sábado, 27 de octubre de 2018

Semillas de odio

La guagua de Cesar Sayoc.
Hace tiempo me he estado divorciando de la necesidad (natural o aprendida) de mantener "las apariencias". No me interesa ajustarme a moldes y expectativas por temor al "qué dirán".  Una cosa es la prudencia y otra cosa es vivir con hipocresía. Lo segundo es más fácil, especialmente en círculos religiosos. Lo primero es más difícil pues requiere madurez e integridad.

Con esto en mente comienzo estos breves pensamientos confesando que en tiempos pasados he hecho comentarios y chistes misóginos, xenofóbicos, racistas, islamófobos, antisemitas y homofóbicos. No voy a dar ejemplos aquí, pero aunque estos términos suenen técnicos o de vocabulario elevado, lo cierto es que son parte del pan de cada día en nuestra sociedad. ¿Quién no ha hecho o escuchado un cuento que comience con algo así "un puertorriqueño, un cubano y un dominicano estaban..."? Dependiendo del origen e intereses de quien cuenta el chiste, será el resultado humillante para quien es de distinta nacionalidad, raza, género, orientación sexual o religión. En esos contextos somos criados. En esos contextos ocurre nuestra socialización. Es la nefasta costumbre de sentirse bien a costas de menospreciar al otro (que usualmente se encuentra en alguna condición de desventaja frente a la "mayoría" normativa).

En otras ocasiones he perdido perdón públicamente por haber sido partícipe de esa costumbre. Pero no está demás decirlo otra vez. Ser varón, heterosexual, de tez clara, de religión cristiana, y de "buena presencia", casi de forma automática me sitúa en una posición de privilegio en comparación con las personas que son sometidas a burlas y humillaciones abiertas o solapadas. Ruego perdón a quienes sabiéndolo o sin saberlo fueron objeto de mi "bullying".  Es algo que lamento profundamente.

Hace años me encuentro en un proceso de re-aprendizaje y reorientación de mis visiones y percepciones de mundo. Acentúo que esto es un proceso (no se logra de la noche a la mañana) y que requiere intención (no ocurre de forma automática ni por arte de magia).  Es ahí donde re-descubrir al Jesús de los evangelios (que muchas veces es distinto al Jesús de la cristiandad) ha sido fuente inagotable de inspiración. Ese es el Jesús que reconoce la dignidad de cada ser humano. Ese es el Jesús que trata al prójimo con empatía y misericordia. Ese es el Jesús que levanta a los vulnerables y no consiente que los demás les pisoteen. Ese es el Jesús que se enfrenta a la hipocresía de los religiosos obsesionados con sus moralismos, sus dogmas y sus apariencias de piedad.

¿Por qué traigo todo esto ante nuestra consideración? Porque quiero crear consciencia en ustedes que me leen o me escuchan. Estamos viviendo un ambiente social-político-económico-religioso donde la hostilidad y la violencia verbal y física se han convertido en norma. Son tantas las ocurrencias de este fenómeno que nos vamos insensibilizando, nos vamos acostumbrando. "Otra masacre más".  "Otro tiroteo más". "Otra mujer maltratada". "Otro líder insultando a sus detractores". "Otra mentira xenofóbica en las redes sociales". Sucede con tanta frecuencia que se convierte en parte de la vida cotidiana.

Ayer se arrestó a un individuo que envió artefactos explosivos por correo a líderes y personalidades de un partido político distinto al suyo. Esta mañana ocurrió una masacre en una sinagoga motivada por un profundo sentimiento de antisemitismo. Hace algunos días un hombre blanco asesinó a dos personas negras en un supermercado, luego de haber intentado fallidamente atacar una iglesia afroamericana y se reporta al asesino diciendo que "blancos no matan a blancos". La retórica y discursos de odio ya son parte del "mainstream", es decir circulan abiertamente en los principales medios de comunicación, provenientes muchas veces de instituciones que debieran proveer ejemplo de cordura y civismo para la población. Basca con leer muchos de los "tweets" presidenciales y escuchar un rato lo que se proclama desde los micrófonos de sus "rallies" (concentraciones de campaña). Como sociedad estamos enredándonos en un remolino de hostilidades donde los extremos son normalizados y aceptados como algo común.

A estas alturas quizás pensemos que nosotros seríamos incapaces de "linchar" a una persona negra, o golpear a una persona homosexual, o entrar a una iglesia, mezquita o sinagoga y abrir fuego contra los feligreses con un arma automática. De seguro no lo haríamos. De eso no hay duda. El problema consiste en que quienes sí lo hacen no comenzaron actuando de formas extremadamente violentas, porque el árbol del odio, robusto e imponente, comienza con una pequeña semilla. A eso es que le llamo las semillas de odio. El individuo que le pega a su esposa, alguna vez de pequeño escuchó que "cuando un nene le halan el pelo a una nena es porque le gusta".  Quien ataca a una pareja gay que se encuentra por la calle, alguna vez hizo chistes sobre "las mariposas".  Quien agrede a judíos o musulmanes, alguna vez compró el discurso de que "los judíos mataron a Cristo" o "los musulmanes quieren asesinar a los cristianos".  No se empieza con balas y puños, se comienza con un chistecito, un comentario, una mirada... "cositas inocentes que supuestamente no hacen daño a nadie".

Amigas y amigos, no es tarde para rectificar. Aún no hemos sido consumidos del todo en el torbellino de la hostilidad. Rompamos el ciclo de la violencia. Cortemos el combustible que alimenta todo tipo de odio y desprecio. Cambiemos la dirección. No demos lugar a chistes o conversaciones que desvaloran al otro ser humano. No avalemos la costumbre de andar poniendo apodos denigrantes. Reconozcamos y respetemos la diversidad humana. Celebremos la imagen de Dios en cada persona. Busquemos atemperar nuestra forma de pensar, hablar y actuar a la luz del reino de Dios, mostrado en el carácter de Jesucristo.

"Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios." (Mateo 5:9 NVI)

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