lunes, 22 de mayo de 2017

Ustedes también

"Porque yo vivo, ustedes también vivirán." 
--Juan 14.19

El calendario de lecturas bíblicas para esta temporada de pascua de resurrección nos ha estado poniendo en contacto con el discurso de despedida de Jesús. El Evangelio Según Juan dedica varios capítulos (del 13 al 16) para reseñar lo que Jesús dijo a sus discípulos la última noche que pasó con ellos.  Es una escena muy triste. Jesús ha indicado a los discípulos que ya no estará entre ellos. Más aún, Jesús les ha anunciado la traición de uno de sus hermanos en la jornada de la fe, diciendo "el que come conmigo, se ha vuelto contra mí" (13.18). Puedo imaginar la mezcla de sentimientos de confusión, tristeza y, tal vez, hasta ira. Seguramente se sentirían devastados. La narración nos deja saber que el propio Jesús se encontraba perturbado en su espíritu (13.21).  No obstante, en medio de dicho tiempo de gran angustia Jesús pronuncia múltiples afirmaciones de ánimo y esperanza. Las expresiones constantes a lo largo de aquella triste velada son indicadores de que su presencia consoladora, su acompañamiento solidario, es algo que trasciende el siglo presente y se extiende aún más allá de la misma muerte.

«Porque yo vivo, ustedes también vivirán» (14.19). Esas son palabras que debemos atesorar cuando enfrentamos nuestras tristezas, traiciones, angustias y frustraciones. Ni aún la muerte podrá romper el nexo de unión entre el Señor y los suyos. Ahora podremos estar aturdidos al recibir la mala noticia que no esperábamos, podremos estar en un mar de preguntas sin respuestas, podremos sentirnos como que el suelo bajo nuestros pies se sacude violentamente, mas las palabras de Jesús son una roca firme en la que nos podemos afianzar.  Ese «ustedes también» es algo fundamental. En primer lugar es un recordatorio de que el Señor conoce de primera mano el dolor que estremece. Y en segundo lugar, es una proclamación de que nuestras vidas están enlazadas a la suya.  Cuando estemos atravesando nuestra propia noche de larga espera y triste soledad, abracemos las palabras del Señor.