viernes, 26 de octubre de 2012

Pastoreando republicanos, demócratas y otros especímenes

Al acercarse las elecciones generales en los Estados Unidos, hay un mensaje que quiero estipular claramente.  Lo he expresado en varias ocasiones, pero de vez en cuando no viene mal un recordatorio, particularmente cuando hay quienes suelen olvidarlo... Como pastor, no es mi función endosar públicamente candidato ni partido político alguno.  No es mi función decir ni insinuar ni recomendar a mi feligresía que vote por tal o cual persona. Considero que eso es un flaco servicio al Evangelio de la gracia de Dios en Cristo y una falta de respeto a mi vocación pastoral.  Mi deber es pastorear a todas las personas, indistintamente de cuáles sean sus preferencias particulares. No voy a dejarme arrastrar por el juego de quienes pretenden que yo "le eche la bendición" a su candidato de preferencia.

Claro está, esto no significa que los cristianos no debamos participar activamente en el quehacer de nuestra sociedad.  No hemos sido llamados a alienarnos del mundo, sino a dar testimonio en el mundo.  Nuestra Iglesia enseña que «La obra redentora de Dios en Jesucristo abarca la totalidad de la vida del ser humano: lo social y lo cultural, la economía y la política, lo científico y lo tecnológico, lo individual y lo corporativo» (Confesión de 1967, 9.53). Damos testimonio del reino de Dios y la gracia divina cuando nos involucramos buscando el bienestar para todas las personas en un marco de justicia, equidad, y paz.

El sistema democrático representativo que gozamos en nuestra sociedad es algo que debemos cultivar, defender y mejorar.  Una de las herramientas que la democracia nos otorga es el derecho al voto.  Por medio del voto -que además de ser un derecho, es también un deber- podemos hacer constar nuestro sentir como ciudadanos en cuanto a los destinos del país.  Vayamos a las urnas con un sentido de responsabilidad ciudadana.  Busquemos documentación adecuada.  Leamos las ideas, propuestas y plataformas de gobierno de los partidos, las cuáles se encuentran disponibles en la internet. (Un recurso para comenzar la investigación es "2016 Presidential Candidates", pero no nos conformemos sólo con una fuente de información. Hay muchas.) Una de las peores cosas que nos puede pasar como nación es contar con una ciudadanía desinformada o malinformada.  Atrevámonos a romper con los fanatismos y apasionamientos que muchas veces ahogan la razón y la sensatez.  Es indispensable educarse e informarse.

Por encima de todo, nuestra participación ciudadana debe darse en el marco de un profundo sentido de oración.  Uno de los autores bíblicos hace la siguiente exhortación: «Ante todo recomiendo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias a Dios por toda la humanidad. Se debe orar por los que gobiernan y por todas las autoridades, para que podamos gozar de una vida tranquila y pacífica, con toda piedad y dignidad. Esto es bueno y agrada a Dios nuestro Salvador...» (1 Timoteo 2.1-3 DHH).  Desde la fe cristiana afirmamos que nuestra lealtad al reinado de Dios va por encima de las consideraciones, intereses y lealtades político-partidistas.  Demos, pues, ejemplo del amor y la gracia divina para «toda la humanidad» ... y eso incluye a republicanos, demócratas y otros especímenes.


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2016-04-12. Actualizado con enlace a información sobre elecciones presidenciales del 2016.

lunes, 22 de octubre de 2012

No descartes ese teléfono

NOTA: Esta entrada a mi blog no tiene que ver directamente con asuntos de fe y religión, no obstante, la comparto pues a fin de cuentas el ser humano es un ser integrado.  Muchas veces hacemos tanta separación entre "lo espiritual" y "lo material" que se nos olvida que todavía vivimos en el planeta tierra.

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Con eso en mente te comparto un consejo no solicitado: no tires a la basura ese teléfono "viejo".  Con la velocidad en que se mueve el mercado de consumo tecnológico, cambiar de teléfono celular cada año o cada dos años se convierte en costumbre (y, en algunos casos, en obsesión).  Cuando estás aprendiendo a manejar bien el que tienes, ya la compañía está anunciando el lanzamiento de un modelo nuevo que "hace" algo que el que tienes no puede hacer.  Por lo general es algo irrelevante como que el nuevo puede eliminar el efecto de ojos rojos en las fotos o tonteras por el estilo.

