martes, 5 de mayo de 2015

La cortina

Marcos 15.37-39 NVI

1ro de mayo de 2015.  Al momento de escribir estas líneas, me encuentro a miles de pies de altura, en un vuelo de Miami FL a Newark NJ.  Estar en un avión siempre me provee la oportunidad de pensar tantas cosas, a veces organizadas, a veces aleatorias… ¿Se caerá el avión?  ¿Volveré a ver a la gente que amo? ¿Será éste mi último vuelo? ¿Llegaremos bien?  Es interesante considerar que viajar por avión es muchísimo más seguro que viajar en un carro.  Sin embargo, todos los días me subo al carro sin pensar en estas cosas, quizás porque estoy muy entretenido con las manos en el volante.  Pero el avión, es otra cosa, yo no soy quien va manejando y tanto tiempo disponible provee espacio y oportunidad para que la mente se ponga a divagar.

El tiempo en el aire también me provee oportunidad para observar.  Hay gente a quien le gusta ponerse a hablar con otras, aunque sean desconocidas.  Ese no es mi caso.  Siendo una persona introvertida (en serio, lo soy), prefiero permanecer en silencio y observar.  Me gusta observar la gente. Me fascinan las dinámicas de las interacciones humanas. Disfruto estudiar el comportamiento de las personas. Se aprenden tantas cosas…

Mi asiento se encontraba ubicado en la línea 9, un lugar bastante cerca de la parte delantera del avión.  Cerca de la entrada/salida.  Cerca de la cabina de mando.  Luego del tiempo del despegue (usted sabe, ese tiempo en que no se pueden usar equipos electrónicos, cuando hay que mantenerse sentado y amarrado), tan pronto el capitán dio la señal autorizando a levantarse de los asientos, ocurrió lo usual: varias personas se levantaron de inmediato para ir al baño.  Por mi lado pasó un primer individuo a toda prisa.  Luego un segundo.  Luego un tercero.  Cuando el tercer individuo desalojó el baño y regresó a su asiento, la azafata que estaba al frente se acercó hasta la línea 6 y, con una expresión facial que transmitía incomodidad, cerró una cortina que separaba los asientos de primera clase del resto de los asientos.  El mensaje era claro, los de la línea 7 hacia atrás no pueden pasar al baño del frente, su lugar es atrás, este espacio está destinado a los clientes especiales.

Este incidente, para algunos, podrá parecer una tontería.  “Las cosas son así, no hay que darle mucho pensamiento”, dirán.  Bueno, no puedo evitar pensar y repensar. La cortina simboliza algo mayor y más profundo.  Es el recordatorio de la inclinación humana a establecer y acentuar distinciones, establecer límites que no deben ser rebasados, afirmar que los unos no son iguales a los otros.

Eso ocurre no solamente en el campo de lo socioeconómico, sino que es algo que se lleva al plano religioso.  Por siglos los seres humanos han establecido normas y reglas que privilegian a unos sobre otros.  Unos disfrutan el acceso a lo divino mientras a otros les es negado.  En el antiguo Israel, en el templo de Jerusalén había un velo, una cortina que apartaba un espacio conocido como el lugar santísimo.  Se entendía que allí se encontraba Dios, y sólo una persona muy especial – un sacerdote – tenía acceso a entrar allí una vez al año.  Cuentan las Escrituras Sagradas que al momento de la muerte de Jesucristo, el velo – la  cortina – se rasgó desde arriba hasta abajo. Una manera de decir que el acceso a Dios no está restringido, la participación de lo divino no está limitada, la experiencia del encuentro con lo sublime no está reservada para unas pocas personas especiales.

Con el pasar del tiempo los seguidores de Jesucristo seguimos cerrando cortinas.  Ya no se trata de cortinas físicas, como la del templo de Jerusalén, sino de ideas y dogmas que siguen diciéndole a unas personas que el acercamiento a Dios está condicionado, que no pueden pasar al otro lado de la cortina a menos que hagan tal cosa, dejen tal otra, piensen de tal o cual manera.  Entonces, para muchas personas la religión se convierte en una experiencia dolorosamente excluyente: se tropiezan con las cortinas que seguimos cerrando.  El mensaje de Jesucristo quiere abrir esas cortinas, más aún, quiere rasgarlas para que no se vuelvan a cerrar.  No sigamos intentando imponerle límites ni condiciones a la gracia divina.  Si fuera condicionada no sería gracia.  Si fuera regulada no sería divina.  No intentemos reparar la cortina que el Señor rasgó.  En Dios no hay tal cosa como sección de primera clase o sección “coach”.  El acceso a su amor está disponible para todas las personas, sin distinciones ni restricciones.

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