastimar a aquellas personas que debiéramos apoyar y consolar.

La carta bíblica que hoy leemos fue escrita a finales del Primer Siglo para comunidades cristianas que estaban siendo bombardeadas por la incertidumbre de no haber visto lo que esperaban. Incluso se indica que enfrentaban la mofa de gente que se burlaba preguntando “¿Qué pasó con la promesa de su venida?” (3.3-4). El autor de la carta responde pastoralmente recordando a la audiencia que (1) el tiempo de Dios es diferente al tiempo del ser humano y (2) la actuación divina no es motivada por el juicio, sino por la clemencia. 

De este modo, el pasaje bíblico constituye una invitación a enfocar la atención, no tanto en el “cuando”, sino en el “mientras tanto.” El texto parte de la premisa de que desconocemos la duración del tiempo de espera, pero podemos hacer algo durante la espera -- “vivir una vida santa y dedicada a Dios” (3.11) y hacer “todo lo posible para que Dios [nos] encuentre en paz, intachables e irreprensibles” (3.13). El tiempo y la eternidad le pertenecen al Señor, y nuestras vidas están en sus manos. Transformemos la espera en oportunidad para alimentar nuestra fe y cultivar nuestra relación con Dios y con el prójimo.

Soli Deo Gloria.

miércoles, 21 de octubre de 2020

Y a Dios lo que es de Dios


 La Escritura: Mateo 22:15-22

“Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” -- esta es una de esas expresiones de Jesús que trasciende lo eclesial y se ha convertido en parte de la cultura popular. Cuando una frase bíblica pasa a ser patrimonio de la cultura popular, usualmente pierde su fuerza y se pierde su significado. Eventualmente se convierte en un cliché que repetimos queriendo decir algo --aunque ese algo diste mucho de la intención original del dicho. A través de los años he escuchado muchas veces esta frase como justificación en sermones sobre “el deber ciudadano” de pagar impuesto, respetar y obedecer a las autoridades, adoptar la díada de “Dios - Patria”. “Den al César lo que es del César”, a la larga viene a ser una domesticación del mensaje y la enseñanza radical de Jesús. Por ello, como de costumbre, es indispensable regresar al texto bíblico y considerarlo en su contexto.

Lo primero que debemos observar al leer este episodio del Evangelio Según Mateo es la mención del junte entre los fariseos y los herodianos (vv. 15-16). Los fariseos representan un movimiento principalmente religioso, mientras que los herodianos representan un movimiento de carácter político (seguidores y partidarios de Herodes Antipas). La razón por la que ambos movimientos se juntan es para tender una trampa a Jesús. En varias ocasiones he dicho, y seguiré diciendo, que el matrimonio que muchas veces vemos entre religiosos y políticos es una afrenta a las enseñanzas de Jesús sobre el reino/reinado de Dios. Esto no quiere decir que la religión y la política no compartan la responsabilidad de contribuir al bienestar común. “Separación entre Iglesia y Estado” no significa que el pueblo creyente deba renunciar a sus deberes y derechos como parte de la sociedad civil. Sin embargo, por siglos hemos visto que cuando la religión y la politiquería se combinan el resultado es bochornoso y desastroso, y termina perjudicando a las personas más vulnerables (las enfermas, las pobres, las envejecientes, las mujeres, la niñez, las comunidades marginadas y excluidas). Basta con conocer la historia de la civilización occidental para observar las atrocidades y desatinos que los imperios del mundo han tenido con la “bendición” y el aval de la cristiandad. Particularmente, en el año eleccionario, volvemos a ver el trillado desfile de políticos visitando templos y participando de cultos, misas y otras actividades religiosas, utilizando lenguaje camuflajeado de piedad para pescar votos entre las comunidades de fe. No caigamos en las trampas de estos “lobos vestidos de ovejas”. No seamos víctimas de la ingenuidad... De ingenuo, Jesús no tenía ni un pelo. Por el contrario, el Señor nos dio el ejemplo de lo que es ser “sencillos como palomas y prudentes como serpientes” (Mt 10.16).

Lo segundo que debemos observar tiene que ver con el contenido de la pregunta que le hicieron a Jesús. La mención del César no debe ser pasada por alto sin un riguroso escrutinio. “César” era el nombre que se daba al Emperador romano. El imperio romano era la potencia mundial que dominaba la región mediterránea, incluyendo la zona de Judea. De modo que “César” representa la ocupación, la opresión, la tiranía y la idolatría. Más aún, la moneda(*) que le muestran a Jesús (vv. 19-20), además de la imagen del emperador, tenía grabada la siguiente inscripción: “Tiberio César Augusto, hijo del divino Augusto.” El culto al emperador como divinidad era algo que se fomentaba en el imperio romano y sus territorios. Conociendo este dato, entonces, al César sólo hay una cosa que se le puede dar: el rechazo a reconocerle y seguirle como “señor y dios.”

