martes, 22 de mayo de 2012

No tienes que ser pastor ni pastora


A través de los años he conocido cristianos(as) devotos que quieren servir al Señor de todo corazón pero no ven el ministerio pastoral como una opción real para sus vidas. Siempre les respondo de la misma manera : "no tienes que ser pastor(a)".
Aún en las filas de la Iglesia Presbiteriana, una iglesia que afirma "el sacerdocio de todos los creyentes", se ha perpetuado la noción del pastorado como la respuesta suprema al llamamiento del Señor a su servicio. Todavía resuena en mi memoria el eco de voces celebrando que yo había sido llamado "al Santo Ministerio", refiriéndose a la vocación pastoral. Lo cierto es que todos los ministerios son "santos", no hay ninguno más "santo" que los demás. "Santo" significa consagrado, dedicado al servicio del Señor... y para eso no hay que ser pastor(a).
Esa noción clericalista nos lleva a subvalorar el llamado que el Señor hace a todos los creyentes. También nos lleva a colocar en hombros de unas pocas personas (pastores y pastoras) la misión que corresponde a todos los creyentes por el sólo hecho de ser miembros de la iglesia cristiana. Los creyentes que no están en la función pastoral son aquellos que están en la "trinchera", relacionándose y compartiendo con las demás personas en el día a día, en el mundo real, en la vida cotidiana, con todas sus altas y bajas. ¿Eres cristiana o cristiano? Entonces tienes un ministerio, una vocación, un llamamiento al servicio y al testimonio. Tu "parroquia" es tu trabajo, la escuela, el gimnasio, la Universidad, el salón de belleza, el correo, el vecindario, el club, el almacén... en fin, donde quiera que te relaciones con otras personas. Tarde o temprano en una conversación informal se te presentará la oportunidad para decir a otra persona cómo la relación con Dios bendice tu vida. En el momento menos pensado alguien te pondrá "en bandeja de plata" la oportunidad para invitarle a congregarse y cultivar su vida espiritual con la iglesia. Si el Señor es bueno para ti, y si la iglesia es parte importante en el desarrollo de tu fe: ¡también lo puede ser en la vida de esa persona con quien te relacionas!
Insisto: no tienes que ser pastor(a). De hecho tú tienes acceso a personas a quienes el pastor(a) no tiene acceso. Tú eres la única oportunidad que esas personas tienen para conocer la maravilla de relacionarse con el Señor en el contexto de una comunidad de fe. Tú eres la única oportunidad que esas personas tienen para sentirse apoyadas y acompañadas en tiempos de soledad y crisis. Tú eres la única oportunidad que esas personas tienen para saber que hay esperanza porque Dios les ama y les acepta.
Entonces, cumple tu ministerio, cultiva la vocación que el Señor te da. No tienes que ser pastor(a), sólo tienes que estar dispuesto a ser instrumento en manos del Señor en momento oportuno y el lugar oportuno. Los primeros cristianos(as) tampoco eran pastores(as), pero fueron investidos con la inspiración del Espíritu Santo y dieron testimonio. Comprobarás cuán bueno es compartir el amor de Dios.
Soli Deo Gloria.

viernes, 18 de mayo de 2012

En la brecha

Aquí les comparto una inspiradora composición de José De Diego (1816-1918), un ilustre poeta de mi pueblo, Aguadilla, Puerto Rico:


¡Ah desgraciado si el dolor te abate,
si el cansancio tus miembros entumece!
Haz como el árbol seco: reverdece
y como el germen enterrado: late.

Resurge, alienta, grita, anda, combate,
vibra, ondula, retruena, resplandece...
Haz como el río con la lluvia: ¡Crece!
Y como el mar contra la roca: ¡Bate!

De la tormenta al iracundo empuje,
no has de balar, como el cordero triste,
sino rugir, como la fiera ruge.

¡Levántate!, ¡Revuélvete!, ¡Resiste!
Haz como el toro acorralado: ¡Muge!
O como el toro que no muge: ¡Embiste!  

miércoles, 16 de mayo de 2012

Institución de la Religión Cristiana: Juan Calvino

Recientemente, en la Primera Iglesia Presbiteriana Hispana, hemos repasado algunos de los planteamientos de Juan Calvino en relación a su entendimiento de Las Escrituras como Palabra de Dios.  Para beneficio de nuestra audiencia cibernética, hacemos disponible estos enlaces a la obra magistral del gran teólogo del Siglo XVI, Institución de la Religión Cristiana.






