martes, 26 de enero de 2021

El Quinto Evangelio

Es absurda la contradicción existencial de quienes utilizan constantemente los textos bíblicos para injuriar, condenar, infamar y devaluar a otras personas y se atreven llamarle a eso "evangelio".  El término "evangelio" significa "buena noticia" y evidentemente su discurso iracundo es de todo menos "buena noticia".

Ciertamente «el evangelio según los santos evangélicos» (como le llamó Juan Carlos Ortiz) difiere muchísimo del evangelio según Marcos, Mateo, Lucas y Juan.  Ese quinto "evangelio" se aparta dramáticamente de lo que Jesucristo enseñó, predicó y practicó.  Ese quinto evangelio, bajo un camuflaje de superioridad moral, pisotea la gracia, la caridad y la compasión. 

Los heraldos de ese quinto evangelio menosprecian, intimidan y acosan a "los pecadores" y luego se atreven a decir que los aman. Se especializan en mirar la paja en el ojo ajeno e ignorar la viga en el propio. En su arrogancia se adjudican el derecho de juzgar al prójimo. Actúan como aquel fariseo que oraba consigo mismo diciendo: «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano...» (Lucas 18.11). 

Los religiosos leguleyos de los tiempos de Jesús lo criticaban llamándolo «amigo de publicanos y pecadores» (Mateo 11.19).  Pues bien, lo que para ellos era un insulto, a fin de cuentas es la mejor descripción de la gracia de Cristo en acción: «Este recibe a los pecadores y come con ellos» (Lucas 15.2).  Esa es la buena noticia, ese es el evangelio. Cualquier otra cosa, como decía Pablo de Tarso, «sea anatema» (Gálatas 1.8-9).  

A esos ciegos guías de ciegos, sepulcros blanqueados, religiosos(as) pedantes, las palabras de Jesús de Nazaret les confrontan hoy como lo hicieron en el pasado: «De cierto os digo que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios» (Mateo 21.31).

- 1.25.13

miércoles, 13 de enero de 2021

Cuando Jesús vio que estaban dispuestos a hacerlo rey a la fuerza...

No es la primera vez que públicamente me pronuncio sobre acontecimientos de la vida política y civil en la nación. Ejemplo de ello lo encontramos en «Pastoreando republicanos, demócratas y otros especímenes» (publicado en el 2012 y actualizado en el 2016) y más reciente, en «Y a Dios lo que es de Dios» (publicado en Octubre del 2020). En múltiples ocasiones he planteado que el matrimonio entre religiosos y políticos tuvo como resultado la condena y la ejecución de Jesús a manos del poder imperial de su tiempo. Igualmente, he planteado y sigo planteando que para las discípulas y discípulos de Jesucristo no puede haber lealtad mayor que la del reino de Dios. Y en caso de que haya alguna duda en la audiencia de este breve ensayo, vuelvo a plantear que para las discípulas y discípulos de Jesucristo no puede haber lealtad mayor que la del reino de Dios.

Dicho esto, desde mi quehacer teológico pastoral y profético, tengo el deber de repudiar las acciones violentas ocurridas el 6 de enero de 2021 en Washington, DC. Me resulta preocupante la ruptura del contrato social observada en numerosos sectores allí representados. Para fortalecer la democracia es imperativo que toda la ciudadanía respete el libre ejercicio del voto y los resultados electorales. Eso es un principio básico que todas y todos los ciudadanos tenemos que proteger, aunque no siempre simpaticemos con los funcionarios electos. Lo ocurrido en predios del Capitolio es un craso atentado contra la libertad y los valores de la democracia en una sociedad plural como la nuestra. La república Estadounidense depende de un sistema de pesos y contrapesos entre la Rama Legislativa, la Rama Ejecutiva y la Rama Judicial. Lo que observamos el 6 de enero constituye un ataque violento contra la Rama Legislativa, alentado por la cabeza de la Rama Ejecutiva, en abierta negación de la Constitución que en el 2016 juramentó defender. No obstante, no pienso aquí hacer un análisis legal-político-económico de la situación. Dichos análisis los podemos leer en otros medios. Mi acercamiento se da desde el plano teológico, específicamente desde la espiritualidad cristiana. 

Muchas de las cosas ocurridas me resultan perturbadoras, pero lo que más me perturba es observar la cantidad de personas que justifican la violencia y el uso de la fuerza, aludiendo a la fe cristiana como fuente de inspiración. Cuando la gente confunde el «reino de Dios» con los «reinos» del mundo, el Nombre de Dios es tomado en vano, desacreditado y blasfemado. Con sus acciones niegan las enseñanzas y el ejemplo del Cristo que dicen seguir. Si realmente nos identificamos como seguidoras y seguidores de Cristo Jesús, entonces debemos prestar cuidadosa atención a su ejemplo. Cuenta el Evangelio Según Juan que, en una ocasión, luego de presenciar un impresionante milagro, la respuesta de la gente fue enérgica y entusiasta en gran manera (Juan 6.14-15 NTV):

La gente, al ver la señal milagrosa que Jesús había hecho, exclamó: «¡No hay duda de que es el Profeta que esperábamos!». Cuando Jesús vio que estaban dispuestos a hacerlo rey a la fuerza, se escabulló hacia las colinas él solo.

Leamos nuevamente la oración: "Cuando Jesús vio que estaban dispuestos a hacerlo rey a la fuerza, se escabulló hacia las colinas él solo."  El Señor Jesucristo rechazó la violencia como mecanismo para establecer el reino de Dios: ¿Qué nos hace pensar que le daría el visto bueno al uso de Su Santo Nombre en una insurrección dirigida a subvertir el proceso democrático y mantener en el poder a un iracundo gobernante caracterizado por ideologías contrarias a los valores del reino de los cielos?

La intimidación, el acoso, y el constante ataque verbal (y ahora, físico) que se ha observado en estos tiempos, aún con Biblias en las manos, no son marcas que identifican el camino mostrado por Cristo. Consideremos el siguiente pasaje que nos ofrece una mirada al corazón y la mente del Señor (Mateo 20.25-28 RVC):

Entonces Jesús los llamó [a los discípulos] y les dijo: «Como ustedes saben, los gobernantes de las naciones las dominan, y los poderosos les imponen su autoridad. Pero entre ustedes no debe ser así. Más bien, aquel de ustedes que quiera hacerse grande será su servidor; y aquel de ustedes que quiera ser el primero, será su esclavo. Imiten al Hijo del Hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.»

Los desafíos del tiempo presente, así como los desafíos del mundo mediterráneo en el Siglo Primero, urgen que cada una de las personas que profesamos seguir el camino de Cristo pongamos en balanza nuestras lealtades. Ningún partido político, líder o ideología puede ir por encima de lo que Cristo enseñó y practicó. Y reafirmo: para las discípulas y discípulos de Jesucristo no puede haber lealtad mayor que la del reino de Dios. Seamos luz del mundo y sal de la tierra. Vivamos y practiquemos cada día el ejemplo que Jesucristo nos dejó. Hay demasiado odio en el mundo. Oremos por la concordia, trabajemos por la paz y la justicia, renovemos nuestro caminar en el Espíritu del Señor con la esperanza de tiempos mejores. Amén.