Una última cena

Hoy oficié mi última Santa Cena / Eucaristía como pastor en la Primera Iglesia Presbiteriana Hispana en Miami. La experiencia me resultó significativa y saturada de fuertes emociones por varias razones…

Primera, luego de 25 años (y medio) de ministerio parroquial en tres congregaciones, la vocación me lleva a una función distinta —comenzando a principios del próximo año, junto a mi amada Vilmarie Cintrón-Olivieri, como «Enlaces Regionales de la Iglesia Presbiteriana (EEUU) para la región del Caribe».

Segunda, utilicé utensilios de comunión forjados para la Asamblea General #217 (2006), los cuales me fueron obsequiados por la Iglesia Presbiteriana en Hato Rey con motivo de mi décimo aniversario de ordenación (1996-2006). Y,

Tercera, el Sacramento de la Eucaristía tiene un lugar especial en mi corazón. En la tradición cristiana reformada decimos que los sacramentos son “señales y sellos del pacto” de Dios con su pueblo y “señales visibles de una gracia invisible”. En estas dos décadas y media de oficiar el sacramento con regularidad, he sido testigo muchas veces del encuentro y reencuentro de personas con la inagotable gracia de Dios. (Uno de esos testimonios ha sido incluido en la lección “Compañerismo/Fraternidad” del manual «8 Hábitos de Evangelismo», publicado bajo la dirección de la Oficina de Teología, Formación y Evangelismo de la PCUSA). En muchos y diversos contextos, la cristiandad ha convertido la comunión en un ritual exclusivo y excluyente… sin embargo, lo que Jesucristo llevó a cabo con sus discípulos aquella noche en que fue traicionado, no fue otra cosa que una manifestación de inmensurable gracia y amor extravagante. El reino de Dios se nos ofrece en la prédica y práctica de Cristo Jesús y su acción redentora para la humanidad. Al participar del sacramento estamos afirmando que el amor de Dios es más grande y profundo que nuestras carencias y nuestro mal. ¡Arrojemos cada día nuestras vidas a los pies de la misericordia del Señor! No sé cuándo volveré a tener el privilegio de oficiar una comunión, pero el gozo de ver tantas vidas tocadas por el Evangelio de la gracia divina es algo que jamás abandonará mi corazón. Soli Deo Gloria.

—Miami, FL
5 de diciembre de 2021
Segundo Domingo de Adviento
(Foto por @Maria Sit)

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