(Actualmente la edición en español se encuentra fuera de imprenta, sin embargo la Editorial FELIRE, productora de la edición, la ha hecho disponible para descargar en formato PDF.)

jueves, 10 de mayo de 2012

No es perfecta, pero es nuestra «madre»

Es inevitable durante esta semana no toparnos a cada momento con el tema de la maternidad.  Al igual que con otras festividades, el comercio saca provecho de la oportunidad para aumentar sus ventas bajo la consigna del “Día de las madres”.  Poniendo a un lado el consumismo en el que se sumerge nuestra sociedad, es propio reconocer a aquellas que han sido instrumento del Altísimo para traernos a este mundo. A mi madre mi gratitud cada día por haber dado la vida para ayudarme a ser quien soy.

Ahora bien, durante estos días también he estado repasando escritos de Juan Calvino, reformador francés del Siglo XVI, y de quien la Iglesia Presbiteriana (EUA) deriva mucho de su DNA.  Recientemente he estado leyendo sus enseñanzas sobre la disciplina de la oración, así como su entendimiento sobre Las Escrituras.  Habiendo pues, desempolvado la Institución de la Religión Cristiana de mi biblioteca, me he topado con una metáfora de Calvino sobre la Iglesia: «Madre de todos los fieles».  Al respecto Calvino comenta que “no es lícito a nadie separar lo que Dios unió; a saber, que la Iglesia sea la madre de todos aquellos de quienes Dios es Padre” (Institución, IV-I-1).

En años recientes he observado cómo la imagen pública de la Iglesia cristiana (en general) anda por el suelo, y con toda razón.  Como colectivo, la Iglesia (en sus múltiples expresiones denominacionales), ha sido partícipe de sendas atrocidades, ha sido cómplice con su silencio ante injusticias, ha verbalizado y vociferado posturas que reflejan más los prejuicios humanos que la compasión de Jesucristo, se ha dejado arrastrar por el materialismo rampante y ha rayado en casos de corrupción.  Todas estas circunstancias, a pesar de no representar el sentir y las acciones de la mayoría del pueblo cristiano, ciertamente son lamentables, y se suman a los grandes desvaríos de la Iglesia através de los siglos.  No obstante, coincido con Calvino en llamarle «madre».  Reconozco y acepto que no es "perfecta", pero es nuestra madre.  Yo no sabría sobre la gracia de Jesucristo, si no fuera porque lo aprendí de nuestra «madre», la Iglesia.  No tendría idea de lo que es el amor de Dios, si no me lo hubiese enseñado y demostrado nuestra «madre» Iglesia.  No creería ni confiaría en la comunión y la dirección del Espíritu Santo, si no lo hubiese visto manifestado a través de nuestra «madre» Iglesia.  Por eso no la dejo ni la dejaré.  Continuaré trabajando y luchando para aprender de las buenas y malas experiencias.  Seguiré insistiendo en su reforma constante, en que no se duerma celebrando sus glorias ni se paralice lamentando sus errores.  Persistiré en ayudarle a enfocarse en representar dignamente el amor del Señor para todas las personas.  No es "perfecta", pero es nuestra «madre» y junto a ella somos llamados a anunciar en palabras y acciones las buenas noticias del reino de Dios.  

¡Feliz día, Mamá!

jueves, 3 de mayo de 2012

Algunas consideraciones sobre la oración


Según el calendario oficial del gobierno, hoy (3 de mayo de 2012) se celebra «El día nacional de la oración».  Luego de leer la proclama presidencial sobre este día, no pude evitar que mi mente discurriera por los senderos de concepciones sobre la oración, según lo he observado a través de los años.

Le pedimos a Dios que haya paz, que se terminen las injusticias, que el hambre y la pobreza sean cosa de un pasado distante, y su respuesta vez tras vez sigue siendo la misma, es como si nos dijera: "no pidan que yo haga de forma milagrosa lo que le corresponde a ustedes forjar, trabajar y lograr día a día."  Así como el "diablo" nos ha servido de excusa en inumerables ocasiones para no reconocer nuestras propias faltas, utilizamos a Dios como excusa para no asumir nuestra responsabilidad ni desempeñar nuestro rol en hacer de este mundo uno más justo, compasivo y pacífico.  ¿Qué quiero decir con esto?  Simple: nuestras actitudes y nuestras prácticas en la vida cotidiana - hacia Dios y hacia la humanidad - respaldan y le dan sentido a nuestras oraciones.  O como dice el viejo refrán: "A Dios orando y con el mazo dando"...  eso en cuanto a las prácticas en la vida cotidiana.  En cuando a las actitudes en la vida cotidiana, cada vez más me convenzo de que la oración se trata más de adaptarme yo a la voluntad divina que de tratar de "influenciar" a la divinidad para que actúe según lo que yo deseo.

