jueves, 13 de noviembre de 2014

Un hombre tenía dos hijos

"The Return of the Prodigal Son"
Rembrandt c.1669
Quiero compartir aquí algunas reflexiones, producto de la lectura y relectura de una de las narraciones más conocidas en el Evangelio Según Lucas, esa que tradicionalmente titulan “Parábola del hijo pródigo”. No pretendo en este espacio hacer un análisis minucioso y detallado, simplemente quiero acentuar algunas consideraciones. Pero, antes de continuar leyendo estas notas, les invito a tomar unos minutos y leer el pasaje de Lucas 15.1-2, 11-32.

Este es el tercero de varios relatos que, según Lucas, Jesús pronunció en respuesta ciertas críticas y murmuraciones que hicieron los religiosos de su tiempo. Sobre ello comentaré adelante. El enfoque tradicional de esta narración reside en el hijo que tomó su herencia (aún cuando su padre vivía), se fue de la casa, malgastó lo que tenía, se ve en gran necesidad, recapacita y regresa. Esa parte de la trama ha sido expuesta hasta la saciedad en sermones, pláticas y estudios bíblicos en la cristiandad, de ahí que se le llame “parábola del hijo pródigo”. Sobre esa parte sólo quiero llamar nuestra atención a un detalle: el hijo había planificado el discurso que daría a su papá al regresar, pero cuando llegó el momento de pronunciar su discurso, el papá no le permitió terminarlo, sino que dio instrucciones a sus sirvientes para la restauración de su hijo y de una vez iniciar los preparativos para una gran fiesta. La imagen que plasma la narrativa es muy conmovedora, evidencia que el padre lo había perdonado en su corazón sin necesidad de discursos. Así de poderosa es la compasión divina.

Ahora bien, la segunda parte de la trama es la que suele ser pasada por alto, o simplemente no recibe la atención que debiera. Debemos observar que Jesús comenzó su narración diciendo: «Un hombre tenía dos hijos...» (15.11). De manera que cuando nos enfocamos en lo acontecido con el hijo menor estamos dejando el relato inconcluso. La narración no está completa hasta que consideremos la escena relacionada con el hijo mayor. La trama indica que, al enterarse de lo acontecido, el hermano mayor se enojó tanto que no quería entrar a la casa. Se sintió molesto con la extravagante demostración de amor de su padre hacia su hermano “perdido”. Tenía hacia su padre el mismo sentimiento de incomodidad que llevó a los fariseos y escribas a murmurar contra Jesús diciendo «Este recibe a los pecadores, y come con ellos» (15.2).

Es ahí donde la parábola nos confronta. Y digo “nos” porque la esencia de esta narración va dirigida hacia los religiosos(as) que en nuestro celo "espiritual" tendemos a clasificar a las personas siguiendo fórmulas dualistas como “perdidos(as)” o “salvados(as)”, “pecadores(as)” o “santos(as)”, “conversos(as)” o “inconversos(as)”. Somos como el hermano mayor que no disfrutamos la fiesta por creernos más dignos que el hermano menor. Somos como el que se siente con el derecho y privilegio de decidir hacia quién y cómo Dios manifiesta su misericordia.

Algo hermoso en esta segunda parte de la parábola es que el padre que había salido (¡corriendo!) a buscar a su hijo menor, también sale de la casa a buscar al hijo mayor para invitarlo a participar de la alegría de la fiesta: «su padre salió a rogarle que entrara» (15.28). ¿Recuerdan cómo comenzó Jesús el relato? «Un hombre tenía dos hijos». El padre desea que ambos hijos estén junto a él.

Queridas amigas y amigos que afirmamos profesar la fe cristiana: es tiempo de que entendamos las implicaciones y el alcance de la gracia divina. Es hora de que rompamos con la costumbre de querer regular o ponerle límites al amor extravagante del Padre celestial. Basta ya de estar catalogando la gente que no se conforma a nuestras ideas y concepciones de la fe. Ha llegado el momento de renunciar a la arrogancia religiosa que pretende decirle a Dios a quién debe aceptar y a quién debe rechazar. Si nos hacemos llamar “cristianos(as)” entonces debemos actuar como Cristo, y no como aquellos religiosos que lo menospreciaban por “recibir a los pecadores y comer con ellos”. Es tiempo de bajar el dedo acusador y entrar de una vez y por todas a la fiesta de su gracia.

2 comentarios:

  1. Así es, un hombre tenía dos hijos...y hay que ver que nos parecemos al mayor. ;-)

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  2. A veces ese celo por cuidar, mal guiado por el miedo a perder privilegios y posiciones, se transforma en una manifestacion egoista de ser muros excluyentes entre el Padre y aquellos/as que legitimamente ya ha reconocido como hijos e hijas. Los hij@s de Dios tenemos muchas apariencias y formas. Que el Señor quite de nosotros ese celo tóxico y convierta nuestros corazones y santuarios en espacios donde la vida y la hermandad sea el pan nuestro de cada dia.

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