domingo, 9 de septiembre de 2018

Aprender, desaprender y reaprender

Una reflexión sobre Marcos 7.24-30 (DHH).

«Ella le respondió:
—Pero, Señor, hasta los perros comen debajo de la mesa las migajas que dejan caer los hijos.
Jesús le dijo:
—Por haber hablado así, vete tranquila. El demonio ya ha salido de tu hija.»

https://reverendally.org/2017/10/03/the-one-with-the-crumby-dog/

Este pasaje bíblico nos permite ver una fase de Jesucristo que solemos pasar por alto. En la fe cristiana, siguiendo el testimonio de las Escrituras y de la tradición apostólica, decimos que Jesucristo era completamente Dios y completamente humano. Eso es lo que se conoce como la doctrina de la encarnación. Desafortunadamente con frecuencia privilegiamos la divinidad de Jesucristo anulando prácticamente su humanidad. Pero la narración que hoy leemos nos permite observar que Jesucristo fue completamente humano y como humano, también fue enseñado y condicionado por los patrones, creencias, y costumbres de su época. Como cualquier otro niño hebreo de su tiempo, Jesús creció aprendiendo la idea de que su gente era superior a las demás naciones de la tierra. Aprendió los conceptos que sus padres tenían sobre las personas extranjeras. Aprendió también el vocabulario que los judíos utilizaban para referirse a las personas que no eran judías.

El reino de Dios que Jesucristo predicaba y practicaba rompía constantemente con los paradigmas e ideas de su religión y su cultura. No obstante, en el momento menos pensado, su programación--aquellas creencias con las cuales había sido socializado reaparecieron casi en forma automática y cuando una mujer extranjera se le acercó, Jesús se refirió a ella de la manera en que le habían enseñado: «no está bien quitarles el pan a los hijos y dárselo a los perros» (7.27).

A través de los siglos, pastores, biblistas y predicadores han hecho innumerables malabarismos para tratar de suavizar el hecho de que Jesús utilizó una expresión racial que manifestaba los prejuicios de su tiempo, aquellas ideas y conceptos con las cuales fue criado. Pero, lo cierto es que no hay necesidad alguna de ignorar la realidad de su expresión. Por el contrario al estudiar este episodio veo más que nunca que Jesús sigue siendo «el camino, la verdad y la vida», Jesús sigue siendo el ejemplo por excelencia de lo que es andar en el camino del reino de Dios.

En su intercambio de palabras con Jesús, aquella mujer extranjera le recordó que la gracia y la misericordia divina no son excluyentes, que aún aquellos seres humanos considerados despectivamente como “perros” pueden recibir de la abundancia de la mesa del poder y el amor de Dios. A través de una mujer extranjera, Jesús recibió un recordatorio de su vocación, del alcance de su misión.

A través de mis años en el ministerio pastoral me he encontrado mucha gente que justifica su menosprecio hacia otras personas diciendo “así fue que me enseñaron y bajo ninguna circunstancia voy a cambiar”. Cuando les escucho hablar de esa manera lo que siento en mi interior es lástima, porque se hacen llamar “discípulos(as)” de Jesucristo pero con su actitud niegan la esencia del discipulado. El discipulado es un camino de cambio y aprendizaje constante, buscando siempre seguir los pasos y el ejemplo de Jesús. Por definición, un discípulo(a) es alguien que aprende continuamente, no alguien que se fociliza en sus preconcepciones. Uno debe estar abierto a aprender cada día, hasta el día de la muerte, porque ese día uno aprende a morirse.

Al observar de cerca la actitud y el obrar de Jesús en esta narración, y su interacción con la mujer extranjera encuentro valiosísimas lecciones para la maduración en la fe y en el camino del reino de Dios:

PRIMERA LECCIÓN. Hasta la persona más noble es capaz de hacer o decir algo inapropiado o desenfocado.

SEGUNDA LECCIÓN. La madurez no consiste en no cometer errores. La madurez consiste en rectificar y corregir el error.

TERCERA LECCIÓN. En la vida es indispensable reconocer y recordar que la compasión y la caridad van por encima de las normas y preceptos socioculturales y aún los religiosos.  Lejos de insistir en el concepto errado, lejos de aferrarse a la visión que se le inculcó en su proceso de socialización, Jesús se abrió a considerar otras perspectivas que fueran cónsonas a la visión del reino de Dios --aquel que ni siquiera pone el día sagrado por encima del bienestar del ser humano vulnerable y lastimado. Y si el maestro estuvo dispuesto a hacerlo, ¡cuánto más quienes nos identificamos como sus discípulos(as)!

Soli Deo Gloria.

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