sábado, 26 de marzo de 2011

MEA CULPA

(Una oración de confesión.  La escribí originalmente el 27 de noviembre de 2010, pero es apropiada para utilizarla en tiempos de devoción personal o en servicios de adoración comunitaria durante la Cuaresma y Semana Santa.)

Amado Señor Jesús,

Cuán doloroso es comprender que, de haber vivido en Belén, yo le hubiese cerrado la puerta a tu padre angustiado y a tu madre embarazada...

Cuán doloroso es comprender que yo te hubiese criticado por comer con publicanos y “pecadores”...

Cuán doloroso es comprender que yo te hubiese dado la espalda al escucharte decir “una cosa te falta, vende lo que tienes y dalo a los pobres”...

Cuán doloroso es comprender que yo hubiese sido de los primeros en fila para apedrear a la mujer sorprendida en adulterio (aunque al co-partícipe del adulterio lo hubiese pasado por alto)...

Cuán doloroso es comprender que hubiese dejado de seguirte al enterarme de que más que llenar mi estómago con panes y peces, habías venido a darme el “pan de vida”...

Cuán doloroso es comprender que yo hubiese reprendido al ciego que gritaba “¡Hijo de David, ten misericordia de mí!”

Cuán doloroso es comprender que yo hubiese intentado impedir que los niños y niñas se te acercaran “para que no te molesten”.

Cuán doloroso es comprender que hubiese yo juzgado a la mujer que lavó tus pies con perfume y lágrimas y los secó con sus cabellos...

Cuán doloroso es comprender que yo te hubiese jurado lealtad, para luego jurar que no te conocía...

Cuán doloroso es comprender que, de haberte escuchado predicar, yo te hubiese acusado de blasfemia y sedición...

Cuán doloroso es comprender que, de haber estado en Jerusalén aquel Viernes, yo me hubiese quedado sin voz de tanto gritar: “¡Crucifícale!”

Cuán doloroso es comprender que, de haber estado a los pies de tu cruz, también me hubiese burlado y te hubiese dado vinagre para beber...

Cuán doloroso es comprender que yo hubiese “dado por locas” a las mujeres que dijeron que habías resucitado...

Cuán doloroso es comprender que, ante tu trono sublime, yo pudiese escucharte decir “tuve hambre y no me diste de comer, tuve sed y no me diste de beber, estuve desnudo y no me cubriste, estuve enfermo y en la cárcel, y no me visitaste...”

Cuán doloroso es comprender que yo hubiese cerrado las puertas de tu reino a otros, pensando que en realidad te estaba haciendo un favor...

Cuán doloroso es comprender que – como Pablo – lo que quiero hacer no hago, y lo que aborrezco, eso es lo que hago: “¡Miserable de mí, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte!?”

Señor Jesús: que tu gracia me perdone y tu Espíritu me corrija para que haya rectitud en mi caminar y caridad en mi actuar... que cuando me equivoque la próxima vez sea en favor de la misericordia y no en favor del juicio... que mi vida sea impulsada por un corazón más sensato, más solidario, más sensible, más compasivo, más como el tuyo...

Por tu gracia no pierdo la esperanza de ser y obrar mejor.  AMÉN.  

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