Amor y... punto.

Arte gráfico por Rev. Marissa Galván-Valle.



 “Cuando yo era niño, mi manera de hablar y de pensar y razonar era la de un niño; pero cuando llegué a ser hombre, dejé atrás las cuestiones típicas de un niño. Ahora vemos con opacidad, como a través de un espejo, pero en aquel día veremos cara a cara; ahora conozco en parte, pero en aquel día conoceré tal y como soy conocido. Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor. Pero el más importante de todos es el amor.” (1 Corintios 13.11-13, RVC)

Recientemente publiqué en redes sociales la bandera multicolores en apoyo al reconocimiento de la dignidad de las personas de la comunidad lgbtq+ (o «comunidad cuir», como se dice en Español). No había pasado mucho tiempo cuando uno de mis contactos reaccionó escribiendo un comentario condenatorio amparándose en la trillada frase “la palabra (i.e. la Biblia) es clara...” Comprendo el lugar desde donde la persona escribió: yo también estuve allí hace muchos años. Yo consideraba a las personas de sexualidad diversa como “pecadores” y “degenerados”. Desde mi propio pedestal de sincera santurronería autocomplaciente les miraba con aires de superioridad moral, ya que —según lo que “siempre” me habían enseñado y según lo que yo repetía sin cuestionar— la única orientación genuina es la heterosexual: cualquier otra cosa es una desviación perversa. Yo también hacía chistes y me burlaba de hombres con ademanes afeminados y les llamaba con adjetivos despectivos. Y todo, por la simple razón de que “yo estoy bien y ellos están mal.”

No fue hasta que regresé al quehacer académico de los estudios graduados —incluyendo disciplinas como la teología, psicología, medicina y sexualidad, entre otras— que tuve que reconsiderar, deconstruir, revisar y replantear mis posturas a la luz del nuevo conocimiento. Me arrepentí del daño que hice a otras personas a través de mis años de religiosidad farisaica, públicamente reconocí mi error pidiendo perdón, y me comprometí a observar de cerca las actitudes de Jesucristo (no de los cristianxs) como modelo a seguir en todas mis relaciones. Jesucristo abrió sus brazos a las personas que la religiosidad de su tiempo rechazaba como “impuras”. Jesucristo enseñó y practicó el amor como regla suprema en las relaciones con lo divino y lo humano. Jesucristo priorizó el bienestar de la persona por encima de cualquier tradición y dogma. Si nos hacemos llamar “cristianas” o “cristianos”, entonces nuestro norte debe ser siempre actuar como Jesucristo.

Maya Angelou es acreditada con la siguiente frase: “Do the best you can until you know better. Then, when you know better, do better.” (Haz lo mejor que puedas hasta que sepas algo mejor. Entonces, cuando sepas algo mejor, hazlo.) De eso se trata el crecimiento y la maduración: “When you know better, do better”. 

En los tiempos en que el apóstol Pablo escribió su primera Carta a los Corintios, a la gente de la iglesia le preocupaba, entre otras cosas, hacer distinciones según los carismas espirituales que tuvieran, cuidar la pureza dietética (cuáles alimentos eran o no ritualmente puros), y observar minuciosamente las fiestas y días sagrados. Todo esto les llevaba a exaltar algunas personas en la comunidad y menospreciar a otras. Pablo escribió una extensa carta donde intentó atender y corregir pastoralmente dichas situaciones conflictivas. Su argumentación alcanza el clímax al incluir el himno al amor: “Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal resonante, o címbalo retumbante...” (ver capítulo 12.31 – 13.8). En los versos siguientes Pablo hace hincapié en la transitoriedad del conocimiento. El conocimiento es algo provisional, algo que evoluciona. En la tercera década del Siglo 21 sabemos cosas que en la época pre-científica del Primer Siglo se desconocían. Hoy, por ejemplo, sabemos que la orientación sexual no supone elección (por eso es incorrecto utilizar el término “preferencia sexual”). Hoy sabemos, además, que la sexualidad humana no es un binario, sino un continuo. Y sabemos también, sobre predisposiciones genéticas: entretejidas en el ADN. 

Pablo mostró apertura al crecimiento y la madurez: no está bien hablar, pensar, y razonar como infantes si ya hemos llegado a la adultez. ¿Seremos capaces de madurar y crecer? ¿Seremos capaces de reconocer que el conocimiento se transforma? ¿Seremos capaces de aceptar que nuevos descubrimientos y nueva evidencia requiere reconsiderar y reformular lo que dábamos por sentado? Por ejemplo: en el Primer Siglo se atribuía a la influencia demoniaca lo que hoy conocemos como epilepsia; en nuestros tiempos se ayuda a la persona epiléptica con tratamientos médicos, no con exorcismos.

Ahora bien, indistintamente de la transitoriedad del conocimiento (“Ahora vemos con opacidad, como a través de un espejo...”, v. 12), Pablo afirma tres cosas que son permanentes (v. 13): “la fe, la esperanza y el amor. Pero el más importante de todos es el amor.” Ojalá tengamos la apertura y la humildad de renunciar a nuestros prejuicios arrogantes para dar paso al amor como ente fundamental de la vida, el camino aun más excelente (12.31).

Soli Deo Gloria.

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