miércoles, 14 de junio de 2017

La gente dice

«Todos, al ver esto, murmuraban, pues decían que Jesús había entrado en la casa de un pecador.» Lucas 19.7

En mis dos décadas de labor pastoral hay un par de frases que constantemente han resonado, indistintamente de la ubicación o composición de la iglesia.  La primera de esas frases es "esto siempre se ha hecho de tal manera".  Esa es la frase que sale a relucir ante cualquier intento de inovación, aún una mínima sugerencia de cambio tarde o temprano se enfrenta a quien sintiéndose guardián de la inmutabilidad la pronuncia como si se tratase de algo mandado por Dios mismo. Esto suele resultar curioso pues, si observamos con cuidado el mensaje de Jesús el Cristo y de sus primeras comunidades, veremos que inmutabilidad no era la característica principal del discipulado cristiano. Por el contrario, antes de llamarles "cristian@s", se les llamaba "los del camino".  El camino no se hizo para sentarse y petrificarse, sino para moverse, para avanzar, para caminar (valga la redundancia).  En las Escrituras encontraremos diversas metáforas que implican vida, movimiento y transformación.  Tomemos, por ejemplo, "cuerpo de Cristo".  Un cuerpo que no crece ni se mueve, se atrofia. También podemos recordar la expresión del escritor bíblico al decir «...una cosa sí hago: me olvido ciertamente de lo que ha quedado atrás, y me extiendo hacia lo que está adelante; prosigo a la meta...» (Filipenses 3.13-14). En el campo de la filosofía organizacional se plantea el principio básico de que no se pueden esperar resultados diferentes haciendo las cosas de la misma manera.  Por lo cual, recomiendo a cualquier líder que se enfrente a la consabida frase que, con ternura reconozca la nostalgia presente en todo ser humano (incluyendo al/la líder), pero no permita que la institución se congele en el pasado. Aprendí de un amigo que intentar conducir un automóvil mirando todo el tiempo por el retrovisor resultará en la pérdida todal del vehículo.

La otra frase que he escuchado constantemente es "la gente dice". Ambas frases son noscivas, pero "la gente dice" tiene una capacidad de daño difícil de igualar.  Destruye reputaciones, lascera relaciones, quebranta lealtades, siembra "cizaña", produce desconfianza, genera malestar, provoca desánimo, hiere autoestimas, atenta contra buenas intenciones, hace germinar especulaciones tóxicas, frustra ilusiones, fomenta rivalidades, alimenta contiendas y divisiones... pudiera seguir describiendo su efecto, pero me parece que de una forma u otra usted también habrá sufrido el latigazo de "la gente dice".  La experiencia me ha enseñado que "la gente dice" en muchas ocasiones se convierte en un artificio para camuflajear la opinión de quien dice que "la gente dice".  "La gente dice" sumerge en el anonimato quien(es) está(n) hablando. "La gente dice" esconde la cobardía de quienes no se atreven a hablar de frente, pues -consciente o inconscientemente- saben que sus argumentos se derrumbarán al ser pasados por el crisol de la razón y la verdad. "La gente dice" tiende a convertir una opinión en asunto de interés común, transforma una especulación en un "todo el mundo sabe".

Leyendo los evangelios me percato de que Jesús, el Cristo, se enfrentó constantemente a los "la gente dice".  De hecho, lo que "la gente dice" se convirtió en testimonio para sustentar su condena y ejecución. La imagen que tenemos hoy sobre Jesús --divino Hijo de Dios, Señor, Salvador, Rey de Reyes, etc.-- muchas veces nos impide observar la imagen pública que Jesús tenía en su tiempo, particularmente como resultado de la radicalidad de su mensaje y sus acciones. Una lectura cuidadosa de los relatos de los evangelios nos permitirá constatar la reacción de quienes lo observaron amar sin condiciones y acercarse a las personas marginadas y menospreciadas de su tiempo.  En múltiples narraciones contemplamos que Jesús fue víctima del "dime con quién andas y te diré quien eres" ---otra variante de "la gente dice".  El relato que me motivó a escribir este ensayo se encuentra en el Evangelio Según Lucas (19.1-10).  Es el encuentro de Jesús con Zaqueo, un hombre que por diversas razones no gozaba de la simpatía "de la gente".  Este hombre tenía interés en ver a Jesús y terminó siendo su anfitrión. El propio Jesús se invitó a casa de Zaqueo: así de radical era su trato hacia el prójimo.  Claro está, tal como ocurrió en múltiples ocasiones, la acción de Jesús se convirtió en objeto de murmuración: «decían que había entrado en la casa de un pecador» (v. 7).  Sin embargo, Jesús no se dejó intimidar por lo que "la gente dice".  Jesús no validó la opinión de quienes hablaban en su contra buscando desprestigiarlo con sus murmuraciones. Al contrario, confrontó la hipocresía de quienes hablaban, particularmente de quienes hablaban desde las tribunas de sus vanos sentimientos de superioridad moral y religiosa.

Si la Iglesia quiere ser verdaderamente "cuerpo de Cristo", tendrá que hacer caso omiso a las murmuraciones y prejuicios de "la gente que dice", y obrar de manera compasiva, llevando el amor a la acción, relacionándose con las personas menospreciadas y rechazadas de nuestro tiempo. La gente dice --particularmente alardeando de su religiosidad y sus "virtudes"-- y seguirá diciendo.  ¡Que la gente diga lo que diga!  Es mejor seguir el ejemplo de Jesús: es su Palabra --y no la de "la gente"-- la que nos debe importar.

Soli Deo Gloria.

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