miércoles, 5 de marzo de 2014

Dios es bueno. Punto.

No sé si será por la edad, por la maduración, por los estudios, por la experiencia pastoral, o por todas las anteriores, pero lo cierto es que mientras más tiempo pasa más me incomodan ciertos clichés del dialogar cotidiano evangélico.  No puedo negar el hecho de que uno de esos clichés también ha sido parte de mi hablar en múltiples ocasiones: "Dios es bueno".

Que quede claro: firmemente creo que Dios es bueno.  De eso no hay la menor duda en mi corazón. No obstante, lo que me ha estado resultando incómodo no es la expresión "Dios es bueno", sino el hecho de que usualmente es pronunciada cuando algo ha salido "bien", o ha obrado en favor de quien la dice.  "Los resultados de la prueba de cáncer salieron negativos... ¡Dios es bueno!"  "Encontré lo que se me había perdido... ¡Dios es bueno!"  "Mi negocio tuvo ganancias... ¡Dios es bueno!" "Fulano salió bien de la operación... ¡Dios es bueno!" "Me aumentaron el sueldo... ¡Dios es bueno!"  "Regresó mi hij@... ¡Dios es bueno!" ...y cosas por el estilo.

Entonces retumba en mi conciencia, como si estuviese escuchando una nota disonante, algo que se siente fuera de lugar... ¿Qué tal si los resultados dieron positivos a cáncer? ¿Qué tal si no apareció lo que buscaba? ¿Qué tal si mi negocio tuvo pérdidas? ¿Qué tal si Fulano no sobrevivió la operación? ¿Qué tal si en lugar de un aumento de sueldo, perdí el empleo? ¿Qué tal si mi hij@ no regresó? ¿Entonces Dios no es bueno? Esa es la implicación cuando pareamos siempre la expresión "Dios es bueno" con la celebración de las cosas que salen como queremos. La realidad es que las cosas no van a salir siempre como queremos o cuando queremos. De hecho, muchas veces van a salir como no queremos o cuando no queremos. Y Dios sigue siendo bueno.

Uno de los antiguos profetas hebreos, al reflexionar sobre la dureza y complejidad de la vida se expresó diciendo:
Aunque todavía no florece la higuera,
ni hay uvas en los viñedos,
ni hay tampoco aceitunas en los olivos,
ni los campos han rendido sus cosechas;
aunque no hay ovejas en los rediles
ni vacas en los corrales,
yo me alegro por ti, Señor;
¡me regocijo en ti, Dios de mi salvación!
Tú, Señor eres mi Dios y fortaleza.
Tú, Señor, me das pies ligeros, como de cierva,
y me haces andar en mis alturas
.  (Habacuc 3.17-19)
Dios es bueno, cuando me apacienta "junto a aguas de reposo", y Dios es también bueno, cuando me toca pasar por "el valle de sombras de muerte".  En ocasiones seré librado de penas, en otras ocasiones tendré que sufrirlas; y yo, como muchos(as) otros que me han precedido en la carrera, aprenderé a honrarle y bendecirle, cualquiera que sea mi situación.  Dios es bueno. Punto.

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