jueves, 6 de febrero de 2020

Bienaventuranzas

Lectura: Mateo 5.1-12 RVC

Este es uno de esos pasajes que son considerados como “clásicos” en las Escrituras Sagradas de la cristiandad. El mismo acompaña a otros pasajes que también son sumamente conocidos, como el Salmo 23 y Éxodo 20 (Los Diez Mandamientos). Recuerdo que en la escuela de mi niñez (una escuela religiosa privada), me hicieron aprender y repetir de memoria estos pasajes ---y así lo hacía, aunque no necesariamente comprendiese a plenitud su significado.

El autor del Evangelio Según Mateo es muy ingenioso en la manera en que presenta las enseñanzas de Jesús. Gracias a la labor de la investigación bíblica en los últimos dos Siglos, sabemos que los evangelios no fueron escritos necesariamente por testigos oculares, a manera de periodistas que toman nota de algún acontecimiento. Sino que fueron compuestos y redactados por generaciones posteriores (varias décadas después), que investigaron y coleccionaron dichos e historias sobre Jesús, narradas primero de manera oral y luego transmitidas de forma escrita. Cada Evangelio, entonces, refleja las particularidades de los escritores y las comunidades que los produjeron.

Para el Evangelio Según Mateo es importante proclamar a Jesús como el nuevo Moisés, aquel que ofrece e interpreta la voluntad de Dios para su pueblo.  Por tal razón, las narraciones son elaboradas de forma tal que produzcan puntos de contacto, características que sirvan como ecos con las narraciones mosaicas que aquellas comunidades antiguas conocían. Observamos, por ejemplo, que mientras el Evangelio Según Lucas comparte las enseñanzas de Jesús a lo largo de su camino de Galilea a Jerusalén, el Evangelio Según Mateo comparte enseñanzas de Jesús organizándolas en cinco grandes discursos que evocan los cinco libros de la Torá (el Pentateuco), que las tradiciones antiguas atribuían a Moisés.

El pasaje que ahora nos ocupa también trae ecos y puntos de contacto con Moisés. Recordemos, nuevamente, que Moisés era considerado como el que recibió y entregó al pueblo hebreo la revelación de la voluntad de Dios por medio de mandamientos y estatutos. Los textos antiguos presentan a Moisés recibiendo esa revelación en un monte, llamado “Horeb” por algunas tradiciones y “Sinaí” por otras. Para las culturas antiguas, los montes eran símbolo de encuentro con la divinidad, eran lugares de revelación, lugares de contacto, lugares donde lo divino y lo humano entraban en diálogo transformador.  Por eso es importante observar que en este pasaje, donde el Evangelio Según Mateo introduce el primero de los cinco discursos de Jesús, hace la siguiente expresión (5.1-2):
«Cuando Jesús vio a la multitud, subió al monte y se sentó. Entonces sus discípulos se le acercaron, y él comenzó a enseñarles diciendo...»
Lo que alguna vez fue el lugar de encuentro con el Dios de Israel, ahora es el lugar de encuentro con Jesús, aquel que Evangelio Según Mateo identifica como Emanuel: “Dios-Con-Nosotros”. Ahora bien, en lugar de proveer un catálogo de mandatos y prohibiciones, Jesús pronuncia palabras de celebración y bendición: «Bienaventurados son...», que significa, “dichosos, afortunados, felices”.

Hay muchísimo que decir sobre cada uno de estos pronunciamientos. Suficiente para varios sermones, charlas y conferencias. Pero aquí no voy a entrar en todos los detalles de cada uno. Simplemente quiero llamar nuestra atención hacia la manera en que Jesús nos sorprende con sus palabras. Jesús rompía los ideales, patrones y concepciones de su tiempo y su cultura. Y aún, tantos siglos después, sus palabras siguen rompiendo nuestros esquemas y preconcepciones.

La tendencia humana, a través de los siglos, es a exaltar a unos pocos sobre los muchos. En tiempos antiguos se entendía que los ricos y poderosos, los reyes y gobernantes, aquellos que ostentaban el poder político, económico, militar y religioso, tenían acceso a tal poder por ser personas especiales, elegidas por Dios (o por los dioses) para enseñorearse sobre las demás. En tiempos contemporáneos, nuestras sociedades siguen rindiendo especial atención, admiración y deferencia hacia los poderosos de la tierra, aquellos a quienes de forma explícita e implícita se les atribuyen ciertas virtudes de forma automática, solo por el acceso que tienen a recursos y ventajas que la mayoría de la gente solo puede soñar algún día alcanzar. El culto a las celebridades (políticas, económicas, o religiosas) es algo que se fomenta en la mentalidad colectiva del “ciudadano de a pie”.  Pero Jesús no compra ese discurso.  Jesús no adopta esos esquemas.  Jesús no se impresiona con las mismas cosas que se impresionan las sociedades.

A Jesús se le ocurre pronunciar como “bendecidas, dichosas, felices, afortunadas”

... a las personas vulneradas y vulnerables

... a quienes “están en la parte de abajo de la rueda”

... a quienes lloran sin poder ver el final de sus lágrimas

... a quienes no cuentan con los privilegios de las elites sociales

... a quienes anhelan un mundo mejor porque el que tienen es injusto

... a quienes enfrentan carencias del cuerpo y del alma

... a quienes reconocen que la mayor pureza es la del corazón

... a quienes valoran más la misericordia que la retribución

... a quienes trabajan y construyen la paz, aún en medio de un mar colectivo de rencores, odios y conflictos

... a quienes enfrentan el rechazo, la marginación y la persecución por causa de lo que es justo, aquello que es representado y encarnado en la prédica y práctica del propio Jesús.

No es el poder ni el éxito social, político o económico lo que nos pone en sintonía con el reino de Dios, es la práctica de la justicia, la misericordia, la paz, el perdón, la humildad, la caridad, el amor.  En eso consiste la verdadera dicha, en eso radica la bendición que trasciende tiempo y espacio, aquí y en la eternidad. Busquemos, pues, cada día, el encuentro transformador a los pies del Señor.

Amén.