sábado, 25 de marzo de 2017

Entre semillas y frustraciones

No sé si es la edad, o si es algo que pasa luego de dos décadas de labor pastoral, pero lo cierto es que con relativa frecuencia me encuentro en introspección, análisis y repensando la fe, la vocación y los "por qué" y "para qué" de la vida.

Me consta que lo que aquí comparto no sólo me ocurre a mí. Le ocurre a otros pastores y pastoras, así como a otras personas en vocaciones de docencia, ya sea que estén comenzando su carrera, o que ya se encuentren de salida.  La docencia --religiosa o civil-- es una vocación que conlleva satisfacciones, pero a la vez sacrificios y su buena dosis de frustraciones.  Es devastador al interior de la persona docente cuando se encuentra discípulos(as) que llevan mucho tiempo escuchando la enseñanza, pero a la hora de la verdad parece como si nunca hubiesen tenido exposición a ella.  En el ámbito de la enseñanza cristiana, nunca dejan de sacudirme preguntas como las siguientes: ¿Cómo es posible que alguien que lleva muchísimo tiempo escuchando el mensaje de amor, gracia y aceptación de Cristo, abiertamente rechace a otra persona? ¿Cómo es posible que alguien que hace alarde de sus años en la fe excluya enérgicamente a otra persona por no considerarle su igual? Una de mis maestras en la niñez decía que «les entran las cosas por un oído y salen por el otro».  Uno de los autores bíblicos le reclamaba a su audiencia que tuvieran que alimentarse con leche cuando a esas alturas deberían estar comiendo alimento sólido (Hebreos 5.11-14). El propio Jesús preguntó a sus discípulos en una ocasión «¿Hasta cuándo tendré que soportarlos?» (Marcos 9.19) Se impartió la enseñanza, pero no hubo aprendizaje. Se escuchó el mensaje, pero el mensaje no se alojó en el corazón.  Cuando pondero estas cosas, no puedo evitar que el desánimo y la frustración toquen a mi puerta.

Quizás tú también hayas estado en ese mismo lugar, preguntándote si vale la pena hacer lo que haces, ponderando si tus energías y esfuerzos pueden lograr más en otro proyecto o en otro lugar.  Después de cierta edad, cuando uno sabe que el reloj de la vida sigue avanzando, es apropiado ser más selectivo en las cosas que acaparan nuestra atención. Es en esos momentos de la vida cuando algunas personas deciden cambiar de vocación, estudiar algo diferente, comenzar una nueva empresa, mudarse de país, cambiar de religión, integrarse a un partido político distinto, e incluso cambiar de pareja.

Ahora bien, cuando se trata del encargo que Jesucristo dejó para quienes quieran ser sus discípulos(as), antes de "enganchar los guantes" y claudicar, es bueno recordar sus enseñanzas. Jesús solía enseñar contando historias, haciendo cuentos (tradicionalmente conocidos como "parábolas") que provocaran el pensamiento y el autoanálisis. En uno de esos cuentos, Jesús indicó que un sembrador había salido a sembrar (Marcos 4.1-9). Las semillas que cayeron en distintos tipos de terrenos no germinaron, o si germinaron se malograron al poco tiempo. No obstante, una parte de la semilla cayó en tierra en la cual germinó, luego creció y fructificó.

Usualmente, cuando se analiza este cuento de Jesús, se hace énfasis en las analogías de los distintos tipos de terreno en donde cae la semilla. Sin embargo, lo que más cautiva mi atención es el hecho de que el sembrador continuaba sembrando, aún cuando en muchas ocasiones no veía el resultado esperado. La frustración de las semillas que no germinan no debe ser razón para dejar de sembrar.  Hay que seguir sembrando y sembrando, en el momento menos esperado alguna semilla germinará y dará buen fruto. Tratándose del mensaje del reinado de Dios --esa vida caracterizada por el amor, la caridad, la compasión, la justicia, la hospitalidad, la inclusión, la generosidad, la bondad, la humildad, la paz, la esperanza-- es indispensable que sigamos sembrando. Que la frustración de los terrenos inhóspitos no nos lleve a privar de la semilla a terrenos donde caerá, germinará y crecerá.  De la misma manera en que he visto personas a quienes  «les entran las cosas por un oído y salen por el otro», también he visto gente conmovida y transformada por el evangelio del reino, personas cuyos corazones renovados les llevan a dar buen fruto --ser honestas, humildes, pacificadoras, generosas, compasivas y con un gran deseo de servir a Dios y servir al prójimo.  Nuestro trabajo no es discriminar entre "terrenos", sino sembrar, sembrar, y seguir sembrando.

Soli Deo Gloria.

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