jueves, 29 de septiembre de 2011

Lo angular en nuestras relaciones

Por Fabián Paré
Red de Liturgia / CLAI

«…los principales sacerdotes y los fariseos, entendieron que hablaba de ellos.»
Mateo 21,33-46

Resulta fácil y habitual pensar cómo tiene que ser la vida de los demás, proponerles replanteos y esclarecerles lo que tienen o no que hacer; y suele ser bastante difícil y poco común pensar como tiene que ser nuestra vida, proponernos replanteos y lograr esclarecimientos sobre lo que tenemos que hacer o no.  Es algo propio de la condición humana, por eso nos cuesta muchas veces darnos cuenta de algunas cosas que hacemos y no suelen tener consonancia con lo que debiéramos reflejar como cristianos/as.  Es fácil poner el peso de una interpretación bíblica sobre otros/as, pero nos cuesta asumir el peso que puede tener sobre nosotros/as: Si se habla de falsos profetas, serán otros (porque nosotros/as nos consideramos verdaderos); si se habla de árboles que no dan buen fruto, serán otros (porque nosotros/ consideramos los nuestros buenos); si se habla de trigo y cizaña, pues la cizaña serán otros (porque nosotros/as nos consideramos trigo); si se habla de imprudencia, pues serán otros los imprudentes (porque nosotros/as nos consideramos prudentes); si sobrevienen tempestades y tormentas es por la falta de fe de otros (porque nosotros/as nos consideramos llenos de fe); si hay una generación perversa que demanda una señal, pues serán otros (porque nosotros/as consideramos que no las necesitamos); si se habla de semillas del reino que no crecen o mueren, consideramos que hablan de otros (porque nosotros/as nos consideramos ‘buena semilla’); nos consideramos como el buen samaritano pero de muchas maneras mostramos indiferencia sobre las necesidades de los demás; nos consideramos como Pedro cuando confiesa al Mesías, pero creemos que es otro cuando Jesús le dice ‘aléjate de mí Satanás’; de la misma manera cuando se habla de labradores malvados, creemos que son otros porque nosotros/as nos consideramos ‘buenos’.  Si no tomamos otra posición respecto a esta manera de leer la Biblia, lamentablemente no nos alejamos mucho del lugar en el que se posicionaban los principales sacerdotes y los fariseos respecto a lo que Jesús enseñaba.  Debemos corrernos de ese lugar desde donde creemos que la lectura bíblica avala nuestro comportamiento, de lo contrario nos privaremos de la posibilidad de involucrarnos en un aprendizaje de lo que Jesús enseña.  En lugar de buscar aval de nuestro comportamiento, es mejor volver a entender nuestro comportamiento desde la enseñanza de Cristo.

El Reino de Dios involucra al que se considera un perro que come las migas que caen de la mesa de sus amos (y no se habla de la mesa de jefes, patrones, dueños, sino de la misericordia de Dios); al que cree que tan solo tocando el manto de Jesús quedará sano, al que cree que tan solo una orden de Cristo bastará para sanar, al que se arrepiente de los males que cometió; y yendo al trabajo que involucra la extensión de este reino, implica a los que se disponen a servir con humildad, amando como Jesús amó (no con un amor condicional como el nuestro).  Nos cuesta compararnos con un perro, nos cuesta confiar en el poder de Jesús -que no es el poder de las jerarquías instaladas en nuestra convivencia-, y sobre todo nos cuesta arrepentirnos sinceramente de los males que hemos provocado; más aun nos cuesta disponernos a servir con humildad y más todavía amar como Jesús ama.  ¿Por qué es tan difícil este reino de Cristo?

Las dificultades que se nos presenta junto a Cristo, se relacionan con el lugar que no queremos perder, lugar que nos empodera y determina el tipo de relación que mantenemos con los demás; nos sentimos poderosos/as controlando la vida de los demás, y entramos en desesperación cuando perdemos ese ‘control’.  Mientras sigamos sintiendo eso no seremos muy diferentes a aquellos malvados que mataron al hijo del dueño para quedarse con su heredad (Mt 21,38-39), ni a aquellos principales sacerdotes y fariseos que buscaban echarle mano a Jesús para sacarlo del medio (Mt 21,46). 

La edificación de nuestra convivencia, a la luz de las enseñanzas de Cristo, nos lleva a tener en cuenta los ‘materiales’ que utilizamos en esa construcción, cuando Jesús dice: ‘la piedra que desecharon los edificadores…’ habla de la misericordia, compasión, amor, eso es lo que solemos desechar en la construcción de nuestra convivencia, y resulta que Dios lo dispone como ‘cabeza del ángulo’, sostén y soporte de toda la edificación.  Ser involucrados en la salvación nos lleva a reflexionar sobre lo angular en nuestras relaciones.

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