miércoles, 26 de agosto de 2020

Todo lo que respira

«¡Que todo lo que respira alabe al Señor! ¡Aleluya!» -- Salmo 150.6

[Una breve reflexión sobre la adoración a Dios en tiempos de aislamiento y cuarentena*]

La lectura completa: Salmo 150

El Libro de los Salmos es básicamente un himnario o cancionero. Desafortunadamente no tenemos acceso a las melodías con las cuáles se cantaban los salmos, pero tenemos acceso al mensaje contenido en dichas composiciones. Aunque muchos de los Salmos se atribuyen al rey David, los Salmos no son producto de un solo autor, sino de muchos autores en diversos tiempos, lugares y circunstancias. De modo que viene a ser una colección de poemas --en su mayoría oraciones-- que reflejan diversas etapas de la vida humana comunitaria en relación con Dios.  

El Salmo que hoy consideramos da cierre a la obra completa con una contundente exhortación a la adoración a Dios. Su primera invitación o llamado es a alabar a Dios “en su templo” (v .1), pero no lo limita al recinto del templo, sino que lo extiende hacia “la majestad del firmamento.”  De esta manera el salmo nos está recordando que la adoración a Dios no está confinada a un momento o espacio específico, sino que Dios debe ser alabado en todo tiempo y todo lugar. 

Esto cobra especial pertinencia en estos tiempos que --por razones de salud pública-- no es prudente congregarnos en un mismo espacio. Por muchas de nuestras mentes seguramente habrá pasado una pregunta muy legítima: “¿Puede haber adoración si no estamos juntos en el templo?” La respuesta que recibimos del Salmo es un rotundo “sí.”  Mucho antes de la pandemia y las cuarentenas hemos enseñado que la adoración no es algo que usted viene (al templo) a ver, sino algo que todas y todos debemos hacer. Al culto de adoración a Dios le llamamos «liturgia», un término griego que significa “la obra comunitaria, la obra del pueblo.” Con esto en mente, cada semana nuestra iglesia local ha estado distribuyendo recursos escritos que nos pueden guiar en la experiencia de adoración. Al utilizar estas guías de facto afirmamos la unidad espiritual de la iglesia, aunque estemos físicamente distanciados. Al elevar las oraciones, leer las Escrituras y recibir el sermón o la reflexión, debemos hacerlo con la conciencia de que hermanas y hermanos en otros lugares también lo están haciendo. Al disponernos a separar un tiempo en la semana para la adoración, allí en la intimidad del hogar, debemos rogar a Dios que cada una de nuestras hermanas y hermanos también sean edificados en la fe cuando participen desde sus respectivos lugares. Nuevamente, la adoración a Dios no es algo que miramos como meros espectadores como quien mira una película o programa de televisión; la adoración a Dios es algo de lo cual todas y todos debemos participar.

El Salmo 150, luego de exhortar a alabar a Dios en todas partes (vv. 1-2), hace mención de todos los instrumentos musicales conocidos en su tiempo (vientos, cuerdas y percusión, vv. 3-5), y culmina con una expresión de inclusión absoluta (v. 6): “¡Que todo lo que respira alabe al Señor! ¡Aleluya!” Dejemos que dicha expresión se asiente en nuestras mentes y corazones: todo lo que respira alabe al Señor... “Todo lo que respira” es un llamado que no excluye a nadie: tú y yo, doquiera que estemos somos convocados a elevar nuestras alabanzas al Señor, nuestro Creador, Redentor y Sustentador.

Soli Deo Gloria.

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(*) Esta reflexión fue publicada originalmente para la Primera Iglesia Presbiteriana Hispana en Miami, el Miércoles 26 de agosto de 2020.

domingo, 9 de agosto de 2020

En la profundidad de un pozo oscuro


La Escritura: Génesis 37.1-4, 12-28 (RVC)

Una de las tradiciones litúrgicas de las cuales participamos regularmente en el culto público es pronunciar la frase “palabra de Dios” al concluir alguna lectura bíblica, seguida de la respuesta colectiva diciendo “te alabamos, Señor.” En muchas otras congregaciones cristianas se practica alguna variante de esta tradición. Es una manera de afirmar inspiración divina presente en las Escrituras que reconocemos como Sagradas. No obstante, confieso que hay narraciones y textos bíblicos sobre los que se me dificulta decir la frase “palabra de Dios” al concluir su lectura. Este es uno de esos. Es difícil (por no decir imposible) encontrar algún versículo de esta narración plasmado en alguna tarjeta postal de esas que enviamos para animar a otras personas. Para ello tenemos otros pasajes como “¡Todo lo puedo en Cristo que me fortalece!” (Fil 4.13) o “El Señor es mi Pastor, nada me falta” (Sal 23.1) ... Jamás he visto un afiche con las siguientes palabras «Miren, aquí viene el soñador. ¡Vamos, matémoslo ya! Echémoslo en uno de los pozos, y digamos que alguna mala bestia se lo comió. ¡Y vamos a ver qué pasa con sus sueños!» (Gen 37.19-20)

Esto nos debe llevar a reconocer que no todo lo que está escrito en las páginas sagradas es necesariamente literatura inspiracional y edificante. Sin embargo, el hecho de que forme parte del canon bíblico nos debe motivar a escarbar un poco entre líneas y prestar atención a lo que allí encontremos. 

En los primeros versos de la porción que hoy leemos se afirma lo siguiente: “Esta es la historia de la familia de Jacob” (v. 2). Con esto el narrador bíblico nos prepara para lo que vamos a encontrar de ahí en adelante. Jacob, patriarca descendiente de Abraham, ha sido re-nombrado como “Israel” como resultado de su lucha por la bendición divina. Al leer una introducción como esta, esperaríamos encontrar una familia compuesta por gente muy piadosa y devota, una familia de esas que la sociedad etiqueta como “familia ejemplar”. Pero lo que inmediatamente encontramos es todo lo contrario: una historia de intrigas, engaños, conflictos y disfunciones familiares.

De entrada la narración nos deja saber que Israel (Jacob) tenía un hijo al que amaba “más que a todos sus hijos” (v. 3-4). También sabemos que este hijo, llamado José, acostumbraba dar información negativa sobre sus hermanos. Era lo que coloquialmente conocemos como un “soplón” --cosa que seguramente le ganaba “puntos extra” con su papá. Una de las grandes lecciones de la vida --y es algo que solemos pasar por alto-- es que nuestras acciones acarrean consecuencias, indistintamente si son buenas o malas. Y esas consecuencias, a su vez, no solo nos afectan a nosotras, sino que también afectan a quienes nos rodean.  Estoy convencido de que Israel no deseaba mal alguno para sus hijos, sin embargo su predilección y favoritismo por uno de ellos acarreó sufrimiento y calamidad sobre toda la familia... germinando la semilla del odio y el antagonismo y dando fruto a sufrimientos que se prolongaron por décadas.

El relato cuenta sobre la conspiración y el plan de los hijos de Israel para asesinar a su hermano José. Por otros detalles de la narración más extensa sabemos que José era inmaduro y arrogante, pero su inmadurez no debía ser justificación para las terribles injusticias de sus hermanos. No puedo evitar imaginar la confusión de José al ver sus hermanos volcarse sobre él con violencia. ¡Su propia carne y sangre procurando su mal! Imagino su sentimiento de humillación al ser despojado de la ropa de hermosos colores que representaba el gran amor que su papá le tenía. Imagino el horror que sentiría al ser arrojado en la profundidad de un pozo seco en plena región desértica. Imagino su angustia en el fondo de aquel pozo: rodeado de oscuridad, agobiado por la incertidumbre, y ahogado por un mar de preguntas sin respuestas. La rapidez con la que se desenvuelve la acción en el relato no nos permite apreciar las horas de devastadora espera que José sufrió en el pozo mientras sus hermanos comían y conversaban sobre su destino. ¡Cuántos pensamientos acosarían la mente de José!

Es probable que algunos de nosotros conozcamos el final de la historia de esta familia, pero el pasaje que hoy consideramos no nos lleva todavía hasta allí. Esto me hace reflexionar y pensar en otra de las grandes lecciones de la vida: no hay vía rápida ni fácil para un desenlace feliz.  Fueron largas las horas de José en el fondo del pozo. Al continuar la narración veremos que fueron largos los años de sufrimiento tras sufrimiento, antes de que José pudiese ver --como solemos decir--  “la luz al final del túnel.”  Si bien es cierto que en nuestras propias circunstancias pudiéramos ver la proverbial “luz al final”, también es cierto que el túnel que nos toca transitar puede ser largo, largo, muy largo. Los capítulos siguientes en la historia de José describen el camino de decepciones y angustias que tuvo que recorrer el resto de su vida antes de ver un final alegre. Pero a través de ese camino, el narrador bíblico se asegura de puntualizar --repetidas veces-- que en medio de todas sus tribulaciones, Dios estaba con José. No hay que pertenecer a una “familia ejemplar” para recibir la compasión divina. Quizás hoy estemos pasando por circunstancias que se sientan como un camino lleno de contratiempos, o como la profundidad de un pozo oscuro,  pero aún sin percibirla o reconocerla, la mano de Dios no nos soltará ni nos dejará.

Que el Dios de la paciencia y la esperanza, nos fortalezca y nos ampare ahora y siempre.  

Soli Deo Gloria.