lunes, 16 de marzo de 2020

El Señor está entre nosotros

(c) jmcp 2020
Éxodo 17.1-7 (RVC)

Como individuos, familias, iglesia y sociedad en general, estamos enfrentando algo que nunca habíamos visto. “Pandemia” es una palabra muy seria y que suena muy fea, porque a todas luces, lo es. No es un chiste (a pesar que para aliviar la tensión en ocasiones tengamos que recurrir al buen humor). El término “pandemia” es definido como “enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región.”  Muchas personas tienen miedo, y con razón. La humanidad es vulnerable. Nuestra salud no es óptima. Ya sea por la edad, por falta de acceso a cuidados apropiados, o por condiciones pre-existentes, gran parte de nuestra sociedad es susceptible al contagio de una condición que para muchas personas puede significar la muerte. El Coronavirus llegó hasta nuestros vecindarios. Esa es la realidad y tratar de negarla o maquillarla sería irresponsable.

Las reacciones son tan diversas, como diversa es la humanidad. Hay quienes no lo toman en serio e ignoran las recomendaciones de la comunidad científica para el bienestar común. Hay quienes entran en pánico y en medio de ese pánico, o bien se paralizan, o bien actúan impulsivamente sin calcular las consecuencias. Hay quienes despotrican, murmurando sin reparos contra el liderato científico, gubernamental o religioso (siempre hay que “culpar” a alguien). Y hay quienes elevan sus quejas y murmuraciones contra Dios mismo.

No nos debe sorprender que circunstancias como éstas provoquen todo tipo de reacción en nosotros. Así somos los seres humanos cuando nos asustamos. No olvidemos que, como previamente indiqué, estamos ante una circunstancia particular que no habíamos vivido. Probablemente habíamos leído sobre ella. Quizás habíamos visto películas o documentales sobre el tema. Pero no es lo mismo ser espectadores de una epidemia que ocurra en otro lugar, a ser protagonistas de una pandemia, algo que toca nuestro vecindario y posiblemente nuestro hogar. Estamos transitando un camino desconocido.

Circunstancias como ésta nos llevan, aún siendo “gente de fe”, a plantear como lo hiciera el pueblo hebreo en la antigüedad: «¿Está el Señor entre nosotros, o no está?» (Éxodo 17.7)

Si contemplamos una respuesta de carácter sobrenatural o como un milagro deslumbrante, tal vez nos quedemos esperando. No obstante, con plena certeza me atrevo compartir la siguiente afirmación: el Señor está entre nosotros. 

Les invito a leer la afirmación nuevamente: el Señor está entre nosotros.

Veo la presencia del Señor en la inteligencia que ha dado a la humanidad manifestada en la comunidad científica.

Veo la presencia del Señor cuando nos inspira a obrar con prudencia, sensatez y sobriedad.

Veo la presencia del Señor en las palabras de ánimo y consolación que se comparten mutuamente.

Veo la presencia del Señor en la mano amiga que se extiende para ayudar al prójimo.

El Señor está entre nosotros.

J.A. Olivar y Miguel Manzano lo expresan magistralmente en las palabras de su canción titulada “Pequeñas Aclaraciones” (Publicada también en El Himnario Presbiteriano #378):

Cuando el pobre nada tiene y aún reparte,
cuando alguien pasa sed y agua nos da,
cuando el débil a su hermano fortalece,
// va Dios mismo en nuestro mismo caminar. //

Cuando alguien sufre y logra su consuelo,
cuando espera y no se cansa de esperar,
cuando amamos, aunque el odio nos rodee,
// va Dios mismo en nuestro mismo caminar. //

Cuando crece la alegría y nos inunda,
cuando dicen nuestros labios la verdad,
cuando amamos el sentir de los sencillos,
// va Dios mismo en nuestro mismo caminar. //

Cuando abunda el bien y llena los hogares,
cuando alguien donde hay guerra pone paz,
cuando 'hermano' le llamamos al extraño,
// va Dios mismo en nuestro mismo caminar. //

Los días (y quizás semanas o meses) que se avecinan serán difíciles y muy complicados. No abonemos al pánico colectivo ni alimentemos el germen de la negación y la desinformación. Seamos, como enseñó el Señor Jesucristo, “luz del mundo” y “sal de la tierra”.  Fomentemos la cordura, la prudencia, la paciencia, la sensatez, la empatía y la solidaridad. El Señor está entre nosotros.

Soli Deo Gloria.


No hay comentarios:

Publicar un comentario