jueves, 26 de junio de 2014

Cuidará también de mí

«No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Más bien, teman a aquel que puede destruir alma y cuerpo en el infierno. ¿Acaso no se venden dos pajarillos por unas cuantas monedas? Aun así, ni uno de ellos cae a tierra sin que el Padre de ustedes lo permita, pues aun los cabellos de ustedes están todos contados. Así que no teman, pues ustedes valen más que muchos pajarillos.»  ---Mateo 10.28-31 RVC

Recientemente me encontraba pasando por unos días de gran tristeza.  El más amplio concilio de mi denominación, Iglesia Presbiteriana (EUA), luego de casi cuatro décadas de constante debate sobre el tema de la sexualidad humana, determinó reconocer la discresión pastoral a cada ministro o ministra, de oficiar ceremonias matrimoniales a personas del mismo género, en aquellos Estados donde esto esté permitido por ley.  Es decir, recae sobre el ministro o la ministra determinar cuáles bodas oficia o cuáles bodas declina oficiar (indistintamente del género de la pareja).  (Mis opiniones al respecto fueron vertidas en una carta pastoral que puede leerse pulsando aquí).  Yo seguiré usando mi criterio pastoral al servir a quien necesita mi ayuda, de la misma manera en que lo he estado haciendo durante los pasados dieciocho años, esforzándome en actuar según el ejemplo que nos dejó Jesús de Nazaret: solo Dios es Señor de mi conciencia.

No obstante estos días recientes han sido de gran tristeza para mí por la manera en que muchas personas que profesan la fe cristiana se han expresado al respecto.  He estado recibiendo lo que en inglés se conoce como "hate mail" (correos de odio), con expresiones que no vale la pena publicar, más allá de decir que son expresiones muy hirientes.  Expresiones que no debiesen salir de labios de personas que afirman seguir al Maestro que nos enseño a amar, aún a los "enemigos". En medio de toda la complejidad de la situación, recibí una llamada telefónica de un compañero ministro presbiteriano.  Él había recibido noticias que durante esos días mi salud estaba afectada, por lo cuál había tenido que permanecer varios días en reposo.  Me llamó para preguntar por mí.  No me llamó para contender, a pesar de que en diversos temas teológicos tenemos discrepancias.  Me llamó para orar por mí y alentarme.  No se conformó con preguntar y orar.  Fue un poco más allá, comenzó a entonar la siguiente canción:

¿Cómo podré estar triste? ¿Cómo entre sombras ir?
¿Cómo sentirme solo y en el dolor vivir?
Si Cristo es mi consuelo, mi amigo siempre fiel,
si aún las aves tienen seguro asilo en Él?

Feliz, cantando alegre, yo vivo siempre aquí;
¡Si Él cuida de las aves, cuidará también de mi!

Cuando terminó de cantar y se despidió, no pude hacer otra cosa que descargar mis sentimientos y llorar.  Pero ahora no era un llanto de tristeza, sino un llanto de alegría y gratitud a Dios.  Un simple gesto puede hacer la diferencia en una persona que se sienta abatida, como yo me había estado sintiendo.  Las palabras de Jesús son un recordatorio de la gracia divina que se manifiesta más allá de nuestras limitaciones y carencias: «Así que no teman, pues ustedes valen...» (Mt 10.31)

¿Sabes de alguien que esté pasando por momentos difíciles?  ¿Qué tal si le extiendes una llamada, una oración, o le envías una tarjeta -o un mensaje electrónico- de aliento?  ¿Qué tal si juntos miramos a Jesucristo y nos esforzamos en seguir su ejemplo de sensibilidad, compasión y caridad hacia quien se encuentra abatido(a) por los golpes de la vida?  Mi compromiso seguirá siendo dar a otras personas el amor que con abundancia del Señor Jesús recibo, sabiendo siempre que "si Él cuida de las aves, cuidará también de mí".

Soli Deo Gloria.


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