Teníamos la esperanza


(Lucas 24.13-35, RVC)

El pasaje que hoy te invito a leer y meditar contiene una de las narraciones más bellas de todas las Escrituras Sagradas. En él se cuenta la experiencia de unos discípulos de Jesús que iban caminando desde la ciudad de Jerusalén a una aldea llamada Emaús, el domingo siguiente a la tortura y ejecución de Jesucristo. La narración, no solo es hermosa, sino también muy profunda. No obstante, hoy quisiera concentrar nuestra atención en dos aspectos.

En primer lugar, observamos el nivel de desánimo de aquellos discípulos. Por lo que se desprende de la lectura, los podemos imaginar cabizbajos, caminando lentamente, casi arrastrando los pasos. No es muy difícil hacer esa imagen mental, pues también sabemos lo que se siente. Hemos caminado esa misma jornada a lo largo de nuestra vida. Incluso, tal vez tú o yo la estemos experimentando en estos días: esa jornada de lamento, tristeza y angustia caracterizada por la ausencia de ánimo para dar el próximo paso. 

Uno de aquellos discípulos utilizó una frase que llega al corazón del asunto: “nosotros teníamos la esperanza...” (24.21) Lo que ellos esperaban la liberación del pueblo de Israel de la opresión imperial romana se vio desecha cuando aquel que ellos identificaban como el caudillo de la liberación fue injustamente arrestado y vilmente asesinado por el gobierno. De la misma manera transitamos arrastrando nuestros pasos cuando una y otra vez nuestras esperanzas se ven frustradas por los golpes de la vida. Tal vez no lo verbalizamos, tal vez no lo decimos públicamente, pero nuestro ser se siente de igual manera: “nosotros teníamos la esperanza”, pero ya no la tenemos.

En segundo lugar, la narración nos deja saber que, Jesucristo se apareció a aquellos dos discípulos en el camino, “pero ellos no lo reconocieron” (24.16). Esto, me parece, es una de las más grandes lecciones de este pasaje bíblico. Aunque en momentos no lo reconozcamos, el Señor camina a nuestro lado. Su presencia no depende de nuestra percepción. Su acompañamiento no depende de nuestro reconocimiento. Esta es una gran enseñanza que debemos atesorar para los momentos en que la vida nos es contraria, para los tiempos en que las dificultades nublan nuestro entendimiento, para las situaciones que atentan contra nuestra esperanza y nos hacen verla como cosa pasada. Los discípulos no lo reconocían, pero aún así el Señor caminaba con ellos.

De la misma manera el Señor nos acompaña en el camino: no solo en la vereda llena de flores, pajaritos y mariposas, sino también en el camino tormentoso, oscuro y difícil. Es allí donde la fe se hace indispensable. Es allí donde renace la esperanza. Tomemos, entonces, un tiempo para pausar la marcha, pedir al Señor que alimente nuestro agotado ser con el pan de la esperanza, y así reconocerlo en nuestro medio.

Soli Deo Gloria.

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