Lo tercero que debemos observar es que la pregunta --que nada tiene que ver con la responsabilidad ciudadana de una democracia moderna-- estaba enfocada en la persona del “César”, pero la respuesta de Jesús cambió el enfoque del asunto al introducir la expresión “y [den] a Dios lo que es de Dios” (v. 21). Ese cambio en el enfoque es algo a lo que debemos prestar cuidadosa atención. Ahora que estamos en pleno tiempo eleccionario, las pasiones político-partidistas se exacerban... Vemos gente que sigue a sus caudillos políticos con una intensidad que bordea peligrosamente en lo idolátrico: rompen relaciones con amistades y familiares por causa del fanatismo político; demonizan y deshumanizan a quienes piensan de forma distinta, y en lugar de ver y tratar a quienes discrepan como conciudadanos (gente que comparte la misma tierra, la misma nación, el mismo espacio) les ven como enemigos a los cuáles destruir...  Quienes seguimos a Jesucristo no debemos obrar de la misma forma. La expresión “a Dios lo que es de Dios” es un recordatorio de que para la cristiana y el cristiano no puede haber mayor lealtad, entrega y dedicación que la que debemos al reino/reinado de Dios --algo que va más allá de candidatos, ideologías y partidos políticos... Nuestro hablar y actuar debe ser reflejo y testimonio del amor de Dios por toda la humanidad. Entonces, a la luz de todo esto, debemos preguntarnos cada día: ¿Estamos verdaderamente dando a Dios lo que es de Dios?

Soli Deo Gloria.


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(*) Malina, Bruce J. & Richard L. Rohrbaugh, Social Science Commentary on the Synoptic Gospels, Fortress Press, Minneapolis, 1992, p.137


miércoles, 26 de agosto de 2020

Todo lo que respira

«¡Que todo lo que respira alabe al Señor! ¡Aleluya!» -- Salmo 150.6

[Una breve reflexión sobre la adoración a Dios en tiempos de aislamiento y cuarentena*]

La lectura completa: Salmo 150

El Libro de los Salmos es básicamente un himnario o cancionero. Desafortunadamente no tenemos acceso a las melodías con las cuáles se cantaban los salmos, pero tenemos acceso al mensaje contenido en dichas composiciones. Aunque muchos de los Salmos se atribuyen al rey David, los Salmos no son producto de un solo autor, sino de muchos autores en diversos tiempos, lugares y circunstancias. De modo que viene a ser una colección de poemas --en su mayoría oraciones-- que reflejan diversas etapas de la vida humana comunitaria en relación con Dios.  

El Salmo que hoy consideramos da cierre a la obra completa con una contundente exhortación a la adoración a Dios. Su primera invitación o llamado es a alabar a Dios “en su templo” (v .1), pero no lo limita al recinto del templo, sino que lo extiende hacia “la majestad del firmamento.”  De esta manera el salmo nos está recordando que la adoración a Dios no está confinada a un momento o espacio específico, sino que Dios debe ser alabado en todo tiempo y todo lugar. 

Esto cobra especial pertinencia en estos tiempos que --por razones de salud pública-- no es prudente congregarnos en un mismo espacio. Por muchas de nuestras mentes seguramente habrá pasado una pregunta muy legítima: “¿Puede haber adoración si no estamos juntos en el templo?” La respuesta que recibimos del Salmo es un rotundo “sí.”  Mucho antes de la pandemia y las cuarentenas hemos enseñado que la adoración no es algo que usted viene (al templo) a ver, sino algo que todas y todos debemos hacer. Al culto de adoración a Dios le llamamos «liturgia», un término griego que significa “la obra comunitaria, la obra del pueblo.” Con esto en mente, cada semana nuestra iglesia local ha estado distribuyendo recursos escritos que nos pueden guiar en la experiencia de adoración. Al utilizar estas guías de facto afirmamos la unidad espiritual de la iglesia, aunque estemos físicamente distanciados. Al elevar las oraciones, leer las Escrituras y recibir el sermón o la reflexión, debemos hacerlo con la conciencia de que hermanas y hermanos en otros lugares también lo están haciendo. Al disponernos a separar un tiempo en la semana para la adoración, allí en la intimidad del hogar, debemos rogar a Dios que cada una de nuestras hermanas y hermanos también sean edificados en la fe cuando participen desde sus respectivos lugares. Nuevamente, la adoración a Dios no es algo que miramos como meros espectadores como quien mira una película o programa de televisión; la adoración a Dios es algo de lo cual todas y todos debemos participar.

El Salmo 150, luego de exhortar a alabar a Dios en todas partes (vv. 1-2), hace mención de todos los instrumentos musicales conocidos en su tiempo (vientos, cuerdas y percusión, vv. 3-5), y culmina con una expresión de inclusión absoluta (v. 6): “¡Que todo lo que respira alabe al Señor! ¡Aleluya!” Dejemos que dicha expresión se asiente en nuestras mentes y corazones: todo lo que respira alabe al Señor... “Todo lo que respira” es un llamado que no excluye a nadie: tú y yo, doquiera que estemos somos convocados a elevar nuestras alabanzas al Señor, nuestro Creador, Redentor y Sustentador.

Soli Deo Gloria.

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(*) Esta reflexión fue publicada originalmente para la Primera Iglesia Presbiteriana Hispana en Miami, el Miércoles 26 de agosto de 2020.