¿Quién? ¿Yo? — ¿Cómo saber que Dios me está llamando a un oficio eclesial?

[DEL BAÚL DE RECUERDOS: Escribí esta breve reflexión para el Calendario de Misión del Sínodo Presbiteriano Boriquén en Puerto Rico, publicado en el año 2003. La (re)publico aquí en su integridad con algunos ajustes pare reflejar lenguaje incluyente. El arte fue realizado por el Rev. Dr. Pablo Rojas Banuchi (QEPD): lo incluyo aquí con gratitud a Dios, honrando la memoria de quien fuera mi amigo de la infancia y compañero ministerial en la Iglesia Presbiteriana (EEUU).]

Mucho hablamos en la Iglesia sobre el llamado o los llamados de Dios, pero usualmente lo relacionamos con «otra gente». Pero, ¿Qué pasa cuando se trata de una o uno mismo? ¿Has sentido el llamado de Dios a servirle? ¿Cómo puedes saber que Dios te está llamando? y ¿Cómo puedes saber a qué Dios te está llamando? Lo que te voy a compartir no es una receta mágica, simplemente son algunas reflexiones sobre el llamado de Dios que parten, por supuesto, de la experiencia personal y eclesiástica.

En primer lugar, el llamado comienza con una necesidad.  Cuando leemos el relato del llamado de Dios a Isaías podemos recordar sus palabras “¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?”  Allí había una necesidad: la necesidad de un pueblo para escuchar el mensaje que denuncie el mal y anuncie la salvación. Si observamos el episodio bíblico en que se escogieron ancianos para dirigir el pueblo, notaremos que la carga era muy pesada para Moisés solamente: había una necesidad de atender los reclamos y situaciones de los hebreos. Al leer sobre la elección de los diáconos en la Iglesia primitiva encontramos que había la necesidad de la distribución de las ayudas y alimentos. Donde hay una necesidad, existen las condiciones para la manifestación de un llamado.

En segundo lugar, el llamado se siente interiormente.  Has podido ver e identificar una necesidad, pero de momento sientes que puedes ayudar a suplirla. No piensas en que vaya otra persona, sino que surge en ti la urgencia de atender la situación. A lo mejor piensas que no tienes toda la capacidad o que no tienes todo el conocimiento necesario para actuar, pero tienes la disposición de aprender. Por otro lado, quizás al pensar que la tarea es demasiado complicada trates de olvidarlo todo... pero allí está, como describía el profeta Jeremías: el llamado es como un fuego que te quema por dentro y no lo puedes soportar.

En tercer lugar, el llamado es confirmado por Dios a través de la Iglesia.  Desde tiempos antiguos, el llamado de Dios a sus siervos y siervas ha sido confirmado por medio de la unción con aceite, o la imposición de las manos. Estos son ejemplos de una verdad que está muy arraigada en nuestra tradición bíblica y teológica. Quienes formamos parte de la familia presbiteriana y reformada creemos que Dios confirma su llamado —por medio de la elección en una congregación o por medio de los votos en un presbiterio entendemos que la voz de Dios se manifiesta para darnos la seguridad de ese llamado. La experiencia de vocación en la Iglesia no es algo para ser vivido solitariamente, sino en el contexto de la comunidad. Es por eso que juntos pedimos la iluminación del Espíritu Santo en la toma de decisiones.  Es por eso que pasamos por procesos de discernimiento de llamado tanto a nivel local como a nivel presbiterial. Cuando Dios te llama, no sólo tú te percatas de ello, sino que hay una comunidad de fe que también lo ve y lo siente y te puede ayudar a ubicarte donde tus dones sean más útiles para las labores del reino.

¿Percibes las necesidades que te rodean? ¿Entiendes que puedes dar una respuesta? ¿Sientes la urgencia de actuar? Entonces, ¡no lo dejes ahí! Busca orientación y ayuda para discernir el llamado: ora con la Iglesia, con las pastora o el pastor, y con el consistorio. Dios dirá. ✞

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