No quisiera dar la impresión de que no favorezco la experiencia de oración.  Al contrario, la oración es una disciplina que debe estar presente de continuo en cada persona que se identifica a sí misma como creyente o religiosa.  Bien lo expresa Juan Calvino: "No hay palabras lo bastante elocuentes para exponer cuán necesario, útil y provechoso ejercicio es orar al Señor" (Institución, III.XX.2).

Ahora bien, en lugar de ver la oración como una panacea o una fórmula mágica que elimine todas nuestras penas (que es lo que he observado en mucha gente), debemos fijar la mirada en Jesucristo, y en el ejemplo que nos dejó.  Primero: en múltiples instancias los evangelios testifican que Jesús tomaba tiempo para apartarse del ajetreo continuo y se iba a lugares tranquilos/apartados para practicar la oración.  El tiempo de solaz en la intimidad de la oración era esencial en la vida diaria de Jesús.  Segundo: los evangelios contienen el testimonio de «modelo» de oración que Jesús dio a sus discípulos cuando estos le pidieron que les enseñara a orar.  Dicha oración la hemos llegado a conocer con el nombre de el "Padre nuestro" (Mateo 6.9-13 y Lucas 11.2-4), y por siglos en la cristiandad nos hemos acostumbrado a recitarla con frecuencia.  No obstante, pasamos por alto el hecho de que dicha oración es un ejemplo de lo que debemos tener en consideración en nuestra propia disciplina y práctica al orar.  La oración comienza alabando y reconociendo la majestad de Dios y de inmediato hace el planteamiento fundamental que todo creyente debe recordar, afirmar y vivir: «Venga TU reino, hágase TU voluntad en la tierra como se hace en los cielos».  Es el reino/reinado/gobierno de Dios es que debe ser anhelado, no el reinado nuestro.  Es la voluntad divina («agradable y perfecta», según Romanos 12.2) la que debe ser deseada, buscada, ejecutada.  Orar diciendo  "hágase tu voluntad" implica que yo estoy dispuesto a cumplir esa voluntad... en todo tiempo.  Afirma Calvino que "el deseo de ver el reino de Dios prosperado y su nombre glorificado, de tal manera debe apoderarse de nosotros, y no a intervalos, sino de manera continua, que tengamos siempre presente la oportunidad y ocasión de orar" (Institución, III.XX.7).

Jesucristo no sólo habló del anhelo de la voluntad divina como parte esencial de la disciplina de la oración, sino que lo puso en práctica.  Los evangelios testifican que cuando Jesús se acercó a la hora de enfrentar el tiempo más difícil y terrible de su vida, rogó al Padre Celestial que «pase de mí esta copa; pero que no sea como yo quiero, sino como [quieres] tú» (Mateo 26.39, véase también Mateo 26.42-44, Marcos 14.36-39, y Lucas 22.42-44).  ¡Qué gran diferencia hay entre la manera en que Jesucristo oraba y la manera en que lo hacemos "sus seguidores"!  ¡Qué mucho tenemos que aprender!  Cuando escucho a algunas personas orando se me hace difícil distinguir si están hablando con "Santa Claus" o si se están dirigiendo al Soberano del Universo.  En múltiples ocasiones las oraciones se convierten en la expresión cruda de nuestras ambiciones, avaricas, caprichos, egoísmos y prejuicios (como cuando oramos solamente por "nuestra" nación... y que se XXXX las demás).  ¿Cuál voluntad es la que deseamos? ¿Cuál reino es el que queremos ver prosperar?  Uno de los escritores bíblicos afirmó que «Esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye» (1 Juan 5.14).

Estoy conciente que estas consideraciones van "en contra de la corriente" de lo que usualmente escuchamos, creemos, y decimos, pero, ¿qué tal si empezamos a practicar la oración como un medio para abrir nuestros corazones al Eterno, en lugar de pretender controlar SU agenda?  ¿Qué tal si tomamos el tiempo de oración como una oportunidad para que nuestra vida sea moldeada, como barro en manos del mejor artesano, para que seamos mejores personas, más justas, más compasivas, más pacificadoras?  Entonces no tendríamos que esperar a que el gobierno civil "decrete" un día nacional de oración.  Nuestras vidas estarían constantemente conectadas a Aquel que tanto nos ama.  "De aquí nos proviene una singular tranquilidad de conciencia, porque habiendo expuesto al Señor la necesidad que nos acongojaba, descansamos plenamente en Él, sabiendo que conoce muy bien todas nuestras miserias Aquel de quien estamos seguros que nos ama y que puede absolutamente suplir a todas nuestras necesidades" (Juan Calvino, Institución, III.XX.2).

Soli Deo Gloria.