La domesticación de Jesús

Marcos 3:20-35 (RVC)

Cuando vivimos en el entorno de un cristianismo oficialista, se nos hace difícil entender por qué había gente que rechazaba a Jesús y su mensaje. La sociedad occidental, comenzando con el imperio romano en el Siglo IV, ha contado con los poderes gubernamentales para establecer y propagar —aunque sea superficialmente— la idea del cristianismo como la “norma” social.

En las Américas esto significó que el cristianismo vino acompañando la invasión, conquista e imposición de las culturas europeas sobre las culturas indígenas. La ocupación y colonización traía la Biblia en una mano y la espada en la otra.

Recuerdo el testimonio que escuché sobre el lamento de un viejo pastor y mentor de pastores. Este experimentado pastor describía cómo era el mundo donde le correspondió dar sus primeros años de ministerio, casi a mediados del siglo pasado. Contaba este pastor que en sus tiempos se partía de la premisa del cristianismo como religión establecida de la sociedad —aunque “oficialmente” se hablara de “separación de iglesia y estado”. En aquel contexto —decía el viejo pastor— asistir y formar parte de una iglesia no sólo era visto con buenos ojos, sino que prácticamente era una expectativa que definía lo que era ser un “buen ciudadano”. Contaba también que, en el pueblo donde servía, los Lunes por la mañana los jefes preguntaban a sus empleados si habían asistido a alguna iglesia y qué había predicado el ministro en el día anterior. Tener leyes y estatutos prohibiendo la apertura de negocios los domingos en la mañana era algo que también obraba en favor de la iglesia institucionalizada —la fuerza de la ley estaba inclinada a favorecer la iglesia en la competencia para capturar la atención social. Sencillamente, no había competencia posible donde lo único abierto los domingos en la mañana eran los templos cristianos. Lamentaba aquel pastor que las cosas ya no fuesen así — y mientras yo escuchaba su testimonio, les confieso que francamente yo no podía compartir ni apoyar su lamentación. 

El cristianismo cultural que aquel pastor añoraba no es otra cosa que la domesticación de Jesús y del mensaje radical del reino de Dios:

⸺ Ese cristianismo cultural es el que lee las Escrituras Sagradas espiritualizando a Jesucristo de tal manera que pasa por alto sus reclamos de justicia, dignidad y bienestar para todas las personas, particularmente aquellas que han sido oprimidas, marginadas, y desplazadas por los poderes económicos, políticos y religiosos.

⸺ Ese cristianismo cultural es el que lee en las Escrituras a un Jesús que habla de compasión en términos teóricos y abstractos, sin ninguna consecuencia real en el trato que se le da a las demás personas.

⸺ Ese cristianismo cultural es el que da limosnas a los pobres pero no se atreve cuestionar ni retar los sistemas que crean y legitiman la pobreza.

⸺ Ese cristianismo cultural es el que le echa la bendición al militarismo y armamentismo bajo el pretexto de “la guerra justa”, amparándose en las narraciones bélicas de las Escrituras Hebreas y pasando por alto la renuncia de Jesús a la violencia como forma de vida.

⸺ Ese cristianismo cultural es el que en himnos, canciones y poemas habla de “amar a Dios y amar al prójimo”, pero su definición de “prójimo” es muy limitada y bajo ninguna circunstancia incluiría a las personas que Jesús de facto incluyó.

⸺ Ese cristianismo cultural es el que dice “voy a la iglesia” pero se olvida que no es asunto de “ir a la iglesia” sino asunto de ser iglesia donde quiera que estemos.

⸺ Ese cristianismo cultural dice seguir a Cristo, pero en la práctica rechaza el mensaje de Jesús hoy, de la misma manera en que fue rechazado en la antigüedad.

La narración bíblica que hoy leemos nos permite observar dos maneras distintas en las que Jesús enfrentó el rechazo.

La primera es la manera más obvia. Se trata de la oposición abierta. En una narración anterior leemos que los fariseos y los herodianos comenzaron a conspirar para matar a Jesús (3.6). En la narración que ahora leemos vemos a otro sector de las autoridades religiosas llevando un ataque frontal contra Jesús. Los escribas —que eran los maestros e intérpretes de las Escrituras— acusan a Jesús de obrar bajo la influencia del diablo. Atribuyen a Satanás la obra que es de Dios. Siembran dudas y echan sombras sobre el bien que Jesús ha estado haciendo, simplemente porque no lo hace dentro de los límites y parámetros que ellos consideraban “puros” y “correctos”. Cuestionan el carácter y la integridad de Jesús asociándolo con lo más bajo y despreciable del reino de las tinieblas. A eso, en inglés, se le llama “character assassination”. Aquellos religiosos buscaron desprestigiar a Jesús de tal forma que nadie creyera ni prestara atención a su mensaje. Ese nivel de oposición a Jesús es tan obvio que es identificado en el texto bíblico como “blasfemia contra el Espíritu Santo”.

Ahora bien, la otra manera de rechazar a Jesús y su mensaje es más solapada. No es tan cruda ni confrontacional como la de los líderes religiosos representados en los fariseos y los escribas. No es tan fácil de identificar en la superficie. Es una manera tan sutil que si no leemos cuidadosamente no nos daríamos cuenta de que también se trata de rechazo y oposición a Jesús. Repasemos los primeros dos versos de la narración (3.20-21):

«Jesús entró en una casa, y de nuevo se juntó tanta gente, que ni siquiera podían comer él y sus discípulos. Cuando sus familiares lo supieron, fueron para llevárselo, porque pensaban que estaba fuera de sí

Observemos que el texto allí no está hablando de enemigos de Jesús. No está identificando allí a detractores de Jesús. No está señalando a gente en conflicto ni antagonismo con Jesús. ¡Está hablando de sus propios familiares! La gente que se supone ame más a Jesús; aquellos que se supone le brinden su apoyo incondicional...

Les he comentado en otras ocasiones que cuando era niño, jugaba en un equipo de béisbol de pequeñas ligas. También les he comentado que era el peor bateador de mi equipo, y probablemente de toda la liga. En las prácticas bateaba, pero en el juego de verdad, el bate en mis manos y la bola lanzada no hacían contacto alguno. Yo era tan flojo bateando, que muy dentro de mí sabía que mi próximo turno al bate se iba a convertir en un “out” para mi equipo. Eso era algo que para mí estaba completamente claro...

 Yo estaba muy consciente de mi talento particular para no pegarle a la bola. Pero eso no se convirtió en fuente de frustración y trauma para mí. Y ¿saben por qué mi mediocridad deportiva no me dejó cicatrices emocionales? Porque estando en el terreno de juego yo sabía que en cualquier momento que mirara hacia las gradas, allí iba a encontrar el apoyo incondicional de mi papá y mi mamá, y eso valía más que todos los cuadrangulares del mundo. (Total, el instrumento que me esperaba en el futuro no era un bate, sino una “espada de doble filo”.)

Quizás ahora podemos entender mejor la profundidad de lo que el Evangelio Según Marcos está planteando. Volvamos a la escena: Jesús está en un lugar saturado de gente, con tantas personas que ni siquiera contaba con la oportunidad ni el espacio para comer. Por allí se encontraban también sus detractores, los que abiertamente lo desacreditaban asociándolo con el diablo. Y sus familiares, aquellos de quienes Jesús debió haber recibido apoyo incondicional, se presentaron allí también, pero «para llevárselo, porque pensaban que estaba fuera de sí» (3.21). Sus propios familiares tuvieron a Jesús “por loco” y no tomaron en serio su mensaje... Con esto en mente quiero invitarles a releer los versos finales (32-35):

«La muchedumbre sentada a su alrededor le dijo: “Tu madre, tus hermanos y tus hermanas están allí afuera, y te buscan.” Jesús les respondió: “¿Y quién es mi madre, y mis hermanos?” Miró entonces a los que estaban sentados a su alrededor, y dijo: “Mi madre y mis hermanos están aquí. Porque todo el que hace la voluntad de Dios es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.”»

Amada(o)s, para oponernos a Jesucristo no necesariamente hay que hacerlo en forma abierta y antagónica (como los escribas).  Basta con que no tomemos en serio sus enseñanzas y lo tengamos “por loco” (como el caso de su familia). Ciertamente las cosas que Jesús hizo y dijo nos pueden parecer absurdas, y por eso intentamos domesticar su mensaje y acomodarlo a nuestros caprichos y preferencias, como lo ha hecho por siglos el cristianismo cultural. No obstante, hoy la Escritura Sagrada nos plantea un reto con implicaciones para el tiempo presente y el tiempo porvenir:

⸺ Nos ubicamos en oposición a Jesús; o

⸺ lo tenemos por “loco” no tomando en serio su mensaje; o

⸺ hacemos la voluntad de Dios, lo que nos convierte, de facto, en familia de Jesús.

Es tiempo de decidir y actuar.

Soli Deo Gloria.

(**Homilía compartida el 10 de junio de 2018 en la Primera Iglesia Presbiteriana Hispana en Miami, FL. Para escuchar la grabación pulse aquí.)

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