domingo, 22 de marzo de 2020

Ver realmente a Jesús

Lectura: Juan 9.1-41

El Evangelio Según Juan tiene varias características que lo distinguen de los demás. Una de ellas es que sus narraciones tienden a ser mucho más extensas en comparación con los Evangelios Según Mateo, Marcos o Lucas. El presente capítulo es vivo ejemplo de ello. La tentación a tocar de alguna manera todos los temas que la narración plantea es grande. Pero para ello ya tendremos otras oportunidades. Para el momento histórico que juntos estamos enfrentando, voy a invitarles a concentrar nuestra atención solamente en dos asuntos.

El primer asunto tiene que ver con el comienzo de la historia allí narrada, la pregunta que los discípulos hacen a Jesús al ver a un hombre ciego de nacimiento: «Rabí, ¿quién pecó, para que éste haya nacido ciego? ¿Él, o sus padres?» (v. 2)

Es importante observar cuidadosamente la pregunta de los discípulos. Dicha pregunta refleja la mentalidad imperante en su tiempo. En aquella cultura antigua, las enfermedades y tragedias eran usualmente entendidas como castigos divinos hacia la persona afectada. Si alguien enfermaba, se entendía que “algo malo habrá hecho para que Dios le castigue de esa forma.”  Estar enfermo implicaba ser visto con sospecha y ser juzgado por la sociedad. También se consideraba que los supuestos castigos divinos podían ser heredados. De ahí la premisa de los discípulos alegando que “alguien” había “pecado” teniendo como resultado la pérdida de la visión de aquel pobre hombre: si no fue él, entonces fueron sus padres.

Ahora bien, ¿quién pecó para que surja la pandemia del Coronavirus? A raíz de todas las muertes y contagios ocurridos en el mundo, no han faltado los consabidos “profetas” y predicadores que dicen que todo este asunto es “un castigo” enviado por Dios. En estos días alguien comentaba que “si las naciones se arrepienten, Dios levantará el castigo del Coronavirus.” Otros más comentaban que la pandemia es resultado de “la ira de Dios sobre la humanidad.” Y otros, cándidamente, han estado citando fuera de su contexto, discursos de los profetas de Israel donde se alude al “enojo del Señor.”

Jesús planteó una idea diferente. La circunstancia de aquel hombre ciego de nacimiento sería oportunidad para que las obras de Dios se manifestaran en él.  Claro está, debemos evitar caer en el error de decir que las enfermedades y calamidades “son enviadas por Dios para glorificarse” (también he escuchado eso por ahí). El comentario de Jesús desautoriza a quienes andan juzgando y condenando a diestra y siniestra “en nombre de Dios”.  Las palabras de Jesús son una invitación a mirar más allá de lo superficial.  Y es allí donde llegamos al segundo asunto que hoy queremos acentuar.

Notemos que el milagro de la curación del hombre ciego ocurre al principio de la narración. No obstante, la mayor parte de la narración es dedicada a las polémicas que surgieron como resultado de la curación. De modo que allí se enfoca algo más profundo que lo físico: el problema real es la ceguera espiritual. En esta historia los verdaderos ciegos son aquellos religiosos más preocupados por sus dogmas y tradiciones que por la restauración de un ser humano necesitado. Sus intereses e ideas tenían para ellos mayor peso que la dignidad de una persona vulnerable y vulnerada.

En el caso del hombre (que ya no era) ciego, primero le fue devuelta la vista física. Pero la vista espiritual, la capacidad de “ver” realmente quién es Jesús, fue algo que tomó algún tiempo. Primero lo identificó como «aquel hombre» (v. 11), luego dijo «yo creo que es profeta» (v. 17), y finalmente profesó «Creo, Señor» y lo adoró (v. 38).

Hoy, en nuestro contexto, enfrentamos algo de proporciones que nunca habíamos visto. Aún teniendo herramientas informáticas y científicas, nuestra sociedad no se encontraba preparada adecuadamente para la magnitud de esta pandemia. Apenas estamos comenzando a vivir una experiencia que afecta y afectará nuestras vidas por mucho más tiempo que el que podamos predecir.   Poder “ver” la gloria de Dios en medio de toda esta situación es algo que no ocurrirá de forma inmediata. Se nos hará muy difícil y requerirá de nuestra paciencia y perseverancia. Pero el Señor Jesús seguirá saliendo a nuestro encuentro, aunque ese encuentro ocurra fuera del lugar de adoración formal.

Soli Deo Gloria.

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