viernes, 17 de junio de 2016

Con amor...

Por Rev. Manuel D. Silva Esterrich***


¿Cómo podemos responder a los hechos terribles en Orlando, donde un pistolero entra a un club nocturno dirigido a la comunidad LBGTT y termina opacando 49 vidas, hiriendo a más de 50 e impidiendo a cientos de familias volver a ver a sus seres queridos, mientras miles se sienten inseguros, decenas de miles lloramos y sentimos cambios en nuestra vida, y millones expelen su opinión sobre las víctimas y su estilo de vida, sobre el pistolero y su religión, sobre las armas y las leyes, sobre la tolerancia y el pecado, etc, etc, etc? ¿Cómo? ¡Cómo!

Con amor…
Como Jesús respondió…
Cuando amó a Lázaro…
Cuando el centurión romano amaba a su siervo…
Cuando el padre le trajo al hijo poseído…
Cuando los amigos bajaron al paralítico…
Cuando se tropezó con una samaritana en un pozo…
Cuando vio a Zaqueo en un árbol arrimado…
Cuando vio el proceso fúnebre del hijo de la mujer de Naín…
Cuando la mujer vertió el frasco de perfume en sus pies…
Cuando la mujer lavó sus pies con lágrimas y los secó con su pelo…
Cuando echó sus discípulos a un lado para que los niños vinieran…
Cuando sanó al ciego, al leproso, al paralítico, a la encorvada, a la hemorrágica, a la endemoniada, al hambriento, al ladrón, al hipócrita, al que seguía a Juan, a la niña que dormía…

Cuando perdonó a Pedro…
Cuando perdonó a Judas…
Cuando perdonó a quienes le crucificaron…

Cuando murió…por ti, por mí, por todo aquél y aquella que en Él crea, cualquiera que fuere su pecado o condición…
con amor.

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El Rev. Silva Esterrich es Pastor de la Iglesia Presbiteriana "Antonio Badillo"
en Aguadilla, Puerto Rico

jueves, 9 de junio de 2016

Ella sí, tú no

44 Luego se volvió hacia la mujer y le dijo a Simón: —¿Ves a esta mujer? Cuando entré en tu casa, no me diste agua para los pies, pero ella me ha bañado los pies en lágrimas y me los ha secado con sus cabellos. 45 Tú no me besaste, pero ella, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. 46 Tú no me ungiste la cabeza con aceite, pero ella me ungió los pies con perfume. (Lucas 7.44-46 RVC)

Estos versos son parte de una narración más extensa.  Jesús se encuentra comiendo en la casa de un fariseo llamado Simón, por invitación suya.  Mientras disfruta de la comida una mujer del pueblo que tenía fama de “pecadora” irrumpe en el salón y acercándose a Jesús, llora sobre sus pies y los seca con su propio cabello, besa efusivamente sus pies y los perfuma.

La narración contiene muchos detalles de los cuáles obtener profundas enseñanzas.  Pero en este espacio voy a enfocar nuestra atención en un solo asunto. Simón era el anfitrión, Jesús era el invitado.  Simón no hizo lo que como anfitrión le correspondía hacer, pero cuando la mujer –menospreciada por su sociedad– lo hizo, entonces Simón no pierde tiempo en emitir un juicio.  Aunque el texto indica que la crítica de Simón fue “para sí”, su actitud fue lo suficientemente evidente como para que Jesús respondiera la crítica y lo confrontara con su falta de hospitalidad.

De seguro nos hemos encontrado con personas así en más de una ocasión.  Son esas personas que no hacen lo que le corresponde, pero cuando otra persona entra en acción, siempre tienen una opinión al respecto.  “No lo hizo como debía.” “Pudo haberlo hecho mejor.” “Debió haber actuado de tal manera.” “Le faltó tal o cual cosa.” “¿Y quién se cree que es? ¡Eso no le toca!” “¿Por qué no deja a ‘los que saben hacerlo’?”

Esos personajes los encontramos en la familia, en la iglesia, en el trabajo, en la escuela, en el partido, en el club, en el comité, en la comunidad, y donde quiera que haya grupos de gente.  Son los que no cooperan, pero siempre están vigilantes para encontrar “fallas” en quienes sí lo hacen.  Gente así no construye, al contrario, entorpece la labor de los demás.  Personas así no ayudan, sino que desalientan a quienes están haciendo algo con amor y dedicación dentro de sus posibilidades y limitaciones.

Alguien dijo con gran sabiduría: “Si no vas a limpiar, por lo menos no ensucies; si no vas a recoger, por lo menos no riegues”.

Aquel hombre muy religioso y de gran estatus social quedó evidenciado en su hipocresía por una mujer, que no gozaba de prestigio, pero que demostró tener un corazón capaz de amar y actuar en favor de otra persona.  Debemos preguntarnos, entonces: ¿A quién nos queremos parecer?