Sea por la compulsión a estar "in" con el último grito de la moda tecnológica o porque simplemente cambiamos de proveedor celular, lo cierto es que terminamos siendo dueños de un equipo "obsoleto" o "viejo" (particularmente si tiene dos o más años de edad, en el mundo tecnológico se considera un "dinosaurio").  Pues bien, repito mi consejo: no tires a la basura ese teléfono "viejo", particularmente si su sistema operativo es Android y tiene capacidad de conexión wi-fi.  En otras épocas los teléfonos solamente tenían la capacidad de hacer y recibir llamadas, pero de unos años para acá los teléfonos son computadoras en miniatura.  Aún conservo un teléfono modelo "My-Touch 3G", lanzado por la compañia T-Mobile.  Hace como 10 meses que no lo usaba pues al cambiar de proveedor celular de PR a Miami tuve que cambiar de número telefónico, contrato nuevo, etc.  Mi "viejo" My-Touch estaba guardadito en su caja y almacenado (tengo sentimientos especiales para las "reliquias" tecnológicas).  Francamente no pensaba que lo volvería a usar, sin embargo, el teléfono de mi esposa sufrió un aparatoso accidente, y el teléfono "viejo" vino al rescate por un tiempo.  Luego de ello, le he encontrado uso como "media player" (reproductor musical).  Esa es una de las ventajas de estas computadoras en miniatura.  Le actualicé la programación, lo conecto a la internet via wi-fi, lo conecto por cable al amplificador de la sala, activo la aplicación Pandora y "voilá": disfruto de música ininterrumpida por horas.

Cuando no lo utilizo como reproductor musical, aún le puedo dar uso como lector de libros con la aplicación de Amazon Kindle, también leo/contesto emails, chequeo Facebook, etc.  Sigue teniendo todas las funciones propias de la plataforma Android, y me conecta con el mundo por medio del wi-fi -sólo que ya no lo uso propiamente como teléfono.

De esta manera  un equipo que hubiese terminado en el olvido (o en un zafacón) adquiere un nuevo propósito(s) que extenderá por mucho su vida útil.

jueves, 18 de octubre de 2012

Y el mar se calmó


«Dicho esto, echaron a Jonás al mar, y el mar se calmó. Al verlo, los marineros sintieron una profunda reverencia por el Señor, y le ofrecieron un sacrificio y le hicieron promesas. Entre tanto, el Señor había dispuesto un enorme pez para que se tragara a Jonás. Y Jonás pasó tres días y tres noches dentro del pez.» (Jonás 1.15-17 DHH)

Pocas historias son tan ricas en significado y proveen materia prima para tantas aplicaciones como la historia bíblica del profeta Jonás. Grandes sectores de la cristiandad la ven como un relato “histórico”, aún cuando hay suficiente evidencia (p.ej. el uso de ironía, sátira, hipérbole, repetición, humor, etc.) como para catalogarla como una parábola o una novela didáctica de la antigüedad. Esto, por supuesto, no mina en nada su cualidad de escritura sagrada ni su capacidad para proveer enseñanzas que son tan útiles hoy como lo fueron en el pasado.

La narración presenta a Jonás, un profeta del Señor llamado a ir a la ciudad de Nínive (Persia) a dar un anuncio de parte de Dios.  Jonás, en lugar de obedecer, procura irse en dirección contraria, huyendo del Señor.  Se embarca rumbo a Tarsis y a mitad de viaje se desata una fuerte tempestad que lleva a la tripulación a llenarse de miedo.  Asustados toman varias medidas: invocan a sus respectivos dioses, arrojan la carga al mar, y, siguiendo sus creencias echan suertes con el fin de identificar el causante de tal problema. Jonás, una vez señalado como el “culpable”, confiesa lo que ha hecho y cómo eso ha provocado la ira divina.  Como solución Jonás termina siendo arrojado por la borda al mar... «y el mar se calmó» (1.15).

No es mi intención aquí plantear que los fenómenos de la naturaleza sean un “castigo divino”. Los fenónemos naturales son eso mismo: naturales.  Sin embargo, esta pieza literaria, por medio de su trama magistralmente narrada nos inspira a formular algunas reflexiones.  Metafóricamente hablando, a veces necesitamos la sacudida de una “tormenta” para detenernos a reflexionar sobre los cambios que necesitamos hacer en nuestras vidas.  Ese momento, el del susto, el de la preocupación, el de la ansiedad, el de la incertidumbre que azota nuestra vida como las fuertes olas de una tormenta marina lo hacen con el barco, provee una oportunidad única para hacer introspección: ¿qué cosas tenemos que “arrojar” de nuestro barco? ¿Qué elemento(s) están presentes que no debieran estar? ¿Qué factores nos han llevado a la encerrona tormentosa? ¿Cómo podemos hacer nuestra embarcación más “liviana” para que no tenga que naufragar?  No permitamos que el barco se nos hunda por aferrarnos a la presencia de elementos que a todas luces nos llevan rumbo al fracaso personal, familiar o institucional.  Quizás sea alguna idea, alguna actitud, alguna relación o alguna práctica lo que se ha convertido en ese lastre cuyo único resultado será llevarnos a la ruina.  Ese lastre es lo que tiene que ser descartado
lo antes posible: sólo así el barco podrá sobrevivir la tormenta.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Es cierto porque lo vi en la TV

Al momento de escribir estas líneas tengo 42 años.  Pertenezco a la llamada “Generación X”. Mi niñez y adolescencia fueron nutridas por la cultura de los años 70’s y 80’s. Vi nacer los video juegos, la computadora personal, los Sony “walkman”, las video grabadoras VHS, los teléfonos portátiles, los CD players y otras tantas cosas. Como muchos otros niños(as), tuve la oportunidad de participar en juegos de naturaleza física, en el patio y en la calle, pero a la misma vez pasar mucho tiempo frente al televisor. Mi visión de mundo incluía una noción de la historia en la que los “indios” eran salvajes y malos mientras que los “vaqueros” (blancos) eran civilizados. Recuerdo que cuando jugaba con amiguitos en la escuela y en el barrio, nadie quería ser de los “indios”, todos queríamos ser “vaqueros”. Todo el mundo “sabía” que los indios eran malos, lo veíamos en la TV. Luego entendí que eso de “indios” y “vaqueros” pertenecía al pasado del “Viejo Oeste” americano, era materia para los libros de historia.

Pero en el tiempo de mi adolescencia enfrentábamos otra realidad, aprendí que los rusos sí eran malos, querían conquistar el mundo y destruirlo por medio de bombas atómicas. Y, claro está, tenía que ser cierto, porque lo vi en la TV. En la mayoría de las películas y series televisivas “los malos” de alguna manera estaban asociados con la extinta Unión Soviética. Los soviéticos inventaron un avión supersónico llamado “Firefox” que hábilmente Clint Eastwood logró robar. Junto con los cubanos y nicaragüenses, los rusos invadieron una escuela en “Red Dawn” --gracias a Dios por Patrick Swayze y Charlie Sheen, quienes los lograron vencer. Hasta intentaron dominar el boxeo cuando aquel temible gigante de nombre Ivan Drago mató a Apollo Creed en el cuadrilátero --menos mal que contamos con Rocky Balboa para darle una lección en su propia tierra natal...  Todo esto parecerá tonto, pero lo cierto es que, aun cuando se sabe que todo esto es “ficción” y “entretenimiento”, en el inconsciente queda un mensaje grabado: el rechazo, temor, desprecio y hasta odio por los de tal o cual raza, etnia o nacionalidad porque son “los malos”, son “el enemigo”.

La niñez contemporánea poco sabe de la “Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas”, pero la programación mental que recibe le enseña que “los malos” tienen barba larga, usan turbantes en la cabeza y profesan alguna versión del Islam. Y, desde luego, tiene que ser cierto porque lo vemos en la TV. Los ejemplos son demasiados para contarlos, pero basta con echarle un vistazo a varias de las temporadas de la serie “24” -una de mis favoritas series de acción- para observar como Jack Bauer nos libra de "esos terroristas" del medio oriente...

La TV (y de igual forma el cine), como fuente de entretenimiento, programa las mentes para que adoptemos los prejuicios raciales del sistema. Y esto se manifiesta en otras esferas más allá del entretenimiento televisivo. Recientemente observaba horrorizado que la tarjeta en un campo de tiro tenía una figura que asemejaba a una persona con facciones étnicas propias del medio oriente... Se nos enseña a polarizarlo todo, a temer y rechazar a quien es distinto, a etiquetarlo todo, y a pensar en términos de categorías absolutas. Pero la vida es mucho más complicada que los reduccionismos de las categorías absolutas. El ser humano es diverso y complejo. Pertenecer a una raza, nación o religión no convierte a la persona de forma automática en un ser perverso y lleno de maldad con deseos de aniquilar al resto de la humanidad....

El problema de asumir esas visiones de tipo reduccionista es que afecta en todas las direcciones. Es decir, pensamos que tenemos la verdad inconmovible cuando tildamos a otros de lo que sea. Sin embargo, esa misma programación mental colectiva puede volcarse en detrimento propio. Recientemente observaba un vídeo en el cual muchas personas de uno de los principales partidos políticos proferían insultos contra el retrato del candidato presidencial del otro partido. Indistintamente de mis ideales políticos, no puedo negar que me sentí indignado por las cosas que escuché. Ahora bien, lo que más me indignó fue el comentario que hizo otro espectador del vídeo - un individuo identificado como no-religioso - a los efectos de que “así se expresan y se comportan los cristianos.” Desde el contexto de mi prédica y práctica de la fe cristiana, tengo la convicción de que Cristo no avalaría el tipo de insultos y expresiones que aquellas personas estaban diciendo. Sin embargo, el comportamiento bochornoso de un número de personas que se identifican como “cristianas”, lleva a quienes no comparten la fe a pensar que “todos los cristianos” actúan así. Si me inquieta que se generalice contra mi fe por el comportamiento errado de quienes de “identifican” con ella, también me inquieta que se generalice contra las personas de otra fe (o raza, o etnia, o clase económica, etc.), aunque lo haya visto en la televisión (o en cualquier otro medio).

En sus exhortaciones finales a la antigua iglesia cristiana en la ciudad de Tesalónica, el apóstol Pablo incluyó la siguiente:  «sométanlo todo a prueba, aférrense a lo bueno, eviten toda clase de mal» (1 Tesalonicenses 5.21-22 NVI). El examen riguroso, el análisis de las fuentes, la comprobación de hechos, la investigación cuidadosa y la ponderación mesurada nos debe llevar a una comprensión seria y madura de las complejas dinámicas de las comunidad humana.  Somos seres pensantes, la fe no debe vivir divorciada del uso de la razón. Al así hacerlo, estamos honrando a Dios y contribuyendo a una mejor convivencia social.