martes, 4 de noviembre de 2014

Jueces del universo

Brittany Maynard puso fin a su vida por medio del suicidio asistido, una práctica que es legal en cinco Estados de la nación.  La noticia ha causado revuelo mediático, despertando múltiples diálogos y discusiones en relación a tan complejo tema, así como el tema de la eutanasia ha causado revuelo en otros momentos.

No pretendo reflexionar en este espacio sobre la deseabilidad o no deseabilidad de tal práctica: no me corresponde a mí emitir juicios al respecto.  Lo que sí quiero comentar es sobre las reacciones de muchas personas ante el acontecimiento, en particular personas que, por el vocabulario y los términos que utilizan, dan la impresión de provenir de las filas de la cristiandad.  En redes sociales y en diversos medios noticiosos he leído expresiones en las cuáles se categoriza a la Sa. Maynard como una mujer falta de fe, incrédula y cobarde.  En múltiples ocasiones quienes opinan afirman categóricamente que el “destino eterno” de esta mujer es infierno y cosas por el estilo.  Y pregunto, ¿desde cuándo Dios les ha nombrado jueces del universo? ¿Desde cuándo Dios les autorizó a determinar qué tiene o no tiene perdón?

Recientemente asistí a una conferencia donde el ponente, en los primeros cinco minutos hizo una expresión que coloca a las iglesias que profesan cierta teología en ruta a “las pailas del infierno”.  No pude evitar sentirme aludido pues mis perspectivas teológicas difieren grandemente del ponente y se parecen mucho a lo que con tanta convicción el ponente estaba identificando como digno de condenación.

¡Cuán perturbadoras son las actitudes que profesan muchos/as que se identifican como cristianos/as! ¡Cuán diligentes son en emitir juicios condenatorios a diestra y siniestra! ¡Cuán convencidos/as están de saber con certeza el destino eterno de otras personas!  ¡Cuán lejos están de la forma de pensar y actuar de Jesús de Nazaret a quien llaman el Cristo!  ¡Qué mucho se parecen a aquellos grupos religiosos a los que Jesús dirigió las siguientes palabras: «los cobradores de impuestos y las rameras les llevan la delantera hacia el reino de Dios» (Mateo 21.31)!

Todo esto lleva a que la imagen pública de quienes profesan la religión (en particular la religión cristiana) esté por el suelo.  Estudios realizados revelan que aquí en los Estados Unidos el 87% de la gente considera los cristianos/as como sentenciosos (críticos, condenatorios, “judgmental”) y el 85% considera que la hipocresía es una característica de los cristianos/as.(1)

No se trata de que haya que vivir buscando acomodar opiniones para complacer al público en general, se trata de que la manera en que se expresan esas opiniones tienen el efecto de perder el derecho de ser escuchado. ¿Cómo se puede dialogar con gente que de manera contundente condenan a quien tenga posturas distintas? ¿Cómo se puede conversar con alguien que demoniza a toda persona que tenga una cosmovisión distinta a la suya? ¿Cómo entablar un intercambio de ideas con una persona arrogante que se siente dueña de la verdad absoluta y parte de la premisa que todas las demás están equivocadas?  Con actitudes como esas los cristianos/as terminan enlodando y pisoteando el nombre de Cristo, el nombre que tanto dicen “alabar”.

El mandato de Cristo de amar al prójimo no está condicionado a que el prójimo comparta las mismas ideas, características y condiciones.  Compasión condicionada, a fin de cuentas, no es compasión. ¿Qué tal si en lugar de distanciarnos de la persona distinta cultiváramos la empatía y la sensibilidad? ¿Qué tal si en lugar de pisotear a la persona que sufre aprendiéramos el valor de la solidaridad y el acompañamiento?

Soli Deo Gloria.

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Notas:
(1) Kinnaman, David, and Gabe Lyons. Unchristian: What a New Generation Really Thinks About Christianity... and Why It Matters. Grand Rapids, Michigan: Baker, 2007. Print.

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