martes, 22 de abril de 2014

Ni encerrado, ni detenido, ni domesticado

La resurrección de Jesús implica que el Señor no puede ser encerrado, detenido ni domesticado a nuestro antojo... Al comienzo del evangelio según Mateo observamos una alianza entre los poderes políticos (el rey Herodes) y religiosos (los sacerdotes y los escribas) para eliminar al niño recién nacido (Mateo, cap. 2).  El final de la obra nos muestra una nueva conspiración religioso-política (Mateo 27.62-66) para mantener la tumba del Señor cerrada.  Pues, para que quede claro a quién le pertenece el poder y el imperio, cuenta el relato bíblico que en presencia de los guardias un ángel removió la piedra y se le sentó encima.

Los propósitos de Dios en la historia se van a cumplir gústenos o no.  El Señor no pudo ser contenido, limitado, encerrado... ni antes ni ahora.  Los guardianes contratados por los religiosos para mantener encerrado al que había estado muerto, fueron los mismos que de miedo «se pusieron a temblar y quedaron como muertos» (28.4) al ver la piedra removida.

En estos tiempos quizás no estemos tratando de encerrar al Señor en una tumba, pero pretendemos encerrarlo en nuestras concepciones de lo que es la fe y la religión; pretendemos encerrarlo en nuestros prejuicios, pretextos y exclusiones, particularmente en nuestras visiones trivializadas y clichosas de lo que es pureza y moral...  Recordemos que los poderes religiosos de su tiempo fueron incapaces de contener al Señor en el sepulcro, y de la misma manera los intentos de los religiosos arrogantes de nuestra época también serán frustrados.  El poder del amor del Señor para tod@s no puede ser encerrado, ni detenido, ni domesticado.  SOLI DEO GLORIA.


+         +        +
{Esto es una porción del Semón titulado «Y se hizo hermano», Mateo 28.1-10, predicado el Domingo de Resurrección, 20 de marzo de 2014, en la Primera Iglesia Presbiteriana Hispana en Miami, FL.  El audio del sermón completo puede ser escuchado en www.pastorjm.podomatic.com}

jueves, 17 de abril de 2014

Lunes Santo con los Miami Marlins

Washington Nationals vs Miami Marlins 4/14/2014
Recientemente tuve la oportunidad de presenciar un partido de béisbol, en el cuál el equipo local, los Miami Marlins, recibía la visita de los Washington Nationals.  Quedé fascinado con el Marlins Park.  Hace casi tres años que me radiqué en Miami, y todavía no había entrado en la monumental estructura.  Coronó la experiencia estar acompañado por mi familia, en particular por la presencia de mis padres, quienes tanto tiempo y recursos dedicaron en mi niñez cuando jugaba en las pequeñas ligas. Gratos recuerdos vinieron a mi mente.  Con toda probabilidad yo fui el peor bateador de toda la liga, pero lo cierto es que disfruté cada minuto de aquella inolvidable época.

Igualmente me estaba disfrutando el partido.  Aplaudiendo y vitoreando los jugadores. Saboreando el entusiasmo de la ocasión.  Ahora bien, en la medida en que iba transcurriendo el partido, el juego no lucía bien para los Marlins: estaban siendo dominados cómodamente por el equipo opositor.  Ya en la séptima entrada se alejaba más la posibilidad de recuperación de nuestro equipo miamense. Entonces me percaté de algo que me dejó triste y perturbado: los fans de los Marlins comenzaron poco a poco a levantarse y a salir del estadio.  En la octava entrada la hemorragia de fans se hacía cada vez mayor, y en la novena entrada era imparable.  ¿No se supone que los fans estemos alentando nuestro equipo y acompañándole hasta el final?  No imagino lo que sentirán unos deportistas cuando la misma gente que el principio les aplaudía y vitoreaba, abandonaba las gradas mientras el equipo seguía dando la lucha en el campo de juego.

Entonces me cautivó un pensamiento.  Estando en la celebración de la Semana Santa, fue inevitable que mi mente divagase y recordase una frase contenida en los relatos de dos de los evangelios: «Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.» (Mateo 26.56b; Marcos 14.50).  La noche en que Jesús había afirmado su amor por los suyos al compartir la cena pascual, cuando llegó la hora de su vil arresto, todos lo abandonaron y huyeron.  Pedro y los demás habían jurado su disposición a acompañarlo aún en la muerte (Mateo 26.35), pero al ver que las circunstancias para Jesús se volvían complicadas y peligrosas, todos lo abandonaron y huyeron...  así como los fans que apoyan su equipo mientras tiene ventaja, pero salen del estadio cuando la derrota se ve en el horizonte.  

Antes de ceder ante la tentación de juzgar severamente a los discípulos de Jesús, no olvidemos que ellos también somos nosotros(as).  En su experiencia nos podemos mirar como quien mira un espejo: nuestra lealtad para con el reino que Jesucristo predicó y practicó se ve socavada cuando las circunstancias se vuelven complicadas y difíciles.

Algo que llama mucho mi atención es que, aquella misma noche en que Jesús tuvo su última cena con los discípulos - con los mismos que lo iban a abandonar, e incluso, negar - es su pronunciamiento luego de darles el vino: «Yo les digo que, desde ahora, no volveré a beber de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el reino de mi Padre» (Mateo 26.29).  Jesús está consciente del carácter vacilante de sus discípulos, y aún así, pronuncia palabras de esperanza: volveremos a beber juntos en "el reino de mi Padre".  Los ha perdonado aún antes de ellos fallarle.  El mensaje de Jesús es buena noticia, es evangelio, es perdón, es compasión, es reconciliación, es restauración, es nuevas oportunidades.  Jesús no deja en el suelo al caído, le levanta.  Jesús no pisotea a quien fracasa, le invita a intentarlo otra vez.  Jesús no descarta a quien falla, le incluye en su mensaje de esperanza. Si fuésemos jugadores perdiendo un partido, aunque todos los fans se alejen, veríamos a Jesús animándonos a seguir adelante sin claudicar.