jueves, 10 de diciembre de 2020

Mientras tanto

"Pero no olviden, amados hermanos, que para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. 9 El Señor no se tarda para cumplir su promesa, como algunos piensan, sino que nos tiene paciencia y no quiere que ninguno se pierda, sino que todos se vuelvan a él." (2 Pedro 3.8-9) [Pulse aquí para continuar la lectura del pasaje bíblico completo.]

Han pasado 39 semanas desde que lo que considerábamos “normal” en nuestro diario vivir fue interrumpido por la pandemia en el Sur de la Florida. Muchas personas pensaron que sería cuestión de unas pocas semanas, quizás unos pocos meses, antes de regresar a nuestra normalidad. Otros pensábamos que no se trataba de algo pasajero, sino de un periodo de tiempo más extenso. Sea como sea, ya han transcurrido nueve meses que dejan sentir su peso creciente sobre nuestro estado de ánimo. Más aún, la noticia de las vacunas que están siendo aprobadas para uso general, queda empañada con la realidad de que pasarán muchos meses antes de que estén disponibles para la mayoría de la población. Mientras tanto, seguiremos esperando...

Esto nos trae a la esencia de la temporada de Adviento: la espera. Según el testimonio bíblico en el Antiguo Testamento, los hebreos esperaban el fin de su cautiverio en Babilonia --cosa que tomó entre 50 y 70 años en ocurrir. Igualmente, las profecías mesiánicas tardaron cerca de 500 años en ver su anhelado cumplimiento con el nacimiento de Jesucristo. Al considerar estas cosas no puedo evitar pensar que 9 meses son un abrir y cerrar de ojos en comparación con lo que el Adviento conmemora. Según el testimonio bíblico en los escritos del Nuevo Testamento el pueblo cristiano se encontraba a la espera del regreso del Señor. Las primeras cristianas y cristianos tenían la idea de que serían testigos presenciales del regreso del Señor. No obstante, pasaba el tiempo y el Señor no aparecía... pasaron los años, seguía muriendo la primera generación de creyentes sin escuchar el estruendo de una trompeta ni ver el cielo abrirse para dar paso al glorioso momento... 

Les comentaba recientemente que la espera desespera. En el mundo de los restaurantes de comida rápida, los hornos de microondas, y la internet de alta velocidad, la espera no es vista como una virtud, sino como una pesada carga. Si lo que queremos que ocurra, no sucede en el periodo de tiempo que queremos, nos desanimamos, nos frustramos, y nos irritamos al punto de contender y lastimar a aquellas personas que debiéramos apoyar y consolar.

La carta bíblica que hoy leemos fue escrita a finales del Primer Siglo para comunidades cristianas que estaban siendo bombardeadas por la incertidumbre de no haber visto lo que esperaban. Incluso se indica que enfrentaban la mofa de gente que se burlaba preguntando “¿Qué pasó con la promesa de su venida?” (3.3-4). El autor de la carta responde pastoralmente recordando a la audiencia que (1) el tiempo de Dios es diferente al tiempo del ser humano y (2) la actuación divina no es motivada por el juicio, sino por la clemencia. 

De este modo, el pasaje bíblico constituye una invitación a enfocar la atención, no tanto en el “cuando”, sino en el “mientras tanto.” El texto parte de la premisa de que desconocemos la duración del tiempo de espera, pero podemos hacer algo durante la espera -- “vivir una vida santa y dedicada a Dios” (3.11) y hacer “todo lo posible para que Dios [nos] encuentre en paz, intachables e irreprensibles” (3.13). El tiempo y la eternidad le pertenecen al Señor, y nuestras vidas están en sus manos. Transformemos la espera en oportunidad para alimentar nuestra fe y cultivar nuestra relación con Dios y con el prójimo.

Soli Deo Gloria.

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