miércoles, 24 de diciembre de 2014

Dios te ha concedido su gracia

Olivia Hussey interpretando a María en "Jesus of Nazaret" (1977)
(Una reflexión inspirada en Lucas 1.26-38.)

En un sermón reciente indiqué que la época previa a la celebración de la Navidad me produce sentimientos de tristeza. En esta ocasión elaboraré un poco más el por qué de mis sentimientos de incomodidad.  La temporada festiva en nuestra sociedad es una constante contradicción. Veamos...

(1) La Navidad, propiamente como estación litúrgica en el calendario cristiano comienza el 25 de diciembre y se extiende hasta la fiesta de la Epifanía el 6 de enero. No obstante se hace difícil celebrar plenamente la temporada de Adviento cuando el comercio nos lanza su versión de la navidad aún antes de celebrar el “Día de Acción de Gracias” (“Thanskgiving”).

(2) Se supone que la Navidad celebra el nacimiento del ser humano más humilde, sin embargo se celebra actualmente en medio de una inundación de gran opulencia, excesos y frivolidad (si tiene usted alguna duda de esto, de un paseo por cualquier centro comercial en la zona).

(3) La Navidad se ha contaminado con los cuentos mágicos de un personaje mítico del Polo Norte cuyas distorsiones del siglo 20 distan mucho de la historia del obispo griego del Siglo 4 conocido como “San Nicolás”. Actualmente es más fácil relacionar la navidad con el Santa Clós popularizado por la canción de los años 30, “Santa Claus is coming to town”, que con el hijo de una madre soltera en Belén...  En esa misma dirección se puede observar tanta película navideña cuyo mensaje típico es: I BELIEVE (pero no en Cristo, sino …) IN THE MAGIC OF CHRISTMAS …

(4) Jesús representa paz, incluso se le llama “Príncipe de paz”... pero nosotros glorificamos el negocio/industria de la guerra: → no hemos parado de estar en guerra en más de una década; → tenemos sobre 900 bases militares en 130 países alrededor del mundo; → nuestro presupuesto bélico supera el presupuesto de educación y salud...  «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5.9).

(5)  Romantizamos tanto los dos relatos de la natividad (de Mateo y Lucas) que nos cuesta trabajo entender el horror de las condiciones en que ocurrió el nacimiento de Jesús, según el testimonio que encontramos en los escritos sagrados.  Tenemos tantas capas de tradición y superstición en la mente que se nos hace difícil ver y comprender lo que según los textos, estaba ocurriendo allí.

(6) Más aún, tendemos a pasar por alto el hecho de que ambos relatos sobre el nacimiento de Jesús, son narraciones que apuntan hacia el tema de la gracia divina obrando en la cotidianidad y aún en la “bajeza” humana.

Aquí consideramos una porción del extenso relato del nacimiento de Jesucristo contenido en el Evangelio Según Lucas, específicamente lo relacionado al anuncio de tan inusual nacimiento.  Esta porción de la narración enfoca en María, la que se convertiría en madre de Jesús.  Es interesante observar a María en relación con otros personajes de los relatos del nacimiento y la infancia de Jesús en Lucas.  El capítulo 1 comienza hablando de Zacarías y Elisabet, los padres de Juan. Sobre ellos la narración nos hace consientes de su estatus social y religioso.  Zacarías era un sacerdote, con acceso a un lugar “santo” al que el resto del pueblo no podía entrar. Sobre Zacarías y su esposa Elisabet el texto también establece su linaje familiar (1.5).  Más aún, son descritos como personas ejemplares: «Ambos eran íntegros delante de Dios y obedecían de manera irreprensible todos los mandamientos y ordenanzas del Señor» (1.6).  Más adelante en el capítulo 2 encontraremos a dos personas ancianas de edad avanzada a quienes el texto se encarga de describir como personas de gran piedad: Simeón, «justo y piadoso», y Ana, la «profetiza» (2.21-38). En la narración de Lucas, aunque no veremos a José asumiendo un papel “protagónico”, la narración acentúa su linaje social/religioso: «un hombre descendiente de David» (1.27).  A María no se le identifica ni se le describe con virtudes de carácter social, ni religioso.  Ni siquiera se indica nada sobre su procedencia familiar.  María simplemente es identificada como «una virgen que estaba comprometida con José...» (1.27).  A la luz de la mentalidad y la cultura de su época, quien viese a María caminando por ahí no pensaría en ella como un ser de gran prominencia, perteneciente a las clases sacerdotales o a la realeza.  Se trataba de una adolescente (prácticamente una niña), pobre, vulnerable, cuyo único mérito en su sociedad sería pertenecer a algún hombre y darle hijos.

A esa jovencita, se le presentó un enviado de Dios a darle un anuncio asombroso, algo que alguien como ella jamás imaginaría ni esperaría escuchar.  Como parte del mensaje divino, el ángel le ofreció las siguientes palabras: «María, no temas. Dios te ha concedido su gracia» (1.30).  Mencionaba hace un momento que los relatos de la natividad son historias que dan testimonio de la gracia divina.  Por eso quiero llamar nuestra atención a esas palabras: «no temas. Dios te ha concedido su gracia».  Observemos bien: «Dios te ha concedido», es decir, Dios te ha otorgado, regalado, obsequiado... no se trata de algo merecido, comprado ni ganado.  Así es la gracia de Dios...

A través de los tiempos los seres humanos en la práctica hemos insistido en que el amor divino es algo que se tiene que merecer, vemos el favor divino como un producto que se puede adquirir cumpliendo ciertos requisitos o llevando a cabo ciertas acciones.  No obstante, el Dios que se manifiesta en las Escrituras actúa siempre primero, buscando al ser humano alcanzándole, acercándose, viniendo a su encuentro, redimiéndole, perdonándole, abrazándole, extendiéndole su misericordia, amándole incondicionalmente...  Por eso es tan importante reconocer las implicaciones de esas palabras: «no temas. Dios te ha concedido su gracia».  Eso es evangelio, eso es buena noticia, sobre todo cuando entendemos que María, aquella muchachita de Nazaret, no es la única hacia quien van dirigidas esas palabras.  La gracia divina no es para una sola persona, ni para una sola comunidad, ni para una sola nación, el evangelio es tan poderoso que no se ciñe a las restricciones que unos pocos pretendan imponerles, el evangelio es para todas y todos más allá del origen, más allá del linaje, más allá de la religión, más allá del poder económico o político, más allá de las virtudes o ausencia de ellas, la buena noticia de Dios en Jesucristo se proclama desde el anuncio de su llegada al mundo: «NO TEMAS, DIOS TE HA CONCEDIDO SU GRACIA».

Ahora la Escritura Sagrada nos extiende una invitación. Aquella jovencita llamada María nos enseña cómo responder ante el anuncio de la gracia divina: «Yo soy la sierva del Señor. ¡Cúmplase en mí lo que has dicho!» (1.38).  María, aún desde sus limitaciones, reconoció la grandeza de la gracia divina, y respondió entregándose de lleno al Señor, disponiéndose por completo a los designios de su voluntad.  De esta forma también debemos responder todas aquellas y aquellos que hemos recibido la noticia de la gracia/amor que Dios en Jesucristo nos concede.
Soli Deo Gloria.

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