miércoles, 7 de septiembre de 2016

La vasija se echó a perder

Domingo, 4 de Septiembre de 2016

Al momento de escribir estos pensamientos me encuentro en un avión, en alguna parte del trayecto entre San Juan, Puerto Rico y Fort Lauderdale, Florida. Esto de andar por los aires tiene un no sé qué que suele motivarme a escribir. Así que, aquí estoy, otra vez, orando, pensando y escribiendo.

Durante mis años universitarios (hace más de dos décadas), un querido amigo y pastor, que fue mi mentor espiritual me advertía que los pastores suelen sufrir lo que él denominó el “síndrome del acomodador de cine”. El se refería a las personas que laboran en las salas de cine, ayudando a los visitantes a encontrar un asiento apropiado donde ubicarse y disfrutar de la película del momento. Cuando la sala se encuentra a oscuras, iluminan el camino con una linterna para ayudar a quien ha llegado cuando las luces principales ya han sido apagadas. Siempre pendientes a ayudar a la audiencia, a pesar de estar en el cine estos asistentes no tienen la oportunidad de sentarse a disfrutar el evento cinematográfico. Con esta metáfora, mi amigo describía la labor del líder pastoral, continuamente buscando ayudar a los demás, a veces en medio de la oscuridad, a que puedan encontrar el camino para el disfrute de la mejor “película”: la historia de la gracia divina testificada por las Escrituras Sagradas y proclamada en la predicación. Y tenía razón, ¡cuántas veces yo quisiera poder detenerme, aunque sea por un momento, y disfrutar la película también, la que mi feligresía recibe cada semana! Confieso que, en ocasiones siento envidia de mi audiencia, quisiera “ver” el sermón desde su punto de vista, desde su lugar privilegiado, desde los asientos al frente del púlpito… pero mi lugar cotidiano es detrás del púlpito…

Hoy viví una de esas rarísimas ocasiones en las que, la misericordia divina complace mi anhelo, y me permite, “colarme”, como un chiquillo travieso, asomarme por la puerta y contemplar, escapar de mi labor de acomodar a la audiencia y sentarme a disfrutar también… Por nada del mundo iba a perderme la oportunidad de gozar el largometraje celestial. Y qué gran bendición, poder hacerlo en la comunidad que pastorea mi hermano del alma, a quien conozco desde nuestra niñez, el Rev. Richard Rojas Banuchi.

La lectura bíblica de la ocasión provenía del libro que lleva el nombre del profeta Jeremías, capítulo 18. Allí se reseña un discurso en el cual Jeremías utilizó la metáfora de un alfarero para referirse al obrar de Dios para con su pueblo y para con las naciones. Considero que este es uno de los pasajes más bellos de las Escrituras Sagradas. He escuchado sermones, he tomado clases, he presenciado conferencias sobre este pasaje… muchas más veces de las que puedo contar. Lo he leído en múltiples ocasiones a través de mi vida, y también he predicado muchísimo sobre él. Mi hermano Richard, como siempre, estaba compartiendo un sermón inspirado e inspirador, con su corazón abierto derramando palabra divina desde el púlpito. Yo no podía contener mi emoción: me encontraba sentado en el lugar de privilegio, junto al pueblo hambriento de la palabra de Dios.

Como a mediados de la exposición del mensaje, Richard releyó el siguiente verso del pasaje biblico: «la vasija de barro que él hacía se echó a perder en sus manos» (v. 4). Escuchar la frase «se echó a perder en sus manos» fue para mí como un golpe de agua, como cuando un río se sale de su cauce y arrastra todo lo que encuentra a su paso. Claro está, esto no era cualquier río, era, como dijera el Señor Jesús en una ocasión, un “río de agua viva”. Lo sentí como un sublime golpe de revelación divina… Quiero acentuar nuevamente, ¿cuántas veces he leído o escuchado ese texto bíblico? Cientos de veces, pero no fue hasta hoy que particularmente esa frase “me arrastró” en un “Aha moment” espiritual. En ocasiones he sentido que mi propia vida se ha “echado a perder”: se ha desecho ante los golpes del camino... ante las frustraciones... ante las experiencias de duelo... ante la imposibilidad de “rescatar” a todas las personas que quisiera “rescatar”... ante mi sentimiento de impotencia al ver un ser amado sufrir de formas indescriptibles y yo sin poder aliviarle o, mejor aún, eliminar la causa de su sufrimiento... ante la cruda realidad de que no tengo “todas las respuestas” – ese momento en que simplemente no sé qué hacer o qué decir… Son esos los tiempos en que me siento en pedazos, desecho, atrapado entre la depresión y la ansiedad, como la vasija rota incapaz de retener el preciado líquido.

«La vasija de barro que él hacía se echó a perder en sus manos ». Dos aspectos particulares de la frase cautivaron mi atención. Primero, “echarse a perder”, deshacerse o quebrantarse es parte natural de la experiencia de la vida. No es algo vergonzoso. No es algo por lo cual atormentarse con remordimientos, culpas, ni reproches – indistintamente de la causa. Son cosas que pasan. Richard decía algo así como que “tuve que aprender que yo soy el barro, no el alfarero”. ¡Qué fácil es olvidar esa gran verdad! Somos el barro. Es más, haz un alto ahora mismo y repite “Yo soy el barro, no el alfarero”. Dilo varias veces hasta que se te grabe en la conciencia. Segundo, si el barro se ha desecho, se ha “echado a perder” en manos del alfarero, aún hay esperanza porque más que el final-final, es el comienzo de algo nuevo… y probablemente mejor. Ser barro en manos del Gran Alfarero del Universo es ser una obra maestra en constante proceso de ser moldeado. “Echarme a perder” en manos del que sabe, en última instancia no es perder, sino ganar, porque no es destrucción, sino transformación.

Las lágrimas escaparon de mis ojos. No por tristeza, sino por un profundo sentido de gratitud. Estaba presenciando de la “película” que semana tras semana ayudo a otras personas a disfrutar: la gracia divina que nos tiene en sus manos y, aunque en momentos nos sintamos deshacer, con profunda destreza y dedicación nos rehacerá y reformará hasta que seamos “vasijas de bendición”. Gracias, Richard, amado hermano del alma, por encender la linterna y ayudarme a encontrar el lugar que el dueño del cine me tenía reservado en la mañana de hoy. Desde el cielo (literalmente, porque todavía no hemos aterrizado al terminar de escribir esto) te envío un abrazo, con un profundo sentido de gratitud.

Y ustedes, mis queridos lectores y lectoras, no olviden que no hay mejores manos que las manos divinas.

Soli Deo Gloria.


No hay comentarios:

Publicar